Menú

Treinta días y treinta noches

En esas calles llenas de barro y lodo, lejos de los paseítos de políticos, todavía falta luz y futuro.

En esas calles llenas de barro y lodo, lejos de los paseítos de políticos, todavía falta luz y futuro.
Una persona camina por una calle del polígono de Catarroja. | EFE

Ha pasado un mes desde la gota fría, la DANA –no volveré a mencionar esa palabreja moderna–, la riada que asoló zonas de Albacete y Valencia, especialmente. Pero no ha sido un mes cualquiera, no. Ha sido un mes de mierda. Y digo bien: mierda. Porque eso es lo que ha inundado eso que llaman "clase política" en este hermoso país llamado España. No, no les asuste la palabra tan asquerosa –mierda–; deberían temer, en cambio, mirar atrás, hace un mes, treinta días y treinta noches en los que el agua anegó vidas. Porque la vida, querido lector, es lo más importante en nuestra miserable existencia en este mundo terrenal. Aviso: escribo como lo siento y no reprimo lo que pienso. Hoy no. Mañana, quién sabe.

De esos treinta días, lo peor han sido las noches. Noches que empezaban con la caída del sol sobre el horizonte. Porque el inicio de la noche es la ausencia de luz. Esa lluvia, esa riada de cañas y maderas, piedras y arena flotando sobre el agua, inundó las calles. Arrasó con el tendido eléctrico. Desde aquel fatídico día, la noche llega antes y dura más. Y con la noche, los peligros: robos, agresiones, saqueos… Hay que ser muy hijoputa para aprovecharse de una situación así. Sí, ahora es cuando algunos empiezan con eso de los "derechos del detenido", olvidando los derechos a la propiedad privada y a la dignidad humana de las víctimas.

Un compañero describía aquellos saqueos, robos, ajustes de cuentas entre presuntas criaturas de la especie humana. No se daba abasto en vigilancias por la escasez de personal disponible. Y el peligro aumentaba, porque "no hay luz en las calles, porque las casas no tienen puertas ni cerraduras". Pero no, ese no era el mayor peligro. Lo peor fue –y es–, sin lugar a dudas, la ausencia de agua potable. Porque el agua, lo mismo que da la vida, también se la lleva. El alimento puede escasear, pero el agua es esencial cada día. Sin embargo, las víctimas, para algunos, son unos malajes egoístas que solo piensan en sí mismos. ¡No te jode!

Hemos sido testigos de la dejadez del gobierno de España con los pueblos, especialmente con las localidades más pequeñas. Los agentes de la Guardia Civil han visto disminuir sus plantillas año tras año. Los recortes y la austeridad –somos maestros en hacer milagros con ellas–, junto con la sensación de que "no hacen falta tantos guardias en los pueblos", han sido las banderas de diferentes ministros. No mencionaré colores ni partidos –o partidas–. No olvidemos tampoco la incesante creación de burocracia dentro del Benemérito Instituto, que distrae a personal de Seguridad

Ciudadana –las patrullas– para rellenar papeles y engordar estadísticas.

Don Santiago Posteguillo ofreció un discurso brillante en el Senado. Él y su pareja vivieron la riada en Paiporta en primera persona. No puedo describir la rabia que me invadió al escuchar su relato, ni el dolor de sus palabras. No puedo expresar cuántas lágrimas salieron de mis ojos al ver, en carne ajena, la dejadez de las autoridades. La primera noche se acostaron pensando: "Mañana vendrá alguien por la mañana". Pero cuando amaneció, descubrieron que "no vino nadie". Y lo mismo ocurrió el segundo amanecer: "Nadie, no vino nadie. Silencio". Un día viendo cadáveres en las calles.

Esto es cosecha mía: hay que ser muy malo para no avisar de una riada, y muy hijoputa para no enviar toda la ayuda urgente disponible. Porque el gobierno –¡maldito sea!– de España retrasó de forma incomprensible el envío del ejército a la zona cero. Las imágenes grabadas por ciudadanos mostraron actos heroicos: personas salvando vidas colgadas de sábanas y cuerdas, cadenas humanas cruzando calles para evitar la muerte.

En esos días fatídicos, mientras tanto hijoputa obstaculizaba la llegada de ayuda oficial –maquinaria, seguridad, sanidad, abastecimiento–, apareció el pueblo. Un ejército de personas caminaba desde Valencia con cepillos, palas y agua embotellada. Esas tropas comenzaron a rescatar y limpiar. Esos seres humanos no dieron la espalda a los españoles, como sí lo hizo el gobierno –¡maldito sea!– de esta nación.

Desde el resto de España llegaron furgones y camiones, tractores y vehículos todoterreno, autobuses cargados de ilusión, solidaridad y valentía. A falta de gobierno, "sólo el pueblo salva al pueblo", decían las redes. Periodistas como Iker Jiménez y comunicadores como Ángel Gaitán abandonaron sus sedes habituales y mostraron la dura realidad. La asociación juvenil Revuelta envió materiales a la zona cero sin subvenciones ni sueldos públicos. Personas particulares instalaron farolas solares —¿dónde coño estaba la ministra Teresa Ribera, abanderada de las energías limpias?– y antenas de comunicación vía satélite –gracias a Elon Musk, ¡manda narices!–. Esas personas suplieron la ausencia de servicios de emergencia controlados por el gobierno –¡maldito sea!– de España.

Treinta días y treinta noches han pasado. Más de 220 cadáveres, y desaparecidos aún sin localizar. Luto nacional, al menos para las buenas gentes. Y mientras tanto, ¿dónde estaba el gobierno –¡maldito sea!– de España? En Sevilla. Allí, en esa magnífica ciudad, el PSOE celebraba su congreso, elevando al patético Pedro Sánchez al trono que ocupa. Entre aplausos y vítores –¡como focas!– homenajearon a delincuentes –Chaves, Griñán, Magdalena Álvarez– y presuntos delincuentes –Begoña Gómez–. Porque se sienten identificados, quizá.

Mientras, en la zona cero continúa la limpieza. En esas calles llenas de barro y lodo, lejos de los paseítos de políticos, todavía falta luz y futuro. Querido lector, ojalá brote en usted la solidaridad necesaria para ayudar en la medida de su capacidad. Y perdóneme las expresiones nacidas de la tristeza y la desesperación. Si callo, reviento. Y no es plan

Temas

comentarios

Servicios

  • Radarbot
  • Libro
  • Curso
  • Alta Rentabilidad