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Miguel del Pino

El campo es sagrado

Los agricultores europeos, actuando desde el sector urbano y desde su punto de vista, estallan en protestas contra tantas trabas legales.

Los agricultores europeos, actuando desde el sector urbano y desde su punto de vista, estallan en protestas contra tantas trabas legales.
La vista desde lo alto de la colina es espectacular. El campo de batalla, que durante la misma fue sembrado de cadáveres y heridos, actualmente mantienen varios cultivos. | David Alonso Rincón

Se veía venir hace años: la agricultura y el resto de actividades que implican la presencia humana en el medio rural, se rebelan contra la incomprensión urbana que pone sin cesar dificultades que amenazan la rentabilidad de las explotaciones. Campesinos contra urbanitas: este es el absurdo enfrentamiento.

Agricultura, silvicultura y turismo rural

Al hablar del campo como objeto de interés y estudio no nos referimos solamente a la agricultura, siendo esta un componente fundamental de la actividad humana en relación con gea, la madre tierra; también a la ganadería, la silvicultura o gestión forestal, al moderno turismo rural y a la generación de energía.

Todas y cada una de estas actividades están en estos momentos sometidas a las más diversas presiones por parte de las respectivas administraciones, casi todas ellas gestionadas desde el entorno urbano. La situación está llegando a su límite funcional; el campo está a punto de explotar. Estos son sus principales enemigos:

La legislación europea

Las autoridades comunitarias están sometidas a presiones de tipo ecologista que dificultan la competitividad de los productos agrícolas europeos respecto a productos homólogos extracomunitarios obtenidos sin tener que cumplir requisitos similares. Nos referimos no sólo a limitaciones en el empleo de plaguicidas o al control de la calidad de los fertilizantes, sino también a los requerimientos de tipo social para los trabajadores del campo.

Resulta manifiestamente injusto que los agricultores europeos tengan que soportar costes de producción muy superiores a los que afectan a países que no respetan nuestras exigencias. No se trata de rebajar las propias, sino de establecer otras similares para los productos que recibimos del exterior.

La diversidad climática y ecológica entre España y otros países miembros de la Unión Europea es otra dificultad que atañe a los agricultores españoles de manera especial. Los legisladores en materia agraria de la UE no parecen comprender en muchas ocasiones las diferencias entre nuestro clima mediterráneo y el continental atlántico de otros de sus miembros; de esa incomprensión derivan algunas directivas realmente absurdas sobre las que pueden afectar al tradicional barbecho o a algunos "cultivos estrella", como el olivo o la dehesa, o a las prácticas ganaderas extensivas y las razas autóctonas a que se refieren las mismas.

Cuestión aparte pueden constituir las exageraciones publicitarias sobre los requerimientos de los llamados "productos ecológicos"; hay que empezar por una legislación sensata y sin "camelos", sálvese quien pueda.

Las calumnias basadas en motivos comerciales, como las recientemente sufridas por los cultivos de tomate españoles por parte de una política socialista francesa, no pueden ser reparadas con simple palabrería o con ensaladitas para sacar de su error a la insidiosa. Antes sería interesante que los probara por la misma vía por la que los recibían antes los males comediantes, con perdón por la broma.

Si pasamos a la silvicultura o gestión de los bosques, encontramos en la legislación española motivos suficientes para conducir a la indignación a los paisanos que conviven con las masas forestales: se quejan con toda razón de la pléyade de prohibiciones que en la práctica invalidan la gestión forestal, como el aprovechamiento familiar de los restos madereros o las talas controladas de ramaje, actividades seculares que protegían de los incendios y fijaban población humana.

Por si todos estos problemas no fueran suficientes, nuevos enemigos se ciernen sobre el mundo rural y los aprovechamientos agrícolas y ganaderos. Nos referimos a los proyectos industriales para la generación de energía, solar o eólica, desviando para sus plantaciones la utilización de espacios ancestralmente agrícolas o ganaderos.

Las llamadas "huertas solares" tienen de huerta sólo su injustificado nombre. Con la inicial excusa de desarrollar grandes plantas de espejos solares en terrenos inservibles para la agricultura, los intereses económicos a corto plazo van socavando las superficies agrícolas de alto aprovechamiento: ¿cultivos o ganadería o instalaciones cada vez más extensivas de espejos invasores? Esta es la verdadera cuestión.

De los bosques de molinillos eólicos también hay mucho que hablar: según se vienen desarrollando sus tendidos, no sólo no fijan población rural, sino que contribuyen a su disminución al ser gestionadas por unos pocos empleados externos y especializados. Queda el paisano esclavizado por las subvenciones y con sus mejores paisajes arruinados desde el punto de vista estético, con el correspondiente menoscabo de lo que podía ser turismo rural.

Poco o nada se ha quejado el mundo ecologista de los destrozos que están causando los molinos eólicos sobre las aves a las que vienen descuartizando; hasta proyectos Life europeos, ya aprobados para la protección de aves en peligro como el quebrantahuesos, se han cancelado por temor a frenar el avance de las hileras de molinos. Así están las cosas.

Miguel del Pino, catedrático de Ciencias Naturales.

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