El tren no vive en España el mejor momento de su historia
Basta de negar los problemas. Basta de alardear. Basta de ministros volcados en la reyerta política.
No era el día para hablar de desinformación. Era el día para informar. Pero el presidente del Gobierno tenía que hablar de bulos también en el lugar del accidente. No sólo es, en él, costumbre; es el parapeto que levanta. Excusatio non petita. Dijo, por tanto, que no hay que fiarse de ninguna fuente, salvo de las oficiales y de "medios contrastados". Que todo lo que circula fuera de esos cauces causa zozobra y dolor. Pero lo que causa verdaderamente dolor y zozobra es la certeza de que hay muertos y heridos graves; todo lo demás, palidece y es hojarasca. Sánchez pide que sólo se atienda a las fuentes oficiales, como en las dictaduras, pero choca con una realidad. La conducta, los modales y las palabras de las fuentes oficiales a lo largo de estos años de percances ferroviarios les han privado de credibilidad.
El Gobierno tiene un problema, porque este accidente trágico en Adamuz no es un suceso que rompe, de forma sorpresiva, una línea continua y tranquila de funcionamiento normal. El problema político del Gobierno viene de que este accidente forma parte de una secuencia. Ha sucedido tras una larga serie de incidencias en los trenes que han provocado una crisis de fiabilidad del servicio ferroviario.
Dos son los elementos principales de esa crisis. El primero, el alto número de incidencias y de viajeros afectados. Fuese por robos de cobre, por caídas del sistema de señalización o por otras causas, estos años hemos visto con frecuencia trenes parados, viajeros atrapados durante muchas horas, estaciones colapsadas, importantes averías en Cercanías y Rodalíes, y hasta un tren descarrilado en el túnel Atocha-Chamartín. La cantidad y la gravedad de las incidencias hablan de problemas serios, y es ahí, en la seriedad, donde aparece el segundo elemento clave de esta crisis de nuestro servicio ferroviario. La falta de seriedad.
Esto es lo que decía el ministro del ramo, Óscar Puente, en el Senado, cuando fue llamado en agosto de 2024 para hablar de las continuas incidencias. "Me ha faltado escuchar aquello de que con Franco los trenes iban mejor", pues, claro, como le convocaban los del PP había que relacionarlos con la dictadura, nostálgicos. Y enseguida, la fantochada: "El tren vive en España el mejor momento de su historia, con récord tras récord de viajeros". Récord tras récord de percances, pero como hay más viajeros — también hay más trenes —, los percances quedan cancelados. "¿Se subiría tanta gente al tren si se prestara un mal servicio?", preguntaba el ministro, sabedor de la respuesta, listillo. Y remataba la faena: "¿Son los españoles masoquistas?" A ver si la gestión de Puente ha sido un experimento para averiguar cuánto son capaces de soportar los españoles las incidencias y los accidentes del servicio ferroviario.
Tenemos a un ministro que ha achacado falsamente distintos percances en los trenes a "sabotajes". ¿Qué más desinformación quieres, Pedro? Pero, de esa manera, sugiriendo una mano negra dedicada a hacerle quedar mal, apuntando al partido adversario, ha mantenido activa y piafante a su peña de hooligans. Dios los cría. Este accidente debería ser un punto de inflexión. Basta de negar los problemas. Basta de alardear. Basta de ministros volcados en la reyerta política. Mejor que no los hubiera, pero habrá ministerios en los que puedas poner al perro de presa, al matón, al provocador o al pendenciero (léase también en femenino). El ministerio de Transportes no es uno de ellos.
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