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Los que ya fueron 'p'alante'

La negativa del fiscal a dimitir, con el respaldo del Gobierno, no se debe tanto a que no haya nadie tan servil como él para sustituirle, que lo hay, sino por no ceder esa nueva pieza a Ayuso.

La negativa del fiscal a dimitir, con el respaldo del Gobierno, no se debe tanto a que no haya nadie tan servil como él para sustituirle, que lo hay, sino por no ceder esa nueva pieza a Ayuso.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. | EFE

Con independencia del debate acerca de si el fiscal general del Estado tiene o no que dimitir, que se responde solo, la verdadera batalla, tan hermosa como las de Paolo Uccello, se libra en otro sitio. En la primavera de 2021, Pedro Sánchez le declaró la guerra a una neófita llamada Isabel Díaz Ayuso. El inquilino de La Moncloa tiene la inteligencia de un jilguero, pero, a instinto criminal, no le gana nadie. Intuyó que, una vez aupada a la presidencia de la comunidad de Madrid, la presidenta era una enemiga mucho más peligrosa que cualquier miramelindo que estuviera al frente del Partido Popular. Por eso, intentó acabar con ella mediante una moción de censura a la que se uniría Ignacio Aguado, hoy desaparecido del panorama político y primera víctima de Ayuso. Naturalmente, la valiente madrileña, que es de Chamberí, pero merecería ser de Hortaleza, madrugó al presidente, disolvió la cámara y convocó elecciones. Para asegurar su derrota, el petulante Pablo Iglesias dimitió del Gobierno y bajó a la arena a medirse con ella. Por supuesto, perdió, y se convirtió en la segunda víctima de la gladiadora. La brava Isabel nos dijo entonces que los españoles le debíamos una por habernos librado de aquella alhaja. Y no le faltaba razón.

Entonces, Sánchez, viendo que cuanto más se esforzaba él en liquidarla, más se afianzaba ella, cambió de táctica. Suministró a Pablo Casado, presidente del PP, información confidencial de la Agencia Tributaria para acusar falsamente a su hermano de corrupción. El tontico se prestó a participar en la maniobra monclovita. Lo hizo con la ciega colaboración del espabilado Teodoro García Egea. Ambos salieron escaldados y sumaron la tercera y cuarta víctimas de Ayuso. Pero no fueron ellos dos los únicos cómplices de Sánchez. Participó muy activamente el actual alcalde, José Luis Martínez-Almeida, que, hábil como una anguila, se libró de milagro de ser la quinta.

En las siguientes elecciones, Isabel Díaz Ayuso, a pesar de la innoble campaña de desprestigio emprendida contra ella por los medios sanchistas, que la tacharon unas veces de loca y otras de tonta, ganó por mayoría absoluta jubilando a Ángel Gabilondo, quinta víctima de la lideresa.

Rojo de ira, Sánchez dirigió entonces sus boñigas contra el novio de la aborrecida dirigente filtrando como siempre información confidencial. El proceso quedará en lo que tenga que quedar, pero de momento quien paga el pato de tanta filtración interesada es el fiscal general del Estado, acusado por el Tribunal Supremo de un delito de revelación de secretos. Su negativa a dimitir con el respaldo del Gobierno no se debe tanto a que no haya nadie tan servil como él para sustituirle, que lo hay, sino por no ceder esa pieza a la madrileña. No se dan cuenta de que en realidad ya se la ha cobrado como su sexta víctima. Mantener a Álvaro García Ortiz es peor que obligarle a dimitir pues, si ya la Fiscalía había perdido buena parte de su auctoritas por la sospecha de actuar siempre en interés del Gobierno, ahora su parcialidad será más evidente, también en la Unión Europea. Y todo por negarle a Ayuso una victoria que en realidad ya ha alcanzado y que se remachará cada vez que el Supremo, en medio de la correspondiente traca mediática, ordene cualquier diligencia sobre el caso.

No será Feijóo quien acabe con Sánchez. Será la ira que le despierta Ayuso, fruto de la absoluta ausencia de mesura y templanza de la que adolece el personaje y que un día acabará finalmente con él. Y nosotros que lo veamos.

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