Rufián, Salomé y la fiscal Peramato
Si cualquier diputado de derechas se hubiera conducido como lo ha hecho este lunes Rufián con Salomé Pradas, ahora mismo estaría en el calabozo.
Pedro Sánchez y Gabriel Rufián comparten sastre. A estos maletillas les gustan las chaquetas ceñidas, las solapas finas, los pantalones ajustados y las corbatas de pala estrecha. Trajes entallados que Sánchez se enfunda y en los que Rufián se embute. Resultado: dos chulitos.
Dicen que Sánchez se ha aficionado al ayuno intermitente y que su deterioro físico no es por los disgustos sino fruto de una obsesión dietética. En eso, nada que ver con el rollizo Rufián. El diputado republicano ha reconocido en más de una ocasión que lo que peor lleva son las alusiones a su físico, a ese aspecto tan saludable en abrupto contraste con las pretensiones de su estilista.
En todo lo demás, Sánchez y Rufián son dos modelos intercambiables. Por ejemplo, el mismo día en el que el líder socialista subrayaba la suerte que tienen las mujeres víctimas de abusos por parte de dirigentes políticos socialistas, el representante de ERC era capaz de hacer llorar a una mujer sin ser inmediatamente detenido, esposado y conducido ante un juez de guardia.
El grave incidente se ha producido en la comisión de control del Congreso en la que comparecía Salomé Pradas, a quien Rufián ha vejado a la vista de todo el mundo con una saña digna de maltratadores con antecedentes penales. Y es que no sólo se ha dirigido a ella como si estuviera hablando con un ser no humano, despreciable, indigno y carente de cualquier derecho sino que también le ha apartado la cara cuando Pradas ha pretendido darle dos besos.
Es obvio que Rufián tiene todo el derecho del mundo a no rozarse las mejillas con la exconsejera valenciana del PP. E incluso puede faltarle al respeto hablándole como un auténtico machirulo. La mala educación no es delito. La falta de humanidad, de empatía y de decoro, tampoco. Pero que ninguna se equivoque. También cuenta la adscripción ideológica. A Sánchez y Rufián se les perdona todo. Uno puede haber hecho la vista gorda con las denuncias contra un amiguete que iba con la chorra fuera por la Moncloa y el otro puede humillar a una mujer de derechas porque las mujeres de derechas no son mujeres sino de derechas.
En estos casos, la prueba del nueve consiste en invertir los papeles e imaginar la escena de un hombre de derechas hablándole así a una mujer que no fuera de derechas, negándole un mínimo gesto de humanidad, apartándose de ella como si le apestara el aliento. Todo el mundo coincidiría en que quien así obrara no podría ser más miserable, más abyecto y más cruel.
Esta clase de episodios solo se entienden en un clima guerracivilista. Hay que insistir. Si cualquier diputado de derechas se hubiera conducido como lo ha hecho este lunes Rufián con Salomé Pradas, ahora mismo estaría en el calabozo y se entendería perfectamente que el ministro Marlaska o la fiscal general, Teresa Peramato, hubieran actuado de oficio. De hecho, Peramato fue jefa de la fiscalía contra la violencia sobre la mujer.
Los medios afectos al sanchismo aplaudirían con las orejas. Contra la violencia de género, ni un paso atrás. Pero hablamos de Salomé Pradas, de Rufián y del jefe de Teresa Peramato. ¿Machismo? Ná.
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