
Esto, la vida política española, no es deterioro democrático. Es un chapoteo de la entera casta política en el fango de Pedro Sánchez. ¡Fango! No, por favor, esa no es la palabra. Totalitarismo es un vocablo más preciso para entender qué nos ha traído el actual autócrata español. Ha rehabilitado la vieja y corrupta tradición dictatorial española. Da igual lo que haga este sujeto, porque el personal español traga con todo. Y, además, tiene una legión de cinco millones de votos que le sirven para justificar cualquier desmán contra la ciudadanía. Se repite la jugada de siempre: ¡la cólera del español sentado! Analistas de lo irreal. Y millones de arrastrados. Triste historia de un Estado que niega la nación. ¡O quizá la realza! Miserias gobernadas por un autócrata de opereta. Los otros, los de la Oposición, son dos chuflas. Nada.
Dicen que la cosa se pondrá aún más severa y triste a partir de julio. Será entonces, resaltan los mejor informados que un servidor, cuando empiecen a trabajar en serio los consejeros llegado de Venezuela, Cuba y Perú. Llevan por aquí varios meses estudiando en silencio de lo que va este país… ¡Plata o plomo! No. Predominan los arrastrados. Hidalgos sin hidalguía. Ni quieren ni pueden. Gente sin dignidad. Ya están listos los llegados del otro lado del Atlántico para moldear la miseria de indignidad que conforma la vida pública española. Están listos para su trabajo. Serán contratados, seguramente dos por ministerios, como grandes científicos para asesorar a los colaboradores directos de Sánchez. Han estudiado bien todos los entresijos legales y burocráticos del tinglado político español para ponerlo al servicio del jefe de La Moncloa. Son los nuevos comisarios del poder. Dará frutos asombrosos para Sánchez, insisten mis informadores, esa recreación del invento estalinista que funcionó en España a pedir de boca durante la Segunda República y la Guerra Civil.
Este nuevo cuerpo de élite sanchista, dicen los que saben de la cosa, tiene por principal objetivo la elaboración de listados sobre los funcionarios públicos españoles. Los funcionarios elegidos en otra época por capacidad y mérito tienen sus días contados. La clasificación de esas listas tiene un canon aritmético sencillo y preciso. Matemático. Existirán, como en la Guerra Civil española, tres tipos de funcionarios: adictos, indiferentes y contrarios. Esas hojas de Excel serán, sin duda alguna, otro gran auxilio para las obras de "beneficencia" y "justicia social" que iniciará la rigorosa coalición sanchista para mantenerse en el poder todo el tiempo que haga falta, naturalmente, con la inestimable ayuda del Tribunal Constitucional, el Congreso de los Diputados y, seguramente, con un reformado Consejo General del Poder Judicial.
Ese diagnóstico sobre nuestro inmediato y oscuro porvenir es exacto. Pero creo que nada de eso es verosímil sin realismo, o sea, sin aceptar que el criterio de los listados no sería sutil y, sobre todo, eficaz si no partiera de la existencia ya de un régimen político de carácter totalitario muy consolidado. Quiero decir que no se trata de instalar un futuro régimen sino de afianzar su actual fortaleza. A partir del mes de julio, quizá el día 18 de este caluroso mes, comenzará la supresión y eliminación de todo funcionario que no sea adicto al tinglado sanchista, pero eso no puede hacernos olvidar que Sánchez representa ya la figura del genuino autócrata. Jamás se limita a la hora de ejercer el poder. Controla casi de modo absoluto el poder del conocimiento, o mejor dicho, las fuentes capitales de dónde emana la sabiduría, empezando por la Universidad y terminando por las Academias, pasando por casi todas las instituciones estatales que tienen por objetivo la creación y divulgación del conocimiento. La democracia ha quedado casi reducida a la voluntad de este fulano. Él manda, él sorprende al enemigo. Él lleva la iniciativa. Ahí estamos. Ahí hemos vuelto a la España eterna del ordeno y mando. He ahí una foto de la nueva esclavitud europea. Cinco millones de votantes, en fin, lo sostienen, junto a la actitud amarionada de los muchachotes de la Oposición.
Menos mal que de vez en cuando, como el pasado viernes, viene un hermano argentino y nos da una alegría. ¡Viva Milei, carajo! O sea la libertad.