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Cristina Losada

El silencio de los gestores

El Partido Popular tiene de suyo la propensión a hacer de sus presidentes autonómicos unos insulsos gestores, y cuando dice gestores, quiere decir que no se metan en política.

El Partido Popular tiene de suyo la propensión a hacer de sus presidentes autonómicos unos insulsos gestores, y cuando dice gestores, quiere decir que no se metan en política.
El líder del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, interviene en una conferencia-coloquio organizada por el grupo Joly protagonizada por presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla en el Hotel Westin Palace en Madrid, este lunes. EFE/ Juan Carlos Hidalgo | EFE

Desde hace más de un año, el Partido Popular gobierna en once de las diecisiete autonomías y en las dos ciudades autónomas, pero esa gran acumulación de poder no se traduce en capital político para el partido en el escenario nacional. En el ubicuo plató en el que se reproduce en sesión continua el enfrentamiento en la cúspide del PP y el PSOE, no se les reserva ningún sitio a los presidentes autonómicos, pero el partido de la oposición podía introducirlos y sacar así provecho de su predominio. No lo hace, sin embargo, y sus barones y baronesas se quedan fuera, como lejanos y silentes espectadores, y permanecen en una suerte de anonimato del que sólo salen uno o dos, como mucho, y arriesgando.

Esta desaparición empeora una deplorable tendencia que se ha impuesto en la política española. A pesar de que votamos a partidos y a sus listas cerradas, y nadie sabe quiénes son los primeros de la lista que vota, la política se ha vuelto absurdamente personalista y, además, enormemente centralizada en los líderes máximos. No siempre fue así. Hubo una época en que los presidentes autonómicos, al menos los más veteranos, desde Rodríguez Ibarra a Fraga, pasando por Pujol, eran conocidos y se hablaba de ellos con frecuencia en la política nacional. Tenían peso político y se les daba protagonismo. Hoy serán pocos los que sepan quién preside la autonomía de al lado. ¡Si es que saben quién preside la propia! Se sigue hablando de barones y lideresas, pero, en general, no tienen el poderío y la proyección que sugería aquella forma de nombrarlos.

Las direcciones nacionales de los partidos creen que tal estado de cosas les conviene. Siempre celosas de cualquiera que haga sombra, siempre temerosas de voces discordantes y de meteduras de pata, prefieren que sus presidentes autonómicos estén confinados en sus feudos y dejen los asuntos de alto voltaje político a los mayores. Es un poco la política del refranero: cada mochuelo a su olivo y que nadie se meta en camisas de once varas. El refranero tendrá sus ventajas, pero para un partido de la oposición que es partido de gobierno en once de las diecisiete autonomías, este sistema es un desperdicio: se desaprovecha el potencial de lo que se tiene para conseguir lo que no se tiene. Por esa falta de aprovechamiento, la "ola azul" de la que tanto se habló después del 28M, ya es como si no existiera. Sólo cuenta el duelo en O.K. Corral entre Feijóo y Sánchez.

El Partido Popular tiene de suyo la propensión a hacer de sus presidentes autonómicos unos insulsos gestores, y cuando dice gestores, quiere decir que no se metan en política. Hablan, sí, de infraestructuras, de proyectos, de ayudas y demás asuntos del día a día de un Gobierno autonómico. Pero la norma es que no hablen de nada más. Y sobre todo: que no entren en polémicas, que huyan de la confrontación, que no defiendan unas ideas y que no se opongan a otras. La especialidad de este partido es transformar a sus políticos, una vez que llegan al poder, en apolíticos. Hasta la siguiente campaña, en que vuelven a intentar ser políticos para poder ganar. Este método podía funcionar en tiempos, cuando el electorado era estable y la competencia escasa, pero ¿ahora? Ahora, el silencio de los gestores se percibe como el silencio de los corderos.

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