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La necedad de la inocencia

Sí, Trump es de los nuestros, nos guste o no, y es preferible, si apreciamos nuestra forma de entender la vida, que haya hecho lo que ha hecho y le haya salido muy bien.

Sí, Trump es de los nuestros, nos guste o no, y es preferible, si apreciamos nuestra forma de entender la vida, que haya hecho lo que ha hecho y le haya salido muy bien.
Nicolás Maduro detenido y a bordo del buque de guerra Iwo Jima, camino de EEUU. | Casa Blanca

Hace pocos días celebramos la festividad de los Santos Inocentes, los de la tradición cristiana. Pero popularmente los inocentes que se festejan son los que se lo creen todo porque carecen de información, o de picardía para sospechar de lo que se les cuenta, o de inteligencia o malicia para poner en tela de juicio las apariencias, o de habilidad para percibir el truco del ilusionista que les confunde y engaña impunemente. Necios variados.

No sé si alguna vez ha habido una edad de la inocencia, bien a escala personal, individual e íntima, bien a escala social y política. Antes de que tuviéramos experiencia del mal, del daño, del dolor y de la mentira, ¿éramos inocentes? Lo cierto es que crecimos en una educación española y cristiana, en una fe en la humanidad, una esperanza en el bien y una inclinación a la defensa del débil y del pobre. Tal vez inocencia.

Pero la realidad de la Historia ha sido muy otra. Y también la del pensamiento. Que la violencia cainita está en el origen de los tiempos, que las matanzas, con diversas justificaciones, que las tiranías, que los exterminios nos han hecho llegar hasta aquí como ahora somos, nadie puede negarlo en serio. Tampoco que los filósofos siempre nos han aconsejado desconfiar de las apariencias y dudar de todo hasta encontrar puntos de apoyo irrebatibles, al menos hasta la perplejidad siguiente.

En la madrugada de este sábado, hemos vivido un hecho extraordinario, un acto de fuerza reparador de lo que ha sido el infame sometimiento de una nación y un pueblo, el venezolano, a una dictadura neocomunista teledirigida desde Cuba, Rusia, Irán y seguramente China junto a otros, narcos y terroristas de por medio.

Donald J. Trump, amparándose en el mandato de la Justicia norteamericana, dio la orden de detener a Nicolás Maduro y su esposa en su propia residencia mediante un ataque aeroterrestre que duró pocos minutos y que se saldó con la extracción de la pareja de su residencia y su traslado a Estados Unidos. La precisión puede ser bella.

Sabemos que no ha habido ni víctimas ni pérdida de material militar por la parte norteamericana, aunque no sabemos si ha habido muertos o heridos entre los defensores bolivarianos del búnker de Maduro. Es probable que sí. Pero apenas sabemos nada más, y lo que es inevitable e inquietante, tampoco lo sabremos en el futuro inmediato.

Las páginas de los periódicos, los mensajes de las redes sociales y la inflación de comentaristas y tertulianos no paran de opinar sobre lo ocurrido. Que si salvación de la democracia en Venezuela, que si ataque a la soberanía de un pueblo, que si devolución del poder a las urnas, que si apropiación indebida del petróleo venezolano, que si esto y lo otro y lo de más allá.

Antes que Descartes, nuestro español gallego Francisco Sánchez, el Escéptico, nos alumbró – aunque con poca fortuna -, con su arte de dudar y su visión de la ciencia como amor sin límites a las realidades concretas, que subrayo Menéndez Pelayo, y el "perfecto conocimiento de la cosa". Ninguna de estas cosas es posible para el común de los mortales, en este y en otros muchos casos, así que aburre mucho este tráfico de interpretaciones propiciadas por intereses o ideologías para consumo de incautos inocentes.

Como tengo que habitar en este laberinto de gratuidades, me agarraré a lo que me parece seguro. Uno, que Trump y su gobierno han ordenado la operación tras haber tratado de negociar con el narcoterrorista Maduro una salida menos traumática, según el propio mandatario americano. (Que muy pocos días antes el procomunista Ignacio Ramonet justificara a rabiar al sátrapa por las calles de Caracas aludiendo al Derecho Internacional y que María Elvira Roca Barea anunciara el fin de Estados Unidos y de Occidente, es una ingrata coincidencia).

Para ejecutarla, tropas aéreas y navales norteamericanas han tenido que irrumpir en el territorio y espacio aéreo venezolanos y, a pesar de estar advertidos de tal posibilidad (otra cosa es ilógica e increíble), ni un solo tiro, que sepamos, fue disparado contra dicha fuerza que, no se sabe cómo, llegó a la cueva del tirano y logró atraparlo sin más.

No hay inocencia o ingenuidad que salve estos hechos. Por ello, me resulta increíble, siguiendo los pasos elementales de nuestro escepticismo patrio, que todo ello haya podido consumarse con un éxito tan extraordinario - no sólo pasará a la Historia militar, sino que será aviso presente y futuro para otros caminantes -, sin la colaboración expresa de una parte cualificada de la dictadura bolivariana.

Sólo los inocentes, en su peor sentido, admiten que la realidad puede ser pura. Normalmente, la realidad es puta y necesita podredumbre para germinar algún fruto. Dejémonos de tanto bla, bla, bla, instigado o no, y brindemos de una vez porque un cruel y tiránico caudillaje neocomunista, apoyado por fuerzas antioccidentales y criminales, esté a punto de ser destruido sin apenas víctimas.

Tampoco seamos necios inocentes creyendo que todo es gratis y que los ángeles han derrotado a los demonios. No, no. No han sido los buenos sino los nuestros, que lo son a pesar de todo, los que han machacado esta vez a los que han demostrado ser constructores de dictaduras. Sí, Trump es de los nuestros, nos guste o no, y es preferible, si apreciamos nuestra forma de entender la vida, que haya hecho lo que ha hecho y le haya salido muy bien. Esperemos que el dolor de tantos disminuya.

Por ello, brindo por la futura Venezuela mientras sigo dudando. Nada se sabe, decía nuestro escéptico, pero sí se siente. Y yo siento que la mayoría de los venezolanos y los demás nuestros de estas democracia imperfectas, son hoy más felices que ayer. Yo lo soy y así lo siento, aunque no espante la incomodidad de algunas preguntas ni la ausencia de certezas. Siento que defiendo lo mío y lo nuestro cuando aplaudo lo que ha ocurrido. Es suficiente por ahora. La necedad de la inocencia, que sea para otros.

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