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EDITORIAL

Yolanda Díaz es letal

No hay otro político que haya destruido tantos partidos como la todavía vicepresidenta del sanchismo.

La lideresa de Sumar, un experimento ultraizquierdista creado a su imagen y semejanza para mantener viva la llama comunista y los sueldos públicos que comenzaban a menguar con Podemos, su anterior formación, abandonó ayer sus responsabilidades al frente de la coalición radical pero cuidándose mucho, eso sí, de acompañar su dimisión con la de vicepresidenta del Gobierno de España, cargo que va a tratar de exprimir hasta sus últimas consecuencias.

La peculiar trayectoria política de Yolanda Díaz la convierte en un personaje sin parangón en nuestra historia democrática, porque no hay otro político que haya destruido tantos partidos como la todavía vicepresidenta del sanchismo. En Galicia, su tierra natal, arrasó con todas las formaciones izquierdistas en las que militó, comenzando por Izquierda Unida y terminando por En Marea, coalición radical a la que dejó fuera del parlamento gallego después de obtener en 2020 el 0’22% de los votos. Durante su periplo por la izquierda radical gallega tuvo tiempo de acabar políticamente con José Manuel Beiras, un político que parecía incombustible hasta que Díaz hizo su aparición en las listas de Alternativa Galega de Esquerdas, momento en el que desapareció para convertirse en una franquicia podemita.

Pero a Yolanda Díaz, con un talento insuperable para detectar los cambios de viento en la política, los destrozos que provocaba en sus formaciones siempre le pillaban con un pie en el estribo de otro partido con más posibilidades de seguir proporcionándole un sueldo público. Su penúltima pirueta (la última protagonizada en su tierra natal) fue huir de Galicia para convertirse en diputada podemita en el Congreso de los Diputados. Desde allí observó a prudentísima distancia el trompazo histórico de su partido Sumar Galicia en las pasadas elecciones autonómicas y municipales, que quedó convertido en fuerza extraparlamentaria al no conseguir ni siquiera el 2% de los votos.

En efecto, convencida de que el partido de Pablo e Irene era un experimento personalista condenado al fracaso, Díaz había creado Sumar, su última aventura (hasta la fecha en que se publica este editorial) abandonada ayer tras cosechar otro batacazo en las elecciones al parlamento europeo, donde no llegó siquiera al 5% de los votos. Su salida de la coalición de ultraizquierda es, probablemente, el último clavo en el ataúd político de una formación que ya se da por amortizada, pero no sin antes cumplir su gran objetivo: mantenerla a ella en el Gobierno.

Yolanda Díaz ha huido de un partido creado para que ella acaparara todo el protagonismo, sumiendo al proyecto político rival de Podemos en una grave crisis de liderazgo. El problema para la vicepresidenta es que ya no le quedan partidos que destrozar y no parece que tenga intenciones de sacarse de la manga una nueva iniciativa política. Su destino definitivo, qué duda cabe, es hacer su entrada triunfal en el PSOE, como antes hicieron otros ilustres comunistas, para seguir viviendo de la política sin los típicos agobios que provocan la pertenencia a partidos marginales.

Con Sánchez como referente político, Yolanda tiene un futuro rutilante en el Partido Socialista, la casa común de la izquierda, especialmente cuando vienen mal dadas y los cargos públicos escasean. Quién sabe si su entrada en el PSOE no nos acaba librando de esa maldición bíblica que viene sufriendo España desde hace ya casi 150 años.

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