
La excusa número uno, dos y tres que se han buscado los socios de Nicolás Maduro en España para protestar contra la detención del dictador ha sido la violación del "derecho internacional". Naturalmente, sólo les importan las supuestas infracciones cuando les afectan a ellos y a los suyos; el libro de Derecho se lo dejaron encima del bidé cuando justificaron las masacres del 7 de octubre como "resistencia" a una ocupación que no existía o la invasión de Ucrania como legítima respuesta a las aspiraciones de Ucrania de entrar en la OTAN.
Pero además, derecho internacional es un nombre que se emplea para definir cosas muy distintas. Tenemos reglas que las potencias obligan a seguir a todos los demás, o al menos a todos aquellos a los que pueden forzar. El fin de la esclavitud en medio mundo se lo debemos al poderío naval del Reino Unido, no a que nadie escribiera una ley prohibiéndola. La no proliferación nuclear sólo se respeta si se hace cumplir por la fuerza, no porque nadie haya firmado nada; de ahí que Corea del Norte e Irán no hagan mucho caso cuando se les dice que no deben construir una bomba atómica. También tenemos reglas, como el respeto a las embajadas, la inmunidad de los jefes de Estado o el trato humano a los prisioneros de guerra, que existen por un cálculo de coste beneficio por parte de todos.
Por otro lado, tenemos palabras en un papel, palabras que no significan nada porque no tienen detrás una fuerza capaz de hacerlas cumplir, al igual que nuestras leyes no significan nada sin policía ni guardia civil. Sin Gobierno mundial, sólo existe un derecho internacional si los países deciden obedecerlo o al menos aparentar que lo hacen. Y estamos viendo cómo en el siglo XXI las apariencias, como el tener hijos, han dejado de estar de moda. Que esa, y no otra, es la diferencia entre Trump y Obama, que Trump es desagradable, de derechas, habla claro y nos escandaliza, y Obama se dedicaba a mandar drones a bombardear bodas pero a cambio decía cosas bonitas y salía muy guapo en las fotos, así que no nos importaba y hasta le dimos un Nobel.
Es un poco como la ficción de que las guerras acaban en una mesa de negociación y no en el campo de batalla. Porque los contendientes sólo se sientan a hablar con intenciones reales de firmar una paz cuando ambos han concluido que seguir luchando no va a cambiar nada, sea porque uno ha sido aniquilado como Alemania o porque el frente se haya estancado como en Corea.
La realidad es que no gritan por ninguna ley internacional ni porque Estados Unidos se vaya a cobrar en petróleo lo que hasta ahora se cobraban Cuba, Rusia y China sin que se les oyera protestar ni un microsegundo. No: gritan porque el dictador criminal e ilegítimo al que ha depuesto Trump es el suyo. Y no hay más.
