
En algún meandro de la nueva carta, Pedro Sánchez dice que ni él ni su mujer son ingenuos, una declaración que, a pesar de todo, es importante. No por lo que quiere decir en el contexto, que es el de la victimización —"sabemos por qué la atacan"— , pero sí por la relevancia que tienen la ingenuidad y la falta de ella en un caso como éste. Siempre se puede creer que la mujer del presidente y el presidente no eran conscientes de que las actividades profesionales que ella emprendió tras dejar su trabajo de toda la vida, las relaciones que estableció para lanzarlas y financiarlas, las recomendaciones de empresas que realizó y las subvenciones que recibieron algunas de las que la apoyaron, iban dibujando trazo a trazo el retrato del conflicto de interés e incluso del delito de tráfico de influencias.
Armados de noble ingenuidad, podemos suponer que fueron ingenuos y no sabían que estaban haciendo algo malo. Habrá quien lo vea así y por ello los disculpe. Serán almas cándidas o no tan cándidas, pero son las que, junto a la vela a la presunción de inocencia, ponen la vela a la presunción de ingenuidad. Y les parecerá más importante la última: la primera no deja de ser parte de un procedimiento reglado, mientras que la segunda es el factor humano, el que apela al sentimiento y el sentimiento dicta que si hay ingenuidad se es inocente, no importan los hechos ni qué se sentencie.
Los hechos son, sin embargo, el principal argumento contra la ingenuidad de los protagonistas de este caso. La esposa del presidente podía haber continuado en el mismo trabajo que cuando no era la esposa del presidente. Mantener un trabajo relativamente modesto cuando el cónyuge accede a la jefatura de un Gobierno, sería incluso ejemplar. Se hubiera dicho elogiosamente eso que se dice tanto de los famosos, aunque no sea cierto: que la fama no los ha cambiado. Pero no fue así. Ni remotamente. Hubo cambio, y vaya cambio. En lugar de la oficina de siempre, la dirección de un centro internacional recién creado por un importante instituto empresarial; en vez del trabajo corriente, cátedras universitarias con apoyo y dinero de grandes empresas. Una trayectoria así no está impulsada por la ingenuidad.
Los ingenuos no son el presidente y su mujer. Los ingenuos somos nosotros. Los ingenuos éramos los que creíamos que en España era posible acabar con el intercambio de favores entre políticos y empresarios. Éramos los que pensábamos que se podía poner freno al nepotismo, al amiguismo y a la colonización partidista. Nunca fuimos tan ingenuos como para pensar que todos los partidos políticos que hablaban de "regeneración" estaban seriamente por hacer algo. Pero algunos fueron lo suficientemente ingenuos como para creer que estos problemas eran prioritarios para mucha gente y que la demanda social haría su trabajo. Quede constancia, en fin, de que nada se hizo, sino todo lo contrario. Toda la ingenuidad, como se ha visto, era nuestra.