
El pacto por la Justicia entre PSOE y PP, seamos sinceros, no conjura de una vez y para siempre los peligros de nuestra democracia, pero renueva la eficacia de las referencias simbólicas que dan sentido en la democracia a la existencia individual y colectiva. No es poco para una sociedad en la que los fundamentos del orden político y del orden social están sometidos permanentemente a debate y donde el derecho siempre está pendiente de la palabra y el discurso que lo enuncia. Sí, este pacto, quizá impuesto por la UE, trae racionalidad a unos legisladores arbitrarios y voluntaristas, pero, sobre todo, demuestra que la institución del derecho debe ser autónoma e independiente de otras esferas de la acción humana.
En modo alguno eso significa que el derecho este desvinculado de la tarea política. Eso sería como escupir contra el viento. Tampoco puede reducirse a norma positiva el derecho, pero sin ella, por muy precaria que sea concebida, no habría derecho ni, por supuesto, razón alguna. El derecho no puede quedar dominado por un "espíritu" homogeneizador del rico y variado tejido social. Este pacto, pues, deja claro que la racionalidad jurídica no puede estar al margen de la vida ordinaria y de la historia de los individuos. Reconozcamos que este tipo de pacto renueva la ilusión y el entusiasmo por el Derecho, sencillamente, como un tipo de sabiduría a la búsqueda de buenas razones para dirigir la vida colectiva y racionalizar la vida social.
El hallazgo de buenas razones a través de jueces sabios y buenos es lo único que puede poner límite al voluntarismo irracional de los legisladores, los intérpretes y, en fin, de todos los que participan en el proceso jurídico. La razón del derecho es algo que debe conquistarse en cada momento. Sí, definitivamente, porque defiendo la sociedad democrática, soy partidario de definir el derecho, desde el punto de vista científico, como una doctrina falible y, desgraciadamente, precaria; una sabiduría que, desde la perspectiva fáctica, no puede ofrecernos nada más que una contingente y pasajera seguridad; tampoco, desde la óptica ético-política, la razón del derecho es para sentirse tranquilo, porque su legitimidad está permanentemente amenazada. De ahí la importancia de este pacto para poner no sólo límites al autoritarismo emanado de todos los gobiernos de Sánchez, sino también para reavivar nuestra convicción en los fundamentos simbólicos de la democracia, a saber, la legitimidad de un orden social está sometida permanentemente a debate y, sobre todo, el poder no es consustancial a ningún individuo o grupo de la sociedad civil. Sin alternancia no hay democracia o, mejor dicho, el principio de la mayoría pierde todo su sentido democrático cuando no supone la institución del pluralismo, el reconocimiento de los derechos de las minorías y el principio de la alternancia.