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Extremistas

La izquierda primero decide quién es fascista y quién es demócrata y luego ya dice por qué. En España, buena parte de la derecha acepta ese marco.

Hace cosa de año y medio alguien le preguntó a la defensora del lector de El País por qué en las páginas del diario gubernamental a Vox se le define como Ultra y a Podemos no. La respuesta tiene bastante de argumento circular, pero explica mucho de las últimas décadas de la política española, y especialmente del sexenio sanchista. Vox es ultra y Podemos no porque el libro de estilo del periódico define ultra como "extremista de derechas". Por lo tanto, no existen ultras de izquierda porque por definición no pueden existir, es físicamente imposible, como dividir por cero o que el Atleti gane una Champions. Alguien que, pongamos, le meta fuego a una parroquia al grito de "la única iglesia que ilumina es la que arde", podrá ser exaltado, radical o, si me apuras, violento, pero jamás ultra. Los etarras son "izquierda abertzale", pero no ultras. Los nacionalistas catalanes que quisieron destruir las instituciones y la legislación vigente sin más argumentos que su lengua y su bandera son, como mucho, "líderes separatistas", pero no ultras. Eso sólo pueden serlo Vox y el PP.

Esta perversión del lenguaje está arraigada tan profundamente en el periodismo y la opinión pública de izquierdas (y sorprendentemente en buena parte de la de derechas) que se expresa de forma llana y directa, como si fuera una cosa obvia, como que el agua moja, el Sol sale por el Este o Begoña Gómez está imputada por corrupción. Es importante que la derecha entienda que sus actos carecen de importancia a la hora de ser valorados o no como ultras por parte de la izquierda. La izquierda es como la fe de los protestantes, para ganarse el cielo sólo es necesaria la propia fe, las acciones realizadas en su nombre son irrelevantes. Y por ese mismo motivo, para arder en el infierno de los ultras y los fachas el único requisito es la ausencia de fe.

Para el opinador zurdo medio, pongamos Bob Pop, la derecha es ultra sin importar lo que haga o deje de hacer, pero los campos de concentración en los que el castrismo encerraba a los homosexuales eran, y esto es una cita textual en la Cadena SER, "una chiquimili en un cuarto oscuro" donde "se lo pasaban bastante pirata". No es concebible en este universo un opinador conservador o liberal que frivolice de esa manera sobre los derechos humanos de los homosexuales durante el franquismo, pero desde la izquierda se puede, porque los ultras son, siempre, y por definición, de derechas. Almudena Grandes, egregia escritora y fenomenal socialista, se burló públicamente de las violaciones de monjas por parte de milicianos de la República durante la Guerra Civil, pero eso no impide que su nombre figure en la estación de tren más importante de España y que el PP de Almeida la nombrara hija predilecta de Madrid. Imaginarse a alguien de derechas haciendo esa burla pero sobre, por ejemplo, las trece rosas, es como imaginarse un mundo de diez dimensiones, sobre el papel existe la posibilidad, pero en el mundo real es físicamente inalcanzable. No digamos ya ponerle su nombre a algo, aunque fuera el callejón sin salida más oscuro y lóbrego de un polígono industrial semiabandonado de la provincia de Teruel.

El artículo donde los periodistas de El País explicaron su uso torticero del lenguaje es esclarecedor, aunque no en el sentido en el que habrían querido sus autores. Según ellos, Vox es ultra porque está fuera de los márgenes de la Constitución, pero incluso aceptando la premisa, ¿dónde deja eso al partido de Puigdemont, golpista fugado y cobardón? La argumentación paisina afirma que los aliados internacionales de Vox, Trump (?) y Bolsonaro, organizaron algaradas golpistas que Vox no condenó; sin entrar en la veracidad de la afirmación, exactamente eso mismo se puede decir de los aliados del PSOE, que sostienen su gobierno. Y qué decir de los aliados de Podemos. Hay tantas fotos y declaraciones de todos los dirigentes morados y de Sumar abrazando el chavismo durante la última década que podríamos alfombrar Caracas y nos sobraría un buen taco de papeles para tapar agujeros en los muros de La Habana. Maduro ya era un dictador cuando Iglesias y Montero entraron en el gobierno y sigue siéndolo hoy, cuando los diputados de Podemos, BNG y Bildu/ETA se prestan a ser el trapo con el que el régimen chavista se limpia las manchas de sangre del chándal. Todo lo que los periodistas de El País dicen de Vox se puede aplicar al Podemos o al resto de socios del PSOE, pero el libro de estilo dice lo que dice, y lo dice por lo que lo dice.

La izquierda funciona igual en todas partes, primero deciden quién es fascista y quién es demócrata y luego ya deciden por qué. La diferencia en España es que buena parte de la derecha acepta ese marco y se viste con el traje que le ha cosido el zurderío como si fuera lo más normal del mundo. Que Isabel Díaz Ayuso arrase en las elecciones madrileñas como un dirigente sindical arrasa con la langosta en un banquete pagado con fondos públicos se explica por muchos motivos, pero uno de los principales es que no acepta jugar en campo rival. Es ella quien le pide explicaciones a la izquierda, y no acepta dárselas jamás. Proclama su superioridad moral e intelectual sobre el progresismo y, más importante aún, se la cree.

Ayuso no es necesariamente exportable. Hace una década la mayoría absoluta de Moreno Bonilla en el epicentro de la corrupción y el nepotismo socialistas nos habría parecido alucinógena. Y la obtuvo con un discurso aparentemente más moderado y menos beligerante. Pero en España la derecha, al menos la derecha no putinista, debería empezar a pensar qué quiere ser de mayor y sobre todo, si va a aceptar que la opción de gobierno por defecto en España sea la izquierda, y si su lugar en la historia es resignarse a guardarle el asiento calentito al PSOE cuando cíclicamente hunde al país con su, ejem, gestión. Y una vez lleguen a una conclusión, creérsela.

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