El cese de la guerra contra Hamás en Gaza dejó un vacío importante en nuestra izquierda realmente existente. Dejó un vacío y una mala sensación. A fin de cuentas, si el conflicto cesó fue por las gestiones del poco diplomático equipo de Trump y eso gustó casi menos que quedarse sin causa para reventar Vueltas, irse de Eurovisión y otras heroicidades. Pero el mundo gira, como decía la canción italiana, y de nuevo tienen motivos. No les motiva que en Venezuela deje de haber represión y haya elecciones limpias. No harán causa de que en Irán cesen los disparos contra los manifestantes o caiga el régimen de los ayatolás. Ninguno de estos asuntos despierta los sentimientos solidarios internacionales de la peña ni mueve a sus dirigentes a declaraciones indignadas o esperanzadas. Busqué, por ejemplo, qué ha dicho Rufián, uno de los más populares del grupo, sobre la situación en Irán, después de las fuertes palabras que dedicó a Trump en el Congreso. En una palabra: nada.
El de Esquerra es representativo. En su nicho, acierta. El vacío tras el cese forzado de la agitación sobre el genocidio se va a rellenar con Trump, es decir, como siempre. Con el mismo producto con el que se han llenado vacíos desde hace décadas y, singularmente, desde el 11 de septiembre de 2001. Quien tenga en su biblioteca "La obsesión antiamericana", de Jean-François Revel, puede encontrar en sus páginas el material de relleno del que estoy hablando. Igual, igual, igual al de ahora mismo. La repetición es el método de la propaganda, se dice, pero también es el recurso de los que andan escasos. Hace mucho que, para moverse fuera de casa, sólo queda el equipaje del antiamericanismo.
Pasó con Reagan, al que consideraban un tonto o un loco porque en lugar de la distensión con los soviéticos, lanzó la "Guerra de las Galaxias" para provocarlos. El muro de Berlín cayó y la URSS también, pero Reagan seguiría siendo un imbécil peligroso. Pasó con Bush hijo, el vaquero pirado que en lugar de dialogar con los terroristas que atacaron su país, se puso a combatirlos. Iba a provocar la III Guerra Mundial, pero, ojo, si no la provocó no fue porque no quisiera. Y ahora le toca a Trump el papel de ignorante y trastornado, que tiene al mundo en vilo, como el otro. Entre medias, hubo presidentes demócratas que se metieron en guerras, lanzaron ataques y no movieron un dedo frente a conflictos como el de Siria, con el resultado de más de un millón de refugiados en suelo europeo, pero estos suelen tener bula.
Desde que el terrorismo se globalizó en la primera década del siglo, el antiamericanismo, residuo del viejo antiimperialismo, mutó a reflejo del miedo. El miedo que provocó el salto cualitativo del terrorismo se transformó en miedo a combatir al terrorismo. A la teocracia iraní la ven con simpatía cuantos en Occidente creen que Occidente es el Mal y el culpable de todos los males del mundo. Pero debajo de esa corriente de simpatía está aquel miedo al terrorismo islamista. Y está el deseo de apaciguar a quienes pueden hacer tanto daño. La idea de que es mejor no meterse con un régimen que apoya y financia el terrorismo, por si las moscas. El miedo que hoy se le tiene a Trump es el miedo a que rompa el tácito pacto de apaciguamiento con los canallas del mundo. No importa que el monstruo siga matando. Porque mientras mata a otros, a nosotros no nos hace nada.

