
Una de las mayores gestas de Pedro Sánchez fue convencer a una gran parte de la opinión pública de España de que el PP no sólo era un partido corrupto sino que era el único partido corrupto. Y eso con la dificultad añadida de los ERE en Andalucía, el mayor caso de desvío de fondos públicos de la historia de la Unión Europea, un escándalo amplificado ahora por la inaudita cacicada del Tribunal Constitucional al amnistiar por la cara a los principales culpables, Chaves, Griñán, Zarrías y demás delincuentes de la banda de arrebatacapas del PSOE, condenados previamente en tres instancias judiciales.
La moción de censura contra Mariano Rajoy se basó en el caso Gürtel. "Corrupción", dijo Sánchez. Y cayó con estrépito el Gobierno del bolso de Soraya mientras el presidente daba pábulo a todo y a todos libando whisky en el reservado de un restaurante. "Corrupción". Así sentenciaba Sánchez a toda la derecha. Él, el secretario general del PSOE del chófer de la coca, del sindicalista que trincaba dinero como para asar una vaca, de los millones de euros públicos gastados en prostíbulos y en gambas, del tito Berni, del caso Ábalos, del guardaespaldas tapabocas y demás material pilonidal.
A día de hoy el PP sigue siendo para muchos españoles el partido corrupto por antonomasia. No el PSOE. El PP. Todos son corruptos, pero... Para conseguir semejante hazaña Sánchez requiere de una especie de aparato judicial que valide sus golpes, un fiscal general que persiga a los rivales y pida la amnistía para los independentistas que dieron un golpe de Estado, un presidente del Tribunal Constitucional y una mayoría "progresista" que blanquee sus fechorías y las de sus compinches y un cuerpo de inspectores de Hacienda que mantenga en vigor los estilos interrogatorios de la Santa Inquisición.
¿Servirá todo ello para frenar las investigaciones sobre su esposa y sobre su hermano? Ya no se trata de Chaves y Griñán, de Ábalos o del partido. Es la familia, la típica familia socialista de la que tanto presumía Sánchez en "su" primer libro, Manual de Resistencia, el relato de sus peripecias desde que le echan del PSOE hasta que vuelve al PSOE y se carga a Mariano. Sí, el libro en el que explica que lo primero que hizo al llegar a Moncloa fue... cambiar el colchón de la habitación principal.
Su esposa, Begoña Gómez, es la directora de una cátedra en la Universidad Complutense sin ser licenciada. Puede que eso no sea delito. A lo mejor tampoco es delito recomendar a los amigos para adjudicaciones públicas cuando tu pareja, qué casualidad, es el presidente del Gobierno. Chica, pues ya ves, cosas que pasan y me acojo a mi derecho a no declarar. El tema es tan grosero que si no es delito es porque se trata de algo mucho peor, totalitarismo del bueno, nivel Ceaucescu.
Del tipo que no escribió su tesis doctoral a su señora, que llegó a catedrática sin pasar por licenciada, hermano y cuñada respectivamente del genio de la música que se defiende de cobrar de la Diputación de Badajoz sin ir a trabajar diciendo que el absentismo laboral no es ningún delito. La familia. Los Sánchez Gómez Pérez-Castejón Fernández. Alias los "Azagra". ¿Para cuándo una serie en TVE? Quizá más adelante, porque seguro que de la cita con el juez que le ha citado como testigo en la propia Moncloa sale bien librado. Si es que tal cita se lleva a cabo. Es Sánchez, el de la fiscalía es mía y el Constitucional, también. No va a caer tan fácil como Rajoy.