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Pedro el Ceremonioso

Tendría que recordarle Pablo Iglesias, que se sabe esta historia al dedillo, el sinfín de indignidades que aceptó Luis XVI con tal de seguir siendo rey y dónde, a pesar de ellas, acabó.

Tendría que recordarle Pablo Iglesias, que se sabe esta historia al dedillo, el sinfín de indignidades que aceptó Luis XVI con tal de seguir siendo rey y dónde, a pesar de ellas, acabó.
Pedro Sánchez. | EFE

El debate inane entre el PSOE y Junts alrededor de la proposición no de ley de los golpistas para poner en evidencia la precariedad de Sánchez prueba la clase de sujeto que nos gobierna. Junts quiere votar si, a juicio de la Cámara, el presidente debería presentar la cuestión de confianza. A diferencia de la moción de censura, aquélla no exige disponer de un candidato alternativo, sino que basta con que el presidente salga derrotado para que tenga que dimitir. Naturalmente, la fórmula está pensada para que aquél pueda, tras haber surgido dudas sobre si conserva el respaldo del Congreso, demostrar que efectivamente todavía cuenta con él. De no estar en condiciones de acreditarlo, lo lógico es que dimita, votación mediante o no.

Alega el PSOE que la cuestión de confianza es una prerrogativa exclusiva del presidente del Gobierno y no puede ser obligado a presentarla mediante una votación del Congreso. Claro que no. Nadie dice que la proposición no de ley de Puigdemont, de salir adelante, tenga ninguna consecuencia práctica. Las Cámaras reprueban con frecuencia a los ministros y no se espera que el presidente los destituya porque es prerrogativa exclusiva suya hacerlo. De hecho, nunca lo hace. Otra cosa es que los réprobos debieran dimitir, como haría cualquiera con un mínimo de dignidad. Claro que, si la tuvieran, no habrían llegado a donde están.

A primera vista, le ocurre a Pedro Sánchez lo que a Luis XIV, que es extraordinariamente celoso de todo lo que se refiere a la dignidad de su persona y no tolera de ninguna manera que nadie usurpe sus prerrogativas constitucionales, ni siquiera del modo que pretende Junts, sin efectos jurídicos. No deja de ser extraño en una persona que, siendo presidente del Gobierno, permitió que se le impusiera la aprobación de una ley inconstitucional a cambio de seguir en su augusto cargo. No sólo, sino que también se ha declarado dispuesto a viajar a Waterloo a fotografiarse con el golpista prófugo de la Justicia en vez de ocuparse, como prometió, de traerlo a España a que responda de sus crímenes. Es chocante que a alguien tan obsesionado con el armiño no le importe en otras ocasiones embarrarlo.

Quizá no sea cosa de lo celoso que es con sus prerrogativas y que se parezca más a Luis XVI que a Luis XIV. Tal vez resulte que lo único que quiere Sánchez es salvar su cabeza. La exigencia al presidente de la cuestión de confianza por mayoría absoluta del Congreso y el rechazo de aquél a presentarla pondría en evidencia su falta de legitimidad para ocupar el cargo, entonces más evidente al comprobarse que ya no cuenta con la confianza de los amnistiados. Sin embargo, evitar la votación no esconderá que, si Sánchez puede seguir siendo presidente legal, que no legítimo, es sólo gracias al especial blindaje con el que la Constitución le protege. Da por hecho la Carta Magna que nadie que se vista por los pies abusaría de ese abrigo del modo que lo está haciendo él. Tendría Pablo Iglesias, que se sabe esta historia al dedillo, que recordarle el sinfín de indignidades que aceptó Luis XVI con tal de seguir siendo rey y dónde, a pesar de ellas, acabó.

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