
Se van pareciendo todos. Hasta los separatistas que ahora se quedan con nuestras fronteras —nuestras, sí— se unen al resto de los nuevos "patriotas". Make Catalonia great again. Catalonia First. Y ya puestos, como tienen práctica y borraron el delito, que entren disfrazados de bisontes —algunos quizá sin necesidad— al Congreso de los Diputados. Ya puede pasar cualquier cosa.
Los aranceles y las etiquetas obligatorias en catalán son lo mismo: una forma de boicotear el libre comercio, la libertad. Las críticas a un Burger por ser foráneo, también. Otra cosa es que luego ese proteccionismo acabe en trumpismo trufado de putinismo, un desdoblamiento moral que remite ya a la psiquiatría en su rama criminal. Y abajo siempre el nacionalismo salvo el mío, único y verdadero como cada religión.
El dramático resumen de la ominosa época que nos toca vivir es que a ojos del Kremlin, los ucranianos son nazis, pero Steve Bannon y el androide Musk levantan el brazo mientras elogian a Putin, el mismo que ofreció ayuda a los golpistas catalanes. Y en España, los que más y mejor denunciaron el golpe de 2017 han terminado descarrilando por la misma ladera y negándolo al mismo tiempo.
Trumputín ha llegado para desconcertar a quien se deje. Los demás estamos en la obligación de denunciarlo con la seguridad de que trabajar día a día por la libertad conducirá a muchos desengaños. Cumplir 25 años en la brecha como sucede hoy 8 de marzo de 2025 es un buen aliciente contra el desaliento.
Trump, Putin y el golpismo catalán
Se supo que el Kremlin había negociado con los golpistas catalanes. El proyecto, espantado con torpes revoloteos de perdices, incluía que los expeditivos paramilitares de Wagner —putinizados por díscolos y enviados ya al otro barrio en un "accidente" aéreo— escoltaran a las fuerzas independentistas catalanas a cambio del negocio ruso con criptomonedas. Por eso enredaron tanto en las elecciones. Saltó el caso Voloh y hasta se habló de operaciones conjuntas de inteligencia. Quizá hubo operaciones y hasta puede que fueran conjuntas. Lo otro es pura vanidad.
Pero de pronto ha llegado la "normalidad" a Cataluña y ya no hay golpismo. Así despachamos los males en España: ETA ya no mata y eso es lo único que cuenta. No importa el hecho de que ya no necesite matar porque ha conseguido lo que pedía a tiros y bombazos. ¿Entonces los muertos, bien muertos están? Pues en Cataluña, esa pretendida "normalidad" responde a que ya tienen casi todo lo que reclamaban —y saben cómo pedir el resto— violando concienzudamente, y con mucha ayuda estatal, la Constitución. ¿Y los expulsados, perseguidos, muertos y heridos —que los hubo— y humillados? ¡Bah! Ahora con el control de fronteras regalado la normalidad golpista será oficialmente xenófoba.
Trumputín estará encantado con su satélite. Los Mossos llevarán botas altas y maridarán la butifarra con vodka. El cierre de fronteras y las autarquías agradarán a unos y a otros, incluidos los que denunciaban a los golpistas que hablaban —¿en catalán? — con los rusos. Todos contentos y todos supremacistas. Todos (falsos) patriotas. ¿Se habrán dado cuenta de que están dentro del mismo salón?
La carta de Walesa y los tiempos del trío que cambió el mundo
Hubo un tiempo en el que se tenía conciencia de lo que cuesta la libertad.
Fue una alineación virtuosa. Karol Wojtyla llegó a Papa en 1978; Margaret Thatcher, a primera ministra en 1979 y Ronald Reagan, a presidente en 1981. A los tres intentaron asesinarlos: al Papa, en marzo de 1981; a Thatcher, en 1984 y a Reagan, en mayo de 1981, dos meses después del atentado contra el polaco, que fue el que más claramente venía dirigido, y quizá hasta firmado, desde la URSS.
La Segunda Guerra Mundial dejó muchas cosas por hacer y más todavía por deshacer. Porque esa guerra empezó con una invasión a Polonia perpetrada por Rusia y Alemania que nunca debe perderse de vista. Que Rusia terminara en el bando aliado luchando contra Hitler le perdonó demasiadas culpas y le premió con un Muro detrás del que se reconstruyó la peor amenaza para el mundo, que es el comunismo.
