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Cristina Losada

Castigadores de la casta

Donde abundan los incrédulos y los desconfiados, los profesionales de la manipulación hacen su agosto.

Donde abundan los incrédulos y los desconfiados, los profesionales de la manipulación hacen su agosto.
Pablo Iglesas, en una imagen de archivo. | Cordon Press

Se cumplen diez años de algunos cambios importantes en España y si hay que elegir el peor, yo elegiría el cambio que se introdujo por la puerta lateral de las elecciones europeas de 2014, que fue por donde entraron los que venían a acabar, decían, con la casta. Sus primeros votantes, más los que fueron sumando, los vieron como una esperanza en no se sabe bien qué revoluciones pendientes. Y una parte notable de la opinión los celebró como una necesaria penitencia: iban a propinar el debido escarmiento a una clase política a la que tocaba ser el chivo expiatorio. El hechizo que mantuvo a tanta gente prendida de aquellos castigadores se ha deshecho, pero el tiempo del encantamiento no ha acabado. La farsa populista sigue; sólo han cambiado los personajes.

Lo que ocurrió y continúa ocurriendo da para un mosaico de paradojas. Un mosaico que va pegado a una base de gran raigambre, como es la desconfianza en los políticos, también llamada desafección. Se desconfía de los políticos y de la política, siempre sucia y engañosa, pero esa desconfianza, precisamente por lo que es, no se traduce en mayor escrutinio. No. Como todos son perversos, para qué molestarse. Sería un esfuerzo inútil. Así que la cosa se deja correr. Con esa renuncia se despeja el salón de los elementos más racionales y queda el ambiente más propicio para el dominio absoluto de lo emocional. Y a la política se le dan todos los incentivos para que conecte sólo con la visceralidad, sea la visceralidad de los colores, de la demagogia o del sentimentalismo.

Por desconfiar de todos, se acaba confiando en cualquiera. De ese modo se confió en aquella pandilla de castigadores de la casta, y se confía en nuevos castigadores de la casta. Los que creen en este tipo de pandillas y personajes son, por lo general, gente que no cree una palabra de lo que dicen los políticos ni de lo que publica la prensa. Pero toda su incredulidad se viene abajo cuando alguien saca con habilidad el látigo. Son los incrédulos más crédulos. Desconfían del político profesional y caen en manos de estafadores aventureros. Luego, los aventureros vivirán de la política como los profesionales y harán lo mismo que los profesionales más tramposos, aunque harán la trampa extra de diseñar su imagen pública para que transmita: "soy como tú, colega, e igual de ignorante"

Diez años después de la irrupción del populismo, la pandilla de castigadores de la casta ha desaparecido, pero el populismo ha ganado. Los resortes que utilizaron con éxito los aventureros, los emplea ahora el partido del Gobierno en los momentos decisivos, y le funcionan bastante. Claro que a diferencia de los otros, lo hacen con auténticos profesionales. Parece increíble, pero donde abundan los incrédulos y los desconfiados, los profesionales de la manipulación hacen su agosto.

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