
La España de Pedro Sánchez es un chiste cansino de Gila. ¿Está el enemigo? Menuda pereza. Tambores de guerra en Moncloa. "España debe defender a Europa para que Europa pueda defenderse a sí misma", ha declarado el comandante Sánchez. Un desatino. Palabrería. Nada con nada. Pero su ardor guerrero no quita para que avise de que España sólo participará en una misión sobre el terreno en Ucrania si obtiene garantías. ¿Pero garantías de qué? A las guerras se va o no se va con todas sus consecuencias. Lo demás, como se sabe, es tontería.
Que Sánchez esté dispuesto a liderar un esfuerzo armamentístico sin precedentes en la historia de la Unión Europea es la garantía de que el plan es una filfa. En el Kremlin se descojonan, en el Pentágono se desovan y se parten en la NATO. Pero a dónde va nuestro Peter, el marido de la catedrática, el hermano del genio de la ópera, el padrino de Ábalos. ¿Garantías? Las que tengo aquí colgando, dice Putin.
Nuestro titán de Tetuán se cree un líder mundial, valladar frente al fascismo con el envío a Ucrania de toneladas de buenos deseos, millones de palmadas en la espalda y cargamentos rebosantes de solidaridad, todo ello de alta imprecisión, pretecnología punta. En menudas manos estamos.
En medio de tanta locura, Sánchez también sostiene que España es la locomotora de Europa, el país que se sale por la tangente del crecimiento económico y la creación de empleo. Y se queda tan ancho. Pero la realidad es el empobrecimiento creciente de la clase media, inflación, impuestos insoportables, pobreza infantil, batidas para echar a los indigentes de los aeropuertos, decenas de miles de personas sin hogar, jóvenes sin futuro, empleos precarios y viviendas por las nubes. Un desastre sin paliativos liderado por un tipo capaz de entregar el control de las fronteras y de la inmigración a los separatistas. Lo nunca visto. Alta traición en nueve de cada diez códigos penales europeos.
De cabeza al desastre. Y en este caso, con todas las garantías.
