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Maduro, Albares y las reglas de la democracia

El Gobierno encaja la ominosa comparación sin descomponer la figura porque no considera que Venezuela sea una dictadura y mucho menos criminal.

El Gobierno encaja la ominosa comparación sin descomponer la figura porque no considera que Venezuela sea una dictadura y mucho menos criminal.
Europa Press

El ministro de Asuntos Exteriores del Reino de España, José Manuel Albares, es el perfecto correveidile del amo Sánchez, un personaje desprovisto por completo del más elemental sentido del ridículo, grandilocuente hasta extremos zafios, pagado de sí mismo hasta límites insospechados, ejemplo esférico de político sin ideas, sin principios y sin fundamento, un fatuo descomunal especializado en todo aquello que tenga que ver con pelotear al jefe y negado para los asuntos propios de su competencia.

Su postura en relación a Venezuela le delata. Y la postura es de hinojos ante el criminal Maduro, igual que José Luis Rodríguez Zapatero, ese sujeto que guarda un silencio cómplice mientras en Venezuela se suceden los asesinatos, los secuestros y las desapariciones a cargo de los secuaces de la dictadura. Y todo ello bendecido por un poder judicial totalmente corrompido, carcomido y al servicio del sátrapa y de los militares que sostienen el régimen con la amenaza de las armas y la colaboración sobre el terreno de Cuba y en la distancia de Rusia e Irán.

Cuando se alude a los parecidos entre el régimen de Maduro y el Gobierno de Sánchez se persigue en buena medida que el Ejecutivo español reaccione y se desmarque por completo de la dictadura venezolana, pero no hay manera. El Gobierno encaja la ominosa comparación sin descomponer la figura porque no considera que Venezuela sea una dictadura y mucho menos criminal. Por ejemplo, lo de controlar a los jueces y no digamos ya a los fiscales al sanchismo le parece de lo más normal, una pretensión perfectamente democrática y ajustada. Exactamente igual que al chavismo, que ha llevado el empeño a la práctica con el resultado de que un Tribunal Supremo de fantasía acaba de sentenciar que las elecciones fueron ganadas por Maduro sin discusión posible.

El Tribunal Supremo de España es exactamente lo contrario que el Tribunal Supremo de Venezuela, pero no se puede decir lo mismo de la Fiscalía General del Estado, herramienta de la que hace ostentación Sánchez con el mismo desahogo con el que ha convertido a la Abogacía del Estado en su defensa privada. Y ahí vuelve a salir ese Albares, nuestro egregio canciller, hecho un pollo pera para decir que "la inmensa mayoría de los españoles es consciente del acoso" al que supuestamente está sometido su patrón por los negocios de su señora, doña Begoña Gómez.

Juegan con que ya todo da igual y la separación de poderes, más. Entre las reglas de la democracia no sólo está la de respetar las sentencias (cosa que este Gobierno se pasa por el forro con los indultos y la amnistía) sino que consta también la de no interferir en las actuaciones judiciales, pero se le explica eso a Albares y le entra la risa. Por no hablar del risueño ministro Bolaños, del fiscal García Ortiz y del presidente del Constitucional Pumpido

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