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¿Será capaz Óscar Puente de insultar menos y gestionar más?

Incluso desde el punto de vista del presidente del Gobierno, ha sido un gran error entregar al perro de presa vallisoletano un ministerio tan relevante como Fomento.

Hay que reconocer que, desde el punto de vista de Pedro Sánchez, tenía todo el sentido hacer ministro a Óscar Puente: cuando no tienes mayor interés en gestionar la cosa pública, necesitas tensionar la vida política y no guardas el mínimo respeto por las instituciones, el exalcalde de Valladolid es tu hombre: no hay nadie más zafio, grosero y con menos escrúpulos para decir lo que sea, el día que sea y contra quién sea.

Sin embargo, incluso desde el punto de vista del presidente del Gobierno, ha sido un gran error entregar al perro de presa vallisoletano un ministerio tan relevante como Fomento, del que dependen cosas tan importantes y que impactan directamente en la ciudadanía y en la economía.

Porque al final, cuando el caos se apodera de la red de transportes de España, cuando las escenas de estaciones colapsadas y trenes averiados se suceden día sí y día también, los votantes saben que su indignación solo puede tener un objetivo: un Ejecutivo que se muestra incapaz de gestionar cosas tan fundamentales como los trenes, las carreteras o los aeropuertos.

Y encima, cuando miran hacia ese Gobierno, se encuentran con un ministro que en lugar de preocuparse por solucionar estos problemas acuciantes, resulta que está insultado a Isabel Díaz Ayuso o cualquier otro líder del PP; o está agrediendo verbalmente al juez Peinado; o está, en suma, cargando contra cualquiera que ose oponerse a su partido.

Más aún: en lugar de pedir disculpas, tratar de explicarse y mostrar un mínimo de humildad, Puente se comporta con una chulería propia no tanto de un ministro como de un profesional de las zonas más oscuras del ocio nocturno, para que ustedes nos entiendan.

Poco más de medio año después de ser nombrado, Óscar Puente es ya una vergüenza para la historia de los ministerios españoles, un personaje ya perdido, sin posibilidad de redención. Aun así, cabría pedirle que fuese capaz de insultar algo menos y de gestionar un poco más, los españoles lo merecen y los asuntos que le atañen son vitales para los ciudadanos y la economía del país.

Pero sobre todo, porque aunque la sociedad con mayor polarización política y la prensa más servil de la historia parezcan terreno abonado para un personaje como el ministro de Fomento, la paciencia tiene un límite ya en el caso de votantes que ven estropeadas sus vacaciones o que sufren un calvario todas las semanas para ir trabajar ese límite es realmente corto.

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