
Menos mal que nos queda Carvajal. "¿Cómo puede ser que los hombres no solo obedezcan, sino que además lo hagan encantados y fascinados?", se preguntaba hace cinco siglos Etienne de la Boetie, amigo de Montaigne, en Discurso sobre la servidumbre voluntaria. Era el siglo XVI un siglo de tiranos, como casi todos, pero también era un siglo de hombres que luchaban por su libertad política y su dignidad moral, como casi ningún otro.
Hoy vemos cómo pueblos enteros e intelectuales de postín no solo aplauden sino que veneran a tiranozuelos populistas como López Obrador (o su alter ego con perspectiva de género Claudia Sheinbaum), Maduro, Ortega… Y Pedro Sánchez, que acaba de proponer una ley de censura que ha llamado "de Regeneración Democrática" como el Big Brother de 1984 de Orwell denominaba Ministerios de la Verdad, la Paz, la Abundancia y el Amor a las chekas desde la que distribuía guerra, pobreza y odio.
Frente a la servidumbre voluntaria que denunciaba Etienne de la Boetie, lo necesario es más coraje cívico, más desobediencia civil de la que defendía Henry David Thoreau en el siglo XIX. Para ello no hace falta "jarabe democrático" (acoso y violencia a los que no piensan como tú). Tampoco hace dar golpes de Estado. Basta con dar respetuosamente la mano, pero mirando al tendido, como hacen los toreros cuando se enfrentan con gallardía y un punto de chulería a morlacos traicioneros.
De ahí que el gesto displicente y frío con el que Carvajal, Yamine Lamal y otros jugadores de la selección española saludaron al presidente más tóxico, felón y falaz de la democracia sea una piedra de toque de una ciudadanía más cercana a la rebelión que a la sumisión. ¿Qué es Pedro Sánchez sino un bulo envuelto en fake news, en el corazón de una gran mentira? Cuando salía de la Moncloa para recibir a los jugadores de España, a un coro de niños le hicieron jalear "¡presidente, presidente!". Incluso el gordito comunista de Corea del Norte se hubiese avergonzado de cómo instrumentalizan a los más pequeños.
En una entrevista a Nico Williams le preguntaban qué pediría a Pedro Sánchez. Ni corto ni perezoso, con ese desparpajo y esa sinceridad de los que no han sido abducidos por los mantras del Ministerio de Confiscación (vulgo: de Hacienda), el jugador del Athletic de Bilbao respondía que bajase los impuestos. Williams posiblemente no lo sabe (Sánchez, seguro que no), pero en 1846 Thoreau se negó a pagar sus impuestos por lo que fue detenido y encerrado en la prisión de Concord. Esto es algo que aplaudirían de Kant a Sloterdijk pasando por Nietzsche, pero no el común de los profesores de Filosofía que imparten valores éticos y que, al parecer, han olvidado el principal: "no servir, en el sentido de servidumbre, ni al Estado ni a la Iglesia, que tienen otras preocupaciones. No sirve a ningún poder establecido". Menos María Jesús Montero, más Gilles Deleuze.
Thoreau defendía la objeción fiscal en particular y la objeción de conciencia en general contra la violencia y el abuso. ¿Quién si no Sánchez ha dejado que golpistas y corruptos se libren del castigo de la ley, asaltando las instituciones que garantizaban el Estado de derecho en España, alentando a los terroristas en Gaza y promoviendo a dictadores en Hispanoamérica?
España es ese país en el que los futbolistas son como el niño que se atrevió a decir que el rey está desnudo, mientras que medios de comunicación supuestamente críticos se venden por unos millones de euros, intelectuales critican la desinformación pero citando a Trump y no a Sánchez, y la habitual turba en las redes sociales ponen a caer de un burro a Carvajal por no mostrar sumisión ante el poderoso, mientras silencian que Yamal hizo lo mismo porque al estar "racializado" lo pueden instrumentalizar para su agenda ideológica y activista.
Empecé diciendo que menos mal que nos queda Carvajal y termino felicitándome de que menos mal que nos queda también Lamine Yamal.