
La justicia francesa ha condenado a veinte años de cárcel a Dominique Pélicot por lo que le hizo a Gisèle Pélicot. Los manuales de periodismo exigen que yo ahora detalle quién es él, quién es ella y por qué son noticia. Creo que no pasa nada si me salto el manual por un día, ¿no? No creo que quede nadie que desconozca la historia de los Pélicot.
Gisèle ha triunfado judicialmente, socialmente y mediáticamente. Es una heroína para todos nosotros. Yo misma escribí en estas páginas, cuando apenas arrancaba el juicio, que no estamos acostumbrados a exhibiciones de coraje así. Puse en valor un detalle que me llamaba la atención: la edad avanzada, muy avanzada de Gisèle. Lo cual hace aun más escabroso si cabe todo lo que padeció, y el hecho de dar la cara para denunciarlo.
Dar la cara. Gisèle la ha dado tanto, que yo creo que si me la encontrara por la calle la reconocería. Creo que muchos de ustedes también. En cambio, el marido… ¿alguien le tiene en mente? La víctima del atroz caso Pélicot quiso que las vistas fuesen públicas, renunciando al anonimato que la justicia siempre ofrece a las víctimas de violación para no revictimizarlas. De ahí nace su famoso grito de guerra: "que la vergüenza cambie de bando". Chapeau, madame. Usted ha logrado sin duda que la vergüenza cambie de bando, y todas las personas (no sólo mujeres) de buena voluntad del mundo se lo agradecemos. Pero una cosa es cambiar de bando y otra es cambiar de cara. La cara que seguiremos viendo siempre que hablemos de este caso será la de Gisèle, no la de Dominique. No es que no haya salido absolutamente ninguna imagen suya. Pero vamos, que a él no le reconoceríamos ni en la calle, ni en una visita guiada a prisión.
¿Y ahora, qué?, titulaba yo este artículo. ¿En qué punto estamos? ¿Cómo será la vida personal, familiar y social de Gisèle en el futuro? Habitamos un mundo oscuro y complejo. Todavía hay países donde si una mujer casada es violada (no por su marido) puede ser acusada igual de adulterio y lapidada por ello; todavía hay sitios donde la mejor "solución" para una violación es que violador y violada se casen, así él se ahorra la condena y ella el estigma; hay países, como el nuestro, donde todo esto no pasa, pero las verdaderas víctimas de agresión sexual o violación —déjenme subrayar lo de verdaderas con cierto retintín…—, optan por no dar el nombre ni la cara, ni siquiera tras unas enormes gafas de sol.
¿Por qué? ¿Por pudor? ¿Por miedo al qué dirán? Gisèle Pélicot puso el dedo de lleno en la llaga, porque, chácharas wokeras aparte, sigue siendo verdad que la violación da vergüenza a quien la sufre. Cuando yo ponía en valor la avanzada edad y dignidad de Gisèle, a la vez no dejaba de preguntarme: si esto la llega a pillar con 20 o con 30 años, es decir, con toda la vida por delante, con aspiraciones a volverse a emparejar y quién sabe si casar, tener hijos, buscar trabajo, etc, ¿habría hecho lo mismo? Me pregunto cuántos hombres capaces de solidarizarse con una mujer violada por su marido y decenas de energúmenos más serían capaces de enamorarse de ella, ser su pareja, ir por la calle con ella colgada del brazo, presentársela como novia a sus amigos, a su madre. ¿Ven por dónde voy?
No dejo de darle vueltas, saben. Creo que ahora que ya hay sentencia firme, que Gisèle Pélicot ha hecho su trabajo, empieza el nuestro. Hacernos dignos como sociedad de personas valientes como ella. Dejar descansar a la heroína. Permitirle volver a llevar una vida normal. Algunas vergüenzas efectivamente debían cambiar de bando. Otras tienen que simple y llanamente desaparecer.