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Una cuerda en Venezuela

Me gusta imaginar a Maduro haciendo scroll en su cama, arrullado por mensajes motivacionales de año nuevo, justo antes de apagar la luz y abrazar la almohada la noche del 2 al 3.

Me gusta imaginar a Maduro haciendo scroll en su cama, arrullado por mensajes motivacionales de año nuevo, justo antes de apagar la luz y abrazar la almohada la noche del 2 al 3.
EFE

"Nuevo año, nuevas metas. Si 2025 te ha golpeado sin piedad, hasta amenazar con hundirte, no te apures. Cierra los ojos y toma impulso. Recuerda que la noche es más oscura justo antes del amanecer. Diciembre existe para que pueda comenzar enero. La esperanza arranca luces en el horizonte. Sonríe. Ten en cuenta que ya estamos en 2026". A mí me gusta imaginar a Nicolás Maduro haciendo scroll en su cama, arrullado por mensajes motivacionales de año nuevo, justo antes de apagar la luz y abrazar la almohada en la noche del día 2 para el día 3. Me hace pensar que nunca nos sentimos más seguros que un segundo antes de dejar de estarlo. O que lo que hace de una esperanza algo triste o cómico no depende tanto de quien la alberga como de quien la puede hacer desaparecer.

Durante años, por ejemplo, él fue la fuerza bruta. El Donald Trump sentado encima del derecho como un pirata sobre un botín. La bota que se imponía sobre las cabezas de los venezolanos durmientes, truncando sus sueños de esperanza, recordándoles que en la selva no hay justicia o libertad. Es un contraste llamativo porque desde su detención solo él se acuesta ahora sin poder sentir nada de eso, ni siquiera la frustración.

Ocurre que en este momento todos los venezolanos de la tierra, menos él, se encuentran en un estado de impaciente espera. Y a eso están algunos más acostumbrados que otros. Ha llegado Estados Unidos para ejercer el chavismo sobre el chavismo, secuestrando su soberanía, y de pronto todos los venezolanos comparten por primera vez el mismo estado de esperanza, incertidumbre y miedo, pero en porcentajes contrapuestos, en función de lo que tenga en mente quien se ha legitimado a sí mismo para decidir sobre el destino de todos ellos. No deja de ser una imagen más bien macabra. Algo así como un televisivo juego de la cuerda, con chavistas y oprimidos tirando de cada extremo para imponerse al otro y en un terreno que, por primera vez, parece igualar un poco las fuerzas. Pero al final el resultado lo decidirá el presentador.

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