La hipótesis del ciberataque
Imaginemos un escenario contrafáctico: Francia entera sin suministro eléctrico y París, la capital administrativa de un Estado cuyas fuerzas armadas poseen bombas atómicas, completamente a oscuras
Créame el lector si le digo que pocos españoles habrá menos aficionados que yo a las teorías conspirativas. Pero créame también si le confieso que ya estoy demasiado mayor y maqueado para tragarme cuentos chinos como, sin ir más lejos, ese de que el gasoducto Nord Stream-2, la infraestructura energética más importante de Alemania, a su vez la economía industrial y exportadora más importante de la Unión Europea, fue destruido con explosivos a cientos de metros de profundidad, huelga decir que en el medio del mar, por unos submarinistas gamberros que no tenían nada mejor que hacer aquel día para entretenerse y pasar el rato.
El presidente del Gobierno, que es la persona mejor informada de España por razones obvias, no ha querido descartar la hipótesis del ciberataque. Un presidente que, por cierto, quiso hacer público, para que todo el mundo lo supiera, que durante la primera hora de la tarde del lunes había mantenido una conversación telefónica con el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg. Por lo demás, imaginemos un escenario contrafáctico: Francia entera sin suministro eléctrico y París, la capital administrativa de un Estado cuyas fuerzas armadas poseen bombas atómicas, completamente a oscuras. No parece muy difícil adivinar, en medio del clima de tensión geoestratégica que vive en estos momentos el continente, cuál sería la situación de tensión bélica extrema al que estaríamos asistiendo ahora mismo.
Pero, dentro de la desgracia, el azar quiso que el accidente se produjera en la Península Ibérica, cuyo sistema eléctrico estaba desconectado del resto de los países europeos. En el ámbito privado, los ciberataques constituyen algo relativamente frecuente en el caso de las entidades financieras. Lo que no resulta en absoluto frecuente es que ese tipo de agresiones delictivas sean divulgadas por las empresas financieras afectadas. La razón última de tal mutismo no resulta difícil de adivinar: su reputación comercial, en caso de hacerlo, se vería seriamente dañada. Pero si la víctima fuese un Estado miembro de la Alianza Atlántica, el riesgo se llamaría artículo 5 del tratado fundacional de la OTAN. O sea, Tercera Guerra Mundial.
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