
De todas las ruedas de molino con las que la izquierda trata de hacernos comulgar en estos tiempos de trolas, bulos y artículos en Lo País, pocas hay más groseras que asignar al cambio climático los desastres que se repiten ahora, pero que han ocurrido toda la vida y que se deben al transcurso habitual de la naturaleza.
Un ejemplo grosero son los incendios: todos los años, en cuanto hay unos cuantos, ya sea aquí o en Papúa Nueva Guinea, resulta que son por el cambio climático. Si les dices que incendios ha habido todos los años desde que el mundo es mundo te contestan muy airados que sí, pero que ahora son mucho peores; si les dices que no, que de hecho el total de hectáreas quemadas ha caído de forma drástica en las últimas décadas te tachan de negacionista, es decir, fascista, ergo, lo peor.
Prácticamente cualquier estadística de desastres naturales recurrentes, por ejemplo, los huracanes y los tifones, desmiente el bulo de que sean más o que tengan mayor poder de destrucción en las últimas décadas. Y si en algunos casos es verdad que causan una destrucción mayor es sólo en términos económicos. Por una razón muy sencilla: las zonas afectadas están más habitadas y las propiedades tienen mayor valor.
Pero es que estamos ofreciendo datos a aquellos que lo único que quieren es imponer su relato cueste lo que cueste y sin el más mínimo rubor, gente que no sabe distinguir meteorología de clima y a la que tanto le vale si hace más calor que si hace más frío: los que el verano pasado te decían que si este año no ha hecho calor eso no significa que no haya cambio climático te soltaban doce meses atrás que las temperaturas veraniegas eran prueba irrefutable… del cambio climático, claro. Y, por supuesto, lo dirán también si el invierno es más frío o más suave. Lo mismo les da ocho que ochenta, Fahrenheit que Celsius, si me permiten la broma.
Por supuesto, traigo todo esto a colación de la DANA en Valencia, un fenómeno de toda la vida que antes conocíamos como gota fría y en el que lo único que cambia de verdad es que afecta a zonas cada vez más pobladas, aunque afortunadamente también cada vez con mayores posibilidades tecnológicas y de ingeniería para defenderse: ahí tienen las miles de vidas que ha salvado el cauce nuevo del Turia, hijo también de una riada provocada, supongo, por lo mucho que había cambiado el clima en la Valencia de 1957.
Lo peor es que, en el colmo de la hipocresía, los mismos que alertan entre aspavientos de que los desastres naturales serán cada vez más y más mortíferos se niegan tomar medidas para evitarlos. Vamos a morir todos por el cambio climático, pero ni se te ocurra construir una presa o limpiar un cauce, que nada disturbe al hermano renacuajo y a la hermana trucha. Es como lo de la energía nuclear: oye, si de verdad crees que vamos a arrasar el planeta igual no es una idea tan mala, ¿no?
El problema último de todo esto es que, excepto cuatro pirados como la pobre Greta, la mayoría de los que nos dan la tabarra con el cambio climático en realidad no se creen su propio sermón. Por eso los muchimillonarios que se muestran deeply concerned en saraos por todo el mundo siguen comprándose casas de lujo frente a la playa; por eso Sánchez no se baja del Falcon si no es para subir al Puma. Hasta él sabe, por mucho que mienta, que lo que mata es el clima de toda la puñetera vida, la madre naturaleza, vaya, que tiene días en los que se pone un poco cabrona.
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