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La España real

Allí donde hay mayorías despolitizadas, la posibilidad de manipularlas es enorme.

Allí donde hay mayorías despolitizadas, la posibilidad de manipularlas es enorme.
Pedro Sánchez en un acto en La Zarzuela. | Europa Press

Hay libros que se pierden de vista aunque se tenga una biblioteca pequeña hasta que, por azar, vuelven a encontrarse. Ese es mi caso. Por azar he vuelto a dar con un libro, comprado en alguna librería de viejo. Es la tercera edición de "La España real", de Julián Marías, que inició la Colección Boreal de Espasa-Calpe, dirigida por el filósofo. Como el libro lo terminó de escribir en agosto de 1975, he decidido releerlo durante el año en el que se cumple su 50 aniversario. De este modo tendré material de contrapeso a ese aniversario de la muerte de Franco que va a celebrar por primera vez un Gobierno en España. Por primera vez, sí, porque nunca se ha celebrado de ninguna manera oficial en democracia el año de la muerte del dictador. Y no se ha celebrado, entre otras cosas, porque 1975 no es el año uno (ni el año cero) de la democracia.

Se acaba de saber que el Gobierno quiere comenzar bien pronto las actividades de su nuevo desentierro de Franco, y que lo hará el mismo 8 de enero, con un cónclave al que está invitado el Rey, así que me he adelantado en la relectura. Y en el capítulo sobre el estado de la libertad, dice Marías: "Las mayorías españolas están de tal modo despolitizadas, que la ausencia de libertad política les importa muy poco. Lo mucho que no pueden hacer no les interesa, porque no querrían hacerlo, y se desentienden de ello. Esto me parece inmoral y, además peligroso, porque son extremadamente manipulables, y por tanto incapaces de defender esas otras libertades que les interesan".

La advertencia de un observador inteligente de la sociedad española de hace cincuenta años tiene vigencia medio siglo después. Allí donde hay mayorías despolitizadas, la posibilidad de manipularlas es enorme. Pero ocurre lo mismo cuando el lugar de la masa despolitizada lo ocupa una fragmentada colección de minorías absolutamente fieles a una identidad política partidista o ideológica. Aparentemente están hiper politizadas, aunque la apariencia es engañosa. Si estuvieran interesadas en la política real tendrían una visión más pragmática, más atenta a los resultados que a la propaganda, más pendientes de los hechos que de los relatos. Y no es así. A ver si no están politizadas y sólo están polarizadas.

Cuanto más nebulosa o puramente sentimental es la ideología a la que se adscriben para ahorrarse ver qué pasa realmente, más se aferran a la identidad que se expresa, pongamos, en una proclamación orgullosa tipo "soy de izquierdas". Lo hacen así porque con eso basta; no hay que saber qué supone en la práctica. En la derecha, ocurre mucho menos e incluso los partidarios del partido más de derechas del arco no suelen decir orgullosos "soy de derechas", sino que dicen "soy de Vox". La cuestión es que los grupos cerrados con una identidad fosilizada son tan extremadamente manipulables como las mayorías despolitizadas de antes. Porque no les interesa lo real. Hasta tienen predilección por lo irreal. Y qué cosa más irreal que el año de Franco que prepara Sánchez. Claro que la irrealidad tiene consecuencias. Lo que promete ésta es agravar la erosión de una cultura política que se preciaba de basarse en el consenso y el deterioro del sistema constitucional e institucional. Los manipulables asistirán a todo esto como hasta ahora: sin inmutarse. Dice también Marías más adelante: "Es sorprendente hasta qué punto nuestros contemporáneos han perdido el sentido de lo que es verdadero y lo que no lo es, el grado en que están dispuestos a admitir las manipulaciones". Casi sorprende más la falta de voluntad para rebatirlas.

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