Los tres líderes, El presidente, el Papa y la Primera Ministra —título del imprescindible libro de John O'Sullivan— cambiaron la deriva totalitaria que se cernía sobre el mundo occidental gracias a su convencimiento de que la libertad y la democracia no son el estado natural de las sociedades. Podría pensarse que hoy han cambiado radicalmente las tornas pero, pese al desconcierto del trumputinismo, no es un fenómeno del todo nuevo.
Edward Kennedy —lo recuerda oportunamente O'Sullivan— estaba convencido de que la paz mundial pasaba por llevarse bien con Yuri Andropov, un KGB como Putin, y frenar el "militarismo" de Ronald Reagan. Tanto ansiaba Kennedy —incorregibles todos— la comunión con el nuevo secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) que llegó a proponer entrevistas a líderes soviéticos en televisiones estadounidenses para que pudieran "dirigirse directamente al pueblo americano con su propia explicación de las iniciativas soviéticas a favor de la paz". La cosa acabó mal para el que quería ser candidato a la Casa Blanca porque los emisarios de Andropov rechazaron la invitación y dijeron que ese Kennedy tampoco tenía muchas papeletas para suceder a Reagan, ni siquiera a nadie del Partido Demócrata como candidato.
Conviene recordar también que fue el propio Yuri Andropov, todavía como jefe del KGB, el encargado de elaborar en 1979 un documento que lo decía casi todo en su título: "Decisión de actuar contra las políticas del Vaticano en relación con los estados socialistas". Con la misma excusa de la "paz mundial" que perturbó a Kennedy, los líderes soviéticos instaron al KGB a "utilizar canales especiales para demostrar que el liderazgo del nuevo Papa, Juan Pablo II, era peligroso para la Iglesia católica". Lo era, sin lugar a duda, para el comunismo.
Junto a la de Andropov figuraban las firmas de Konstantin Chernenko y Mijail Gorbachov, aquel de la Perestroika y la Glasnost. Si esos "canales especiales" pasaron por Ali Agca y su pistola es algo que siempre será, al menos, la deducción más lógica. El caso es que un Papa polaco, y anticomunista, desestabilizaría gravemente a la URSS. Como Reagan, como Thatcher o como Lech Walesa, que vibró cuando "el Papa polaco" besó el suelo del aeropuerto de Varsovia el 2 de junio de 1979, dispuesto a que sus compatriotas entendieran su mensaje completo. Vaya si lo entendieron. El sindicato Solidaridad —el de Walesa, por supuesto— acabó superando cuatro veces en afiliados al Partido Comunista.
Muchos años después han cambiado demasiadas cosas, pero otras permanecen inmutables por estar asentadas sobre principios. Lo recuerda, en una carta dirigida a Donald Trump, el propio Walesa. Bien podía titularse De Ronald a Donald. Sólo un fragmento:
Sin el presidente Reagan y el compromiso financiero estadounidense no habría sido posible provocar el colapso del imperio de la Unión Soviética. Reagan era consciente de que millones de personas esclavizadas estaban sufriendo en la Rusia soviética y los países que conquistó, incluyendo miles de presos políticos que pagaron con el sacrificio de su libertad su defensa de los valores democráticos. Su grandeza se mostró en que, sin dudar, llamó a la URSS el 'Imperio del Mal' y planteó una lucha decisiva. Ganamos, y la estatua del presidente Ronald Reagan se encuentra hoy en Varsovia frente a la embajada de EEUU.
Hoy no hay gratitud posible hacia el presidente de los Estados Unidos de América. En palabras de Walesa:
La gratitud se debe a los heroicos soldados ucranianos que derramaron su sangre en defensa de los valores del mundo libre.
El caso es que del "trío que cambió el mundo" sólo queda algo de intención en Reino Unido y quizá pida paso Francia. Se muere en Roma un Papa que sólo ha visto como enemigo al libre comercio, en EEUU se ejerce la mejor defensa de Rusia, y en el Kremlin mantienen firme y coherentemente su lista de enemigos: Wojtyla, Walesa, Zelenski…
Hoy 8 de marzo de 2025 hace 25 años que nació esta casa, Libertad Digital. Lo celebramos, nos alegramos y brindaremos, ¡cómo no! Pero la libertad está amenazada en Ucrania, en España, en Venezuela, en Cuba… El yugo es el de siempre aunque algunos lo lleven sin mirar quién les ha uncido. Así que felicitémonos por seguir vivos, pero no hay tiempo que perder ni esfuerzos que escatimar.



