
La Navidad es la época del año que más detestan los cínicos. Se les acumulan momentos para ello: felicitaciones navideñas, reuniones familiares, comidas con amigos y compañeros, y, por si fuera poco, el enésimo pase por televisión de Qué bello es vivir, y otro, y los que le quedan, discurso de Su Majestad, el rey Felipe VI.
La película de Capra siempre ha sido detestada por esos odiadores profesionales, por esos yonquis del cinismo, que son los resentidos, siempre en guerra con la fraternidad y la amabilidad. Se estrenó un 20 de diciembre de 1946 y es una de las películas más optimistas de la historia del cine sin caer en la ñoñería, solo a la altura de La palabra (Ordet). Fue una decepción de taquilla. Capra era en esas fechas considerado un director obsoleto, caduco, un fósil de otra época. En 1974, al no renovarse los derechos de autor, la obra pasó al dominio público y empezó a emitirse por televisión en épocas navideñas convirtiéndose en el clásico cinematográfico navideño por antonomasia. Su espíritu navideño y las prodigiosas interpretaciones de sus protagonistas, en especial de un James Stewart en estado de gracia (nunca mejor dicho), la hacen la mejor propuesta para verla juntos en familia. Su blanco y negro, además, la hace revolucionaria desde el punto de vista formal en época de obligatorios colorines.
¿De qué habla en el fondo Qué bello es vivir? Del bien común. Hay dos capitalistas en la película, dos banqueros antagonistas. Uno exclusivamente piensa en su beneficio particular. El otro, que no hay bien particular que no pase por el bien común. Una mala y superficial lectura de Adam Smith privilegia el interés propio sobre la benevolencia, pero eso solo evidencia que quien la hace no ha leído La teoría de los sentimientos morales (no digamos Lecciones de jurisprudencia) o no es capaz de reconocer su supremacía sobre La riqueza de las naciones.
¿De qué habló Felipe VI en su mensaje de Navidad? Precisamente del bien común. En las 1800 palabras, el rey mencionó siete veces la expresión "bien común". Esta apelación navideña de Capra y Borbón al bien común es especialmente relevante en una época en la que parece que lo hemos perdido de vista, en el mejor de los casos porque parece una utopía, en el peor porque "común" suena a comunista. Justo detrás del rey, sobre una mesa y con la bandera de España como telón, una fotografía de unos voluntarios y unos soldados con el barro hasta las rodillas trabajando unidos en el desastre de la DANA valenciana.
Como advierte Jean Tirole en su Economía del bien común, no es fácil definir cuál es el bien común porque dicho concepto está siempre impregnado de juicios de valor. Sin embargo, los liberales estamos mejor preparados porque, sigue Tirole, hay una tradición intelectual que va de Locke a Rawls pasando por Kant que a través del método del "velo de ignorancia" nos ayudaría a dar con dicho escurridizo y vaporoso bien común.
Un atisbo de respuesta lo encontramos tanto en la película de Capra como en el discurso de Felipe VI: la construcción de instituciones que concilien los intereses del individuo con el interés general, pero, sobre todo, con el reforzamiento de un ethos, de un espíritu, que nos enorgullezca y nos inspire. Dichas instituciones y dicho ethos son previos al mercado; es una cuestión de sentimientos morales, de benevolencia hacia los demás, que serán eficientes a través, eso sí, de un mercado bien diseñado.
En palabras de Felipe VI (Felipe de Borbón):
España es un gran país. Una Nación con una historia portentosa (...) Y ante el futuro, creo sinceramente que los españoles tenemos un enorme potencial que nos debe infundir esperanza, tanto en el plano nacional como en la escena internacional.
En palabras de George Bailey (James Stewart):
La vida de cada hombre afecta a muchas vidas. Y cuando él no está, deja un hueco terrible… Nadie es un fracaso si tiene amigos.
La Navidad no es buena para los cínicos; los cínicos no son buenos para España. La Navidad y España son para los hombres y mujeres de buena fe que creen que la vida puede ser bella.