
A Cándido Conde-Pumpido la naturaleza le ha bendecido con el don que a los mismos dioses les está negado: cambiar el pasado. Podría Pumpido fallar que las polacadas repartidas en el siglo XIX no fueron más que justas remuneraciones a brillantes servicios prestados por sacrificados patriotas. Podría el insigne jurisconsulto resolver que las ruletas amañadas que inventaron Strauss y Perlowitz nada tuvieron que ver con el pobre Alejandro Lerroux, ejemplo de honradez y de austeridad en el gasto. Podría el ínclito jurisperito dictaminar que los telares de Matesa eran aún mejores de lo que presumía Vilá Reyes y que efectivamente se subvencionaron sólo los que se vendieron, ni uno más. Y podría el preclaro jurista acordar que los cafelitos de Juan Guerra no fueron más que eso, cafelitos o que los calzoncillos de Luis Roldán eran de una elegancia soberbia o que robar a la Cruz Roja era signo de distinción. Y ninguna de esas hazañas sería tan notable como la de sentenciar que es imposible prevaricar cuando se legisla. Un día se explicará en las facultades de Derecho que, en el falso caso de los ERE, si los socialistas, en vez de hacer una ley llena de agujeros por donde distraer el dinero lo hubieran sisado directamente, estaríamos hablando de otra cosa. Pero, como hicieron leyes especialmente diseñadas para poder robarlo sin obstáculos, nada hay penalmente que censurar.
El caso es que Pumpido no da la imagen de un Zeus tronante, armado de cambiar el pasado y hacer que lo que ocurrió no ocurriera y que lo que fue no fuera. Más bien recuerda al personaje de Walter Matthau en Guía para un hombre casado, que, sorprendido por su esposa con otra mujer en la cama, lo niega todo mientras ambos se visten. Una vez que la amante se ha marchado y Matthau se ha sentado tranquilamente a leer el periódico, la pobre burlada llega a creer que efectivamente lo que vieron sus ojos nunca sucedió en realidad. Y así estamos todos, creyendo que a lo mejor todo aquel entramado no fue más que una fantasía y que nada reprochable hicieron los injustamente condenados. Es verdad que los millones siguen faltando, pero hasta de eso no terminamos de estar seguros. No es que Pumpido sea un dios, pero es evidente que habilidad no le falta.
O quizá no haya tal maravilla y Pumpido no sea más que un minúsculo engranaje del régimen sin mérito alguno. A fin de cuentas, vivimos en un país donde el PSOE gana las elecciones que pierde, los comunistas son bondadosos demócratas y los golpistas respetan la ley. ¿Cómo va a extrañar que, en un país así, donde lo que es verdad es mentira y lo que es mentira, verdad, los socialistas nunca hayan robado nada?