
El ascenso del número de manadas del lobo ibérico es un hecho demostrado. Los ganaderos españoles "doblan el pulso" al ecologismo europeo. Se reabre la "guerra del lobo".
Bruselas cede a las demandas del mundo rural español ante las denuncias de los ganaderos de ataques a sus rebaños. El lobo ibérico sigue siendo especie protegida, pero el Comité Permanente del Convenio de Berna ha decidido que la situación del lobo en Europa pueda cambiar de "especie estrictamente protegida" a "especie salvaje protegida". El cambio entrará en vigor el 7 de marzo de 2025.
No se trata de que el lobo ibérico deje de estar protegido, sino de que los gobiernos tengan flexibilidad para adaptar su legislación a las circunstancias de sus fluctuaciones poblacionales.
Las poblaciones de lobos no se cuentan por ejemplares, sino por manadas, ya que esta es la unidad funcional de la especie. La muerte de ejemplares aislados, especialmente si se trata de individuos dominantes, llamados "alfa", no sólo no mejora la presión de los lobos sobre el ganado doméstico, sino que puede dispersar las manadas y dar origen a desconcertados y peligrosos "lobos solitarios".
Se quejan, con razón, los ganaderos del aumento de las lobadas, como se denominan los ataques en manada de los lobos contra los rebaños, generalmente nocturnos, en las que los cánidos matan cuantas reses pueden, guiados por su ancestral instinto de cazadores nórdicos que almacenan presas muertas para conservarlas en el hielo.
No es extraño que esta conducta de matar sin aparente freno haya hecho recaer sobre el lobo la fama de criatura sanguinaria, y para muchas gentes del campo, hasta diabólica.
La guerra entre el lobo y el hombre se remonta al Paleolítico, cuando los lobos merodeaban cerca de los campamentos humanos para arrebatar los restos de comida. Somos, desde aquellos remotos tiempos, cazadores competidores; y a tan vieja relación se remonta también la domesticación del perro, en una alianza en que se mezclaba la admiración y el odio, con una subjetividad que aún hoy se mantiene en actualidad y que provoca la aparición periódica de estas "guerras del lobo".
El mastín, un eficaz aliado
A lo largo de la historia de la ganadería trashumante española, los ganaderos vienen contando con el mejor aliado posible: un perro moloso, es decir, poderoso y gigante, especializado en la defensa del ganado al que pastorea colaborando con el hombre. Se trata de una raza del grupo de los mastines que puede llevar con toda propiedad el apelativo de mastín español, el gran perro capaz de intimidar al lobo para inhibir sus ataques; nos referimos a ataques al ganado, porque un mastín legítimo es extremadamente noble para las personas.
A lo largo de los siglos, en paralelo a la historia de la Mesta, los mastines han acompañado al ganado en sus recorridos trashumantes y han evolucionado en tamaño y carácter haciéndose imprescindibles para su función de pastoreo defensivo. El mastín no necesita atacar al lobo, simplemente avisa con sus ladridos de "bajo profundo", si la especie canina pudiera cantar ópera. Por esta condición de advertir de su potencia, quedan excluidos los ataques inesperados al hombre.
Precisamente el día de Nochebuena del pasado año perdimos a uno de los grandes naturalistas españoles, el extremeño Jesús Garzón; fue él quién se erigió en máximo defensor de la presencia de mastines en todos los rebaños lanares transeúntes por España.
Garzón, que fue director general de Medio Ambiente de la Junta de Extremadura, y a quien los naturalistas llamábamos "Suso" con tanta admiración como cariño, se hizo muy popular cuando, en su permanente reivindicación del respeto a las cañadas reales como viejos caminos de la Mesta, fue capaz de traer todos los años un rebaño de merinas a la madrileña calle de Alcalá, para recordar que tuvo la condición de cañada en el pasado.
Gracias al entusiasmo de Garzón muchos niños madrileños pudieron ver por primera vez en su vida una oveja de cerca, y también, como es lógico, a los mastines que las acompañaban, y también a pastores de verdad, no de barro, como los del Belén de sus hogares.
En la actualidad los rebaños lanares pueden contar con sistemas de protección contra el lobo muy sofisticados, como los rediles electrificados u otros tipos de "pastores eléctricos o electrónicos", pero los gigantescos mastines españoles siguen siendo fundamentales para su custodia.
Mastines bien cuidados, aumentada su protección con las "carranclas" o collares armados de puntas, son capaces de enfrentarse al lobo de manera muy eficaz; pero lo más importante es su capacidad de intimidar a los lobos merodeadores mediante su simple presencia.
En nomenclatura ecológica, digamos que la presencia del mastín en torno al rebaño de ovejas hace disminuir el "índice de apetencia" del ganado doméstico para el lobo.
El concepto de "índice de apetencia", propuesto por el eminente zoólogo español José Antonio Valverde, establece una relación entre la energía que una presa proporciona a un predador, en función de la energía gastada para conseguirla.
La presencia de mastines ahuyenta a los lobos porque implica la lucha y el riesgo necesario para la captura, y desvía la atención de los carnívoros hacia la fauna silvestre como principalmente los cérvidos. Dicen los naturalistas: "Si en el entorno hay corzo, el lobo comerá corzo".
De manera que, entre las medidas de apoyo a los ganaderos cuyos rebaños tienen que convivir con los lobos, debe figurar la cesión gratuita de mastines españoles y la financiación de su alimentación de su manutención y sus gastos veterinarios. De manera ancestral los pastores fabricaban la "perruna", una galleta hecha con harinas y carne en ración de al menos un kilo por perro: hoy existen fórmulas más equilibradas, que bien merecen tales aliados caninos.
Mastín español: ese debe ser el nombre y apellido de nuestro moloso ibérico, aunque con los apellidos "leonés" o "extremeño" algunos ganaderos hayan querido adjudicarse el honor de su cuna a lo largo de la historia de la Mesta. Quedémonos con "español", que lo diferencia perfectamente del "Mastín del Pirineo", para que todos nos sintamos orgullosos de una de nuestras más nobles conquistas caninas.
Miguel del Pino, catedrático de Ciencias Naturales.