¿Qué es exactamente una violación? ¿Y por qué se comete? Es un error humano, político y cultural creer que se fuerza sexualmente a una persona en aras de una libido fuera de control. Si así fuese, o si así fuese siempre, podría haber quien diera la razón al régimen talibán cuando lleva al límite su sofocante borrado del cabello, el rostro y hasta la voz de la mujer: meter la tentación erótica en formol para contenerla. Muerto el perro, ¿se acabó la rabia? Pues la realidad demuestra más bien lo contrario.
La violencia sexual va más de violencia que de sexo. Más de humillación de la persona violada que de satisfacción de la persona que viola. Igual que el porno va de todo, menos de erotismo.
En sociedades eróticamente reprimidas (dentro de un orden: estoy pensando antes en la España franquista que en el Afganistán actual), curiosamente al sexo se le tenía más "respeto". Era una categoría más mítica. Cuando todo está prohibido, es fácil pensar que basta con levantar la prohibición para que florezca un mundo ideal de autorrealización y libertades. Cuando lo cierto es que, como en casi todos los ámbitos humanos, el superpoder de la libertad exige e impone (o debería) mucha más responsabilidad. Y ahí es donde entramos en derivas peligrosas. Incluso peligrosísimas, como la que ha hecho aflorar el espeluznante caso de Gisèle Pelicot, violada durante años por desconocidos bajo sumisión química impuesta (y grabada) por su propio marido.
El mundo libre, o lo que queda de él, se ha rendido a la valentía extraordinaria de esta mujer francesa que se ha atrevido a dar la cara y a darle la vuelta a la vergüenza: todavía hoy, muchas víctimas de violencia sexual prefieren juicios a puerta cerrada, ocultar su identidad y no arriesgarse al estigma. Lo cual, dicho sea de paso, crea algunas paradojas éticas. Cuando una violación no está probada, deberíamos ser igualmente cuidadosos preservando la dignidad de los acusados de cometer el delito, cosa que no suele ocurrir. También cabe preguntarse si las facilidades que de buena fe se dan a las víctimas de violaciones para acusar desde el anonimato, no habrán coadyuvado en algún caso a sostener alguna que otra acusación opinable.
El mismo enconado debate sobre la triste ley del "sí es sí" acredita lo difícil que es a veces precisar los límites del verdadero consentimiento. Por las dos partes. Es legítimo alegar que, ante la duda, se impone abstenerse. Pero, una vez acaecidos los hechos, ojo con los peligros de la reinvención. Sobre todo desde que irrumpieron las cámaras de los teléfonos móviles, las redes sociales, etc, el peligro de la pornovenganza siempre está ahí. Pero por los dos lados, ojo: tan asqueroso es dar publicidad gráfica a un coito para destruir la intimidad de una mujer, como para inventar una violación donde sólo hubo lo que los americanos llaman una bad date. Muchos abogados en ejercicio saben de lo que hablo, porque me lo han contado ellos.
Ciertamente no es para nada el caso de Gisèle Pelicot. No hay ninguna duda de lo sucedido en su caso. Ni el marido se atreve a negarlo. Ni los indignos participantes en esa orgía de casi diez años de duración han atinado a encontrar excusa mejor que la de que "creían" que ella se hacía "la dormida". Es decir, que estaban dando por buena, en la vida real, una práctica sexual que raramente se soporta o se sostiene fuera del porno.
No es tan inusual como parece la fantasía sexual de excitarse viendo a tu pareja tener sexo con terceros. Si es consentido, adelante. Esa es la explicación de que existan desde los intercambios de pareja hasta los clubs de swingers. Pasando por, insisto, el porno. Mucho porno. El porno, como la política, lo aguanta todo. Cosas que habrá quien encuentre sugerentes en un vídeo o en una película soportan mal el salto a la vida real. Lo descubren dramáticamente muchos (sobre todo muchas) adolescentes que al pasar de la pantalla a la carne experimentan traumas a veces indelebles.
Una vez más, no es el caso de Gisèle Pelicot. Ella ya hace varias décadas que dejó la adolescencia atrás. Es una mujer ni siquiera madura: es una mujer mayor. Una mujer de la tercera edad. Debería estar jugando con sus nietos y disfrutando de una sexualidad sosegada, madura y sobre todo cómplice con un compañero de vida de muchos años. No viendo vídeos de sí misma drogada y violada por desconocidos. Me impresiona el plus de coraje que le habrá hecho falta para reconocer públicamente semejantes hechos, a la edad que tiene. ¿Se acuerdan del chiste de la señora de 70 años que va a una comisaría y afirma haber sido violada por un hombre joven físicamente clavado a Marlon Brando (primera época)? Cuando el policía contiene educadamente su incredulidad y pregunta a la señora si desea denunciar, ella contesta: "no, pero me gusta recordarlo". Qué risa, ¿eh?
Gisèle Pelicot no se ha dejado amedrentar ni achantar por nada de eso. Con la cara bien alta ha ido al tribunal a pedir justicia. El mundo es un poco mejor después del paso dado por esta mujer cuyo coraje es comparable al de Émile Zola cuando escribió su célebre manifiesto "J’Accuse". No creo estar siendo hiperbólica. Seguro que a Zola le costó menos escribir aquello.
Ahora nos toca hacer a todos nuestra parte para que el "J’Accuse" de Gisèle no caiga en saco roto. Que de verdad crezcamos como sociedad a partir de lo que han padecido ella y su familia. De verdad creo que urge pegarle una buena repensada a la responsabilidad erótica de las personas en nuestras sociedades hipersexualizadas ya la vez con el sexo pornográficamente banalizado. Es legítimo tener fantasías. Incluso fantasías inconfesables. No es tolerable bajo ningún concepto imponérselas a los demás sin su consentimiento. No digamos sin ni siquiera su conocimiento. Estemos preparados, porque el erotismo ineficaz y embrutecido conduce en línea recta a la depravación. Los modernos depredadores sexuales cada vez necesitan hacer cosas más perversas y más peligrosas para excitarse. El vicio es en el fondo tan árido y aburrido que se satura rápido. Nada más hay que leerse al marqués de Sade. Hiela la sangre no por atrevido sino por castrador, por no decir impotente. El que no vale para hacer el amor como Dios manda, sólo vale para j…er. Entendido en la acepción de hacer daño. Mucho daño. No erradicaremos las nuevas y cada vez más estremecedoras violencias sexuales si no entendemos eso. Acusando orgullosamente y a cara descubierta al que fue su marido y padre de sus hijos, y todo eso lo sacrificó en el altar del más repugnante egoísmo, Gisèle nos ha dado la oportunidad de aprender y mejorar. Todos. No la desaprovechemos.