
De todos los que hicieron novillos en la ceremonia de reapertura de la catedral de Notre Dame, el único al que sus fieles se lo habrán agradecido es Ernest Urtasun. Nuestro pintoresco ministro de Cultura, como todos los que ha habido de Podemos y aún quedan de Sumar, tiene claro lo que su parroquia espera de él: antes dejarse ver con los payasos de la tele que en un templo católico. No es sólo por la tradición quemaconventos —y quemacatedrales…— de la ideología que representa. Esa etapa ya la tienen superada, gracias a ¿Dios? Lo que permanece es la tradición de ver un ministerio no como una responsabilidad institucional sino como una oficina de subvenciones y propaganda.
Más sorprendente es la ausencia de los Reyes de España. Aun sin entrar en los dimes y diretes sobre si Felipe VI y Pedro Sánchez se hablan más o menos, o sobre si el ministro Albares y el diplomático Camilo Villarino, jefe de la Casa del Rey, están a partir un piñón o a partirse la cara, en Paiporta ya vimos que cuando el Rey quiere ir a un sitio —o permanecer en él—, lo hace se ponga como se ponga el presidente del Gobierno. Cuya ausencia en la liturgia (también religiosa) por los muertos de la DANA tampoco está nada mal. Algunos van de misa negra en misa negra.
Pero volviendo a Notre Dame y a los Reyes: sorprende que estuviera la monarquía inglesa, que cortó sus vínculos históricos con el catolicismo para que Enrique VIII se pudiera divorciar, y hasta hoy, y no la española, que durante siglos tuvo una relación tan preferente con el Vaticano que incluso siendo ya España un Estado aconfesional nuestras reinas mantienen privilegios de protocolo como llevar mantilla blanca cuando las recibe el Papa.
Otro que tampoco fue, por cierto. No es que hayan dado muchas explicaciones oficiales de eso porque la curia nunca las da. Extraoficialmente, se aduce desde la preferencia de Bergoglio por la "periferia" de la fe, hasta ciertos roces con el ¿presidente? Macron por su concepto cada vez más agresivo del laicismo en Francia.
¿A lo mejor nos vamos acercando poco a poco a la madre del cordero? Es verdad que, si a Donald Trump no se le hubiera ocurrido irrumpir en Notre Dame como elefante en cacharrería, no estaríamos hablando de esto. El acto habría tenido un perfil diplomático más bajo y muchos reproches ahora estentóreos habrían quedado en sordina. Pero es que Trump tampoco fue porque sí. Sin duda tiene prisa por hacerse presente en los asuntos terrenales del mundo. Mas no olvidemos que en Estados Unidos, la religión es muy importante —cada vez más, no menos— y el laicismo se entiende de una manera sensiblemente distinta a la de aquí.
En Estados Unidos, por libertad religiosa no se entiende tanto libertad de atacar la religión como de respetar las creencias de todos y cada uno. Los ateos norteamericanos no sienten la necesidad de ridiculizar ni de ofender a los creyentes en nada. Se objetará que ellos no vienen de un historial de religiones de Estado, con todos los abusos que eso conllevaba y conlleva. Pero a lo mejor conviene tomar nota de algunas ventajas de ese planteamiento. Detalle: en una ciudad como Nueva York, la gente de verdad fina, la que sale en las películas de Woody Allen, no dice nunca "feliz Navidad" por estas fechas. Lo que dice es "felices fiestas" o "feliz estación". Porque nunca se sabe si se lo estás deseando a un cristiano, a un judío —que celebran la Hanuká, no la Navidad—, a un musulmán o a quién.
Aquí ni a los de Urtasun se les ha ocurrido plantear que a lo mejor tendríamos que dejar de hacer vacaciones por Navidad o por Semana Santa, desde el momento en que ya no somos ni nos sentimos, como sociedad y como Estado, católicos. Pero por desgracia tampoco se les ocurre dejar de ver un "facha" en cada cura y negar a los cristianos la infinita comprensión multicultural que antes se dispensa a budistas o incluso salafistas (de los judíos mejor no hablar).
Supongo que el sistema es coherente con su inveterada alergia a la libertad individual. Si se es antiliberal en lo económico y, siempre que se puede en lo político, ¿no vas a serlo con los temas de fe? ¿Desde cuándo cada uno puede creer en lo que le da la gana, sin imposiciones, y pedir respeto por ello?
En fin. Que Donald Trump, apareciendo en Notre Dame, no sólo dejó en evidencia a algunos cortesanos y diplomáticos. También evidenció que hay sociedades a la que nos gusta mirar por encima del hombro, como la americana, cuando en realidad podríamos tomar unas cuantas lecciones de laicismo bien llevado. Politizar la religión es malo. Politizar los sentimientos antirreligiosos no es mejor. París bien vale una misa. La frase se atribuye al primer Borbón que llegó a rey de Francia, previa conversión del protestantismo al catolicismo para conseguirlo. Cuestión de prioridades.