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Lo que fuimos

Me gusta perderme por estos caminos de montaña imprecisos, donde suponemos que un día rieron, lloraron, soñaron y batallaron una parte de mis ancestros.

Me gusta perderme por estos caminos de montaña imprecisos, donde suponemos que un día rieron, lloraron, soñaron y batallaron una parte de mis ancestros.
Rinlo es una pequeña parroquia marinera, dentro del municipio de Ribadeo del que antiguamente salían expediciones para cazar ballenas. | David Alonso Rincón

En una de estas montañas perdidas de la mano del Señor, vino al mundo mi abuelo paterno. Aquí donde la frontera marina entre Galicia y Asturias es tan borrosa como el tono cantarín de los acentos, como la escala de sal o dulzor de las aguas. Aquí donde solo la ingente cantidad de asfalto ha traído en las últimas décadas los logotipos envejecidos de la modernidad: la lata destintada de Coca Cola, la correspondencia de Movistar en buzón abandonado, los bidones de Repsol con el primero de sus distintivos gráficos, la diana de aires mod con la erre y el azul dominante.

Al paso por La Garganta, la niebla engulle pastos y laderas, dejando a la vista algunos picos desnudos de roca. En la carretera estrechísima, al borde del abismo de un valle onírico, a derecha e izquierda lucen aún antiguas minas. Oro, carbón, minerales de cuando el botín era un raíl hacia una cueva donde lo cotidiano era encontrar la muerte antes de tiempo. Entre los caseríos precintados por el tiempo y el musgo, una puerta abierta a la penumbra entre maleza. Vestigios de una huida rápida. Refugio improvisado para caballos salvajes en lo que debió ser una antigua cocina de aldea.

Desde el mirador veo zigzaguear el Eo, bajando incansable hacia donde ensancha, antes de echarse a las aguas del Cantábrico. El descenso es el devenir desde la piedra al cemento, del silencio tecnológico a la cobertura total, del verde y el marrón de la vida entre madera domada a los grises y añiles de los pequeños puertos de la ría, de la tierra de los osos a las villas marineras.

En tierra de nadie compiten el siempre esmerado turismo rural asturiano con las antiguas ferrerías que murieron con sus dueños después de generaciones de posteridad para los suyos. Tras la riqueza, la quiebra, cuando las grandes industrias del norte vasco arruinaron las pequeñas artesanías de media España. Tras la quiebra, la huida de la montaña hacia la ciudad, el trabajo manual por el trabajo industrial. Volver aquí sería desde entonces solo un ejercicio de romanticismo, pero un romanticismo un tanto gótico, que no es lo mismo admirar esto unos días desde nuestras confortantes ciudades que revivir el tiempo en que la ducha era un barreño de madera, la comida el fruto de la huerta y la matanza, y la medicina una oración a los santos patronos del lugar.

Si pones una pelota en lo alto de este pico al que Dios bendijo con la foresta, siguiendo los vientos, lo razonable es que se deslice hacia la cara asturiana, que se extiende desde Tapia hasta más allá de Cudillero, o hacia la mariña lucense, entre Burela y Ribadeo, donde cayó la bola de mi familia, un breve tiempo quizá en la escala de las largas generaciones, pero ya para volver siempre y cada día.

En la España de la riqueza y la belleza de las regiones, no deja de asombrarme la naturalidad de los claroscuros en las fronteras. Dividir Asturias y Galicia no puede hacerse desde aquí arriba con la línea precisa de un cartógrafo, sino con el pincel vago de luces y sombras de un Caravaggio. Se entrecruzan los paisajes, las formas de ser, las costumbres y los santos.

Qué mal sienta a los divisores oficiales que alguien les explique que la verdadera línea que parte dos mundos no es la perezosa franja de las familias terratenientes, ni la línea entrecortada de los viejos reinos, sino la altura y cercanía al mar. Qué cerca, ahora en coche, esta montaña y el pueblo de mis veranos, y qué distancia infinita en las maneras, en los modos de supervivencia, y hasta en las capillas de los santos y vírgenes, que cerca del mar no faltan las capillas al Carmen en agradecimiento a naufragios increíblemente sobrevividos, y en las altas montañas encontramos San Antones y San Cristóbales, y preocupaciones muy diferentes a la bravura de las aguas en las oraciones populares que aún se conservan manuscritas en el reverso de algunos cuadros vencidos por polvo de sacristía.

De vez en cuando, aprovechando el relajo que propicia el veraneo, me gusta perderme por estos caminos de montaña imprecisos, donde suponemos que un día rieron, lloraron, soñaron y batallaron una parte de mis ancestros, algunos muy lejanos yacen con imprecisa lápida en un cementerio abandonado y fragmentado en la ladera más dañada de la montaña, para recordar que el deambular de los destinos es veloz en el tiempo, aunque nuestras vidas sean aún más cortas; para recortar, en fin, que pronto se pasa del aislamiento sereno de los bosques a la histeria y los ansiolíticos de la ciudad, y que, de algún modo, debemos a los sacrificios, talentos y esfuerzos de los que nos precedieron las garantías, comodidades, y las alegrías que hoy disfrutamos, y hasta los libros que leemos y escribimos, y las gentes que abrazamos. Lo que fuimos y lo que seremos.

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