
Se llama Sílvia Orriols. Es alcaldesa de Ripoll y líder de un partido, Aliança Catalana, que en las pasadas elecciones autonómicas obtuvo dos diputados, pero al que todas las encuestas auguran entre cuatro o seis tan pronto Cataluña vuelva a ir a las urnas. Está convencida de que algún día será la primera mujer presidenta de la Generalitat. Yo lo veo difícil pero no imposible.
No todo el mundo conoce a Sílvia Orriols porque se la considera de ultraderecha y por eso le hacen un cordón sanitario que incluye el apagón informativo. ¿Es de verdad esta mujer de ultraderecha? Si por ultraderecha entendemos defender un discurso xenófobo, pues sí. Orriols combina un independentismo catalán irredento, del tipo etnicista y carlista, con una audaz y desacomplejada reducción al absurdo de todo el discurso sobre la inmigración. Cataluña para los catalanes. Españoles a su casa y moros fuera. Es algo así como la Marine Le Pen de Ripoll.
Yo nunca podría votar a Sílvia Orriols porque creo que estos discursos están en las antípodas de la sensibilidad liberal que, sabiendo o no que se llamaba así, he defendido toda mi vida. Yo fui catalanista en mi juventud no por creer que los catalanes éramos la sal de la tierra, sino por creer que el catalanismo iba asociado a una serie de valores éticos. Que los componentes étnicos del tema eran la guarnición y no el bistec. Que la obsesión antifranquista y antiespañola estaba tan muerta y bien enterrada como el mismo Franco. Mientras Jordi Pujol afirmó que "catalán es todo aquel que vive y trabaja en Cataluña", yo me lo creí. Cuando sus herederos empezaron a distinguir no ya entre catalanes y españoles (que eso es como distinguir entre alubias y monchetas), sino entre catalanes buenos y malos, atendiendo no ya al origen, sino a la manera de pensar (mejor un catalán nacido en Murcia que vota indepe que una de Girona que no…), me empecé a desengañar y a asustar. Y a ponerme las pilas contra el procés.
El procés es el gran timo de la Cataluña moderna. Lo decimos hace tiempo los catalanes no independentistas. Pero es que ya empiezan a decirlo también los independentistas, empezando por Sílvia Orriols. Hace poco, en una entrevista que contra todo pronóstico se atrevieron a hacerle en TVE (quedan periodistas, como Lluís Falgàs, que no han olvidado que su oficio es contar la realidad, no esconderla), Orriols pronunció la palabra "procesista" en una acepción que no es la habitual. Para ella, un "procesista" no es alguien que sigue erre que erre con una agenda separatista que impondrá a la primera oportunidad, sino todo lo contrario. Un "procesista" es un separatista fake que ha engañado hasta al apuntador para mantenerse en el poder. No como ella, que sí va en serio.
Volviendo a si la señora Orriols es más o menos de ultraderecha: es difícil manejar esta etiqueta porque la han sobado mucho. Por ultraderecha ya no se entiende proponer esto o aquello. Se entiende más bien ser la oveja negra con la que las ovejas supuestamente blancas se niegan a pastar. Alguien que no es "uno de los nuestros". Cuando, mucho antes de la emergencia de Orriols, había quien amargamente se lamentaba de la entrada de la "ultraderecha" en el Parlamento catalán, refiriéndose a Vox, yo me gané unos cuantos enemigos afirmando que no veía dónde estaba la novedad. Para mí la ultraderecha llevaba años aposentada en la Cámara bajo las siglas de Junts per Catalunya. Que hacía y hace el mismo discurso de diferenciación étnica de Vox, sólo que con acento catalán. ¿El problema son las ideas o quién las defiende?
Hablando de Junts. Hay mucho revuelo últimamente con su nueva tendencia a votar con el PP contra Sánchez. ¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? ¿Se acerca Puigdemont a Feijoo, o Feijoo a Puigdemont? Difícil dilema el de los populares. Necesitan desesperadamente ampliar la base y ganar votos de centroderecha sobre todo en Cataluña. ¿Pero eso se consigue guiñándole el ojo a Puigdemont, o pidiendo que vaya a la cárcel? ¿Dónde está la bolita? Hay quien cree que en cuanto Puigdemont esté amnistiado, su partido volverá a ser "normal" y será libre de romper con Sánchez, y entonces las "élites catalanas" les seguirán en masa, normalizando la presencia del PP en Barcelona y en Madrid. ¿Seguro que esto es así?
Las "élites catalanas" son muy suyas. Inmensamente acomodaticias a quien ostenta el poder en cada momento y lugar, no por ello se sienten responsables de apostar por un proyecto político antes de beneficiarse de él. Digamos que prefieren cobrar por adelantado. Si un líder del PP (Feijoo o quien sea) llega a la presidencia del gobierno, todo serán parabienes. Faltaría más. Si no, seguirán a lo suyo. La cuestión es: ¿qué es lo suyo, y quién lo defiende ahora?
Por muchas ganas que tenga Puigdemont de vengarse de Sánchez, el único político de toda la piel de toro que le supera en trilerismo; y por muchas ganas que tengan algunos neoconvergentes de pasar página del maldito procés y empezar a hacer política "normal", es posible que el mal ya esté hecho, y que cien años dure. El independentismo fake, precisamente para disimular que lo era, se pasó tanto de frenada, ha mentido tanto, que ha perdido todas las centralidades posibles. Con Puigdemont o sin Puigdemont, es posible que Junts ya sólo sea un espejismo. Siete votos siete que de pura chiripa son decisivos en la actual aritmética parlamentaria del Congreso no son un gran músculo del que presumir. Ni recuerdan en nada a la mítica transversalidad de Pujol antes de la caída. Ahora mismo eso está más convincentemente representado y mejor resucitado por Salvador Illa. A este paso, ¿cuánto tiempo podrá seguir pretendiendo Junts ser el "embajador" de las "élites catalanas" sin que se note que vende humo?
Además, esta vez ya no van a tener el comodín de la llamada al público hiperventilado ni de hacer como Artur Mas, abrirse la americana y que salga debajo una camiseta Imperio con la estelada. Y que todo el mundo haga oooooooh. Ahora, los que hacían oooooooh les harán una buena botifarra (corte de mangas) y tarde o temprano se irán con Sílvia Orriols. Por la sencilla razón de que ella no miente. Y se nota. No hay nada más fascinante ni más inquietante que un político que dice la verdad. ¿Que es imposible que la fuerza hegemónica del nacionalismo catalán la acabe teniendo un partido de ultraderecha? Muchos que piensan así llevan muchos años hartándose de votar ultraderecha sin saberlo. Y sin sospechar que la República eran los padres.