
Ni que decir tiene que lo más preocupante con mucho de lo que viene son los ataques a periodistas y jueces. Sabemos que habrá un punto y aparte, pero ignoramos todavía los detalles. No nos ha contado cómo lo hará, si será una medieval decapitación, si recurrirá a una ilustrada guillotina, o si será una modernísima inyección letal. Si absolvieran a Daniel Sancho, podría entregarnos a sus hábiles manos descuartizadoras. El garrote vil está sin embargo descartado porque es tan español… En fin, lo que tenga que ser, será. Mientras no se decida, disfrutemos de las últimas semanas de libertad que nos concede este recién coronado rey de corazones con cara de sota de bastos. Y riámonos de las cosas que hace.
Le ha cogido el gusto al género epistolar y ahora le ha escrito una carta a la militancia socialista que debió de redactarla antes del sábado porque agradece en ella los apoyos de "centenares de miles" de personas en cartas, redes y casa del pueblo. Está como Anson, cuando decía aquello de que la centralita de ABC se había colapsado por la cantidad de felicitaciones que había recibido el periódico por no sé qué gansada del periodista monárquico.
Pero, lo más bochornoso de la carta no es eso, sino que está en un párrafo que dice "no es el apoyo a mi persona lo que nos une. Por encima de todo, nos une el apoyo a una causa". Y dale con su persona. Parece que no hay otra persona en el mundo que su egregia persona, alrededor de la que todo gira y sobre la que todo bascula. Y encima, lo que dice no es verdad. Lo que ha exigido Sánchez es precisamente comprensión y adhesión a su persona. No ha solicitado nada para ninguna causa, como no sea para la de acabar con toda oposición. Y hasta ésa está condicionada por su persona, pues es la oposición a su persona, y no al PSOE, la que quiere liquidar.
Y, como es evidente que el sujeto vino al mundo sin una pizca de vergüenza, ha permitido que los ministros nos cuenten, violando por cierto el secreto de las deliberaciones del Consejo que todos prometieron preservar, que Sánchez se rebajó durante el último a darles explicaciones de lo ocurrido. A buenas horas mangas verdes, pensaría alguno de los que ocupó el fin de semana en cama con las sales sin llegar a reponerse del síncope hasta que el lunes por la mañana el caudillo anunció que seguiría sacrificándose por todos nosotros. Y entonces, cuentan, y al hacerlo a ninguno se le cae la cara de vergüenza, que tras poner fin Sánchez a su narración del tormento sufrido, rompieron todos a aplaudir como procuradores, entusiasmados con la idea de seguir entregados al duro trabajo de ser ministros. El estallido de entusiasmo debió ser causado por el temor a que, con ocasión de la futura remodelación provocada por la necesaria dimisión de Teresa Ribera, que marcha a Europa, sea destituido alguno que no haya aplaudido con el esperado fervor. Francamente, si hay que elegir entre ser ajusticiado en la plaza pública por denunciar las trapisondas de su mujer o aplaudir hasta rabiar a este saca mantecas, prefiero mil veces el encuentro con el verdugo, con tal de que sea alguien competente y sepa hacer bien su trabajo. Para lo cual es al menos necesario que no sea socialista.
