
Cada sociedad y cada economía tiene sus ángeles y sus demonios. En Estados Unidos las pensiones de jubilación no son un derecho humano tal y como lo entendemos (o creemos entender) aquí. Los empleados públicos las disfrutan, pero, si han visto alguna película norteamericana, ya sabrán que es fácil perderlas a poco que te pillen en un renuncio de corrupción, por ejemplo. Ay mis bambis. Para los trabajadores (o no) en el sector privado, no es que no haya ningún tipo de pensión. Pero el planteamiento se parece más a una renta mínima universal o incluso a un sistema de beneficencia para mayores de 65 años con pocos recursos que a un merecido premio al final de la vida laboral. La prueba es que, a mayor renta, menos paga. Los sistemas privados de pensiones, cotizados a medias por empleados y empleadores, y los planes individuales son el 80 por ciento del total.
Los ciudadanos estadounidenses tienen claro que les conviene empezar a ahorrar desde pequeñitos para pagarse los estudios y el "retiro". Muchos lo hacen colocando sus ahorros en Bolsa, invirtiendo en acciones de esto y de lo otro. Esa ha sido la gran hucha histórica de del país. Lo cual no es ajeno a que de tanto en tanto se desayunen con un crack bursátil, un escándalo tipo Enron o el derrumbe de una estafa piramidal como la de Bernard Madoff. Digamos que si millones de personas compran acciones como posesas, y esperan y exigen que esas acciones suban incesantemente de valor para vivir bien sin trabajar en los últimos años de su vida, las compañías operan bajo un enorme estrés. No basta con que el negocio vaya razonablemente bien. Es que tiene que crecer año sí, año también, venga o no venga a cuento. Imagínese que usted vendiese betún para zapatos, o palos de escoba, o microchips, y que ya hubiese vendido todos los humanamente posibles, ya no le diera físicamente el mercado para más, se ponga como se ponga. Pero sus accionistas siguieran presionando y esperando una flecha de dividendos eternamente ascendente. Tarde o temprano daría el salto del crecimiento real al ficticio, a la ingeniería contable. Cualquier día toma una curva peligrosa y se cae con todo el equipo.
¿Y qué tiene todo esto qué ver con nosotros? Bueno, es obvio que la tradición ahorradora española es muy distinta a la de Estados Unidos. Aquí no es que no se invierta en Bolsa pero en fin, no es lo primero que se le ocurre a todo el mundo. Aquí la gente "normal" ha preferido ir a lo "seguro" e invertir en ladrillo. Cuando nuestra querida izquierda woke raja contra los fondos buitre y los grandes tenedores de vivienda, olvida que esa es la mera punta del iceberg. No digo que con esa punta no baste para hundir Titanics. Pero las ocho partes sumergidas son personas y familias que durante muchos años se compraban una casa para entrar a vivir y dejar en herencia a sus hijos. Esa es o debería ser ley de vida si crees en el progreso de las clases medias y en la solidaridad intergeneracional. Y luego, quien podía, se compraba alguna casa más para alquilarla —imprescindible para pagar la hipoteca— y, con suerte, llegar a la jubilación con esa hipoteca ya pagada o muy aliviada, y asegurarse así un mejor pasar en la vejez.
Eso es lo ideal, claro. Luego salen los demonios. Si en Estados Unidos el infierno económico son los Madoff y las compañías que maquillan su contabilidad para alimentar el colmillo de los accionistas, aquí ha sido y es la especulación inmobiliaria desatada. Si todo el sistema trabajaba —desde Franco, ojo— para estimular el acceso a la vivienda en propiedad, era inevitable que aparecieran listos interesados en hacer su agosto reventando ese mercado. Y que eso acabara colisionando con un derecho a la vivienda del que algunos se llenan la boca tan pomposa como irresponsablemente. Incluso cínicamente.
¿Qué es el derecho a la vivienda? ¿El derecho a poseer una casa? ¿A vivir en ella dignamente? Pongamos que es esto último. ¿Qué es vivir dignamente, y dónde? ¿Haber vivido toda la vida en un barrio te da derecho a seguir allí pagando lo que has pagado siempre, aunque los precios se disparen? Si "pacificamos" el centro de Barcelona como en su día se hizo con Manhattan, si le declaramos la guerra al coche y a los tradicionales vectores de crecimiento, pasando a depender del turismo y encima de morros (¿vamos camino de una economía jinetera a la cubana?), malamente podemos esperar otra cosa que el agujero negro habitacional en el que ahora mismo nos encontramos.
En los mundos de yupi y de los wokes, la solución pasa por matar la gallina de los huevos de oro y castrar al gallo. Cualquiera que tenga una escritura de propiedad es sospechoso de ser un agente de la reacción que lo mínimo que merece es que le okupen la casa pero, en cuanto se pueda y la revolución esté más asentada, mejor la guillotina directamente.
Hace tiempo que los expertos advierten de que topar alquileres —algo que, pareciendo tan progre, bebe de la Ley de Viviendas de Renta Limitada de 1954 y la Ley de Arrendamientos Urbanos de 1964…—, dar alas a la okupación (y a las mafias que a su vera florecen, como Desokupa) desde las instituciones o intervenir la construcción —que no promoverla— es una burrada. Que no sirve para "destensar" el mercado.
Estos días han menudeado las comparaciones, no sé si irónicas u odiosas, entre el anuncio de Pedro Sánchez de lanzar una empresa pública para crear vivienda y lo que hizo Franco entre 1961 y 1975, construyendo cuatro millones de viviendas sociales en España y logrando que cerca del 80 por ciento de las familias accedieran a la propiedad de una casa que se podía pagar en unos diez años, con un solo sueldo y con una media de dos hijos. ¿Conseguirá Sánchez emular al Caudillo?
Me cuesta ser optimista básicamente por dos razones: la primera, que no veo la necesidad de crear un aparato administrativo nuevo, con sus altos cargos y tal y tal, pudiendo gastar el dinero que eso cueste en ir al grano y empezar a construir ya. ¿Será por falta de ministerios y empresas públicas? La segunda es que cuando Franco acometió esa especie de new deal inmobiliario, era porque se había dado cuenta de que sus férreas leyes de congelación de alquileres, contratos indefinidos y rentas fijas para toda la vida habían acabado provocando una drástica reducción del alquiler disponible. Vamos, que se había pasado de frenada antiliberal. Qué gracia, justo como los wokes de ahora. Sólo que estos no rectifican nunca. Mientras sigan ahí, apaga y vámonos.