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Trenes rigurosamente parados

Da un poco de risa que los gobiernos catalanes que han peleado más por la amnistía que por cercanías tengan el cuajo de volver a salir hoy diciendo que esto no pasaría en una Cataluña independiente.

Da un poco de risa que los gobiernos catalanes que han peleado más por la amnistía que por cercanías tengan el cuajo de volver a salir hoy diciendo que esto no pasaría en una Cataluña independiente.
Salvador Illa y Óscar Puente | Europa Press

Bohumil Hrabal, nacido en Brno (antigua Checoslovaquia) en 1914, se dedicó a los oficios más dispares, incluido el de empleado de ferrocarril, antes de triunfar como novelista con la obra "Trenes rigurosamente vigilados", que fue llevada con éxito al cine, y cuya sinopsis dice así: "Una divertida y entrañable historia sobre la resistencia frente al invasor alemán durante la Segunda Guerra Mundial protagonizada por los empleados de la estación de tren de un pequeño pueblo checoslovaco cerca de la frontera con Alemania. El descubrimiento del amor y del deseo están presentes en el despertar al mundo adulto de Miloš, aprendiz y verdadero héroe de la novela, que sigue los pasos del hedonista factor de la estación tras la atractiva telegrafista, y que deberá probar su valor arriesgando la vida para sabotear un tren enemigo cargado de munición". Si Hrabal llega a nacer en Córdoba o en Cataluña, la novela sería de todo menos divertida. Sería una historia de terror.

No me extraña que cada vez haya más jubilados y prejubilados españoles que se plantean coger la pensión, o las migajas que a la hora de la verdad queden de ella, y largarse a vivir a países como Tailandia o Indonesia, donde el dinero cunde más. Antes podía dar miedo por aquello de que vas a comparar los servicios. Pero a este paso…

España se está tercermundializando de la peor manera: una presión fiscal de ricos, un retorno social de muertos de hambre. La economía va bien pero sólo para el gobierno y para los que viven de la Administración. Para el resto, la ley del más fuerte: redes eléctricas que se apagan, trenes que descarrilan, servicios de cercanías en suspenso. La mala suerte existe, pero la mala gestión también. Incluso la malversación legal, consistente en gastar mucho pero mal, a sabiendas. Esas inversiones en la red ferroviaria de las que el ministro Puente saca pecho hace tiempo que están dopadas con unos fondos europeos que hacen de hoja de parra para tapar que no hay presupuestos, que se van a acabar en 2027, y que espera que Europa no diga un día que encima hay que devolver por haberse usado para lo que no era. El próximo gobierno puede encontrarse no sólo las arcas vacías, llenas de telarañas, sino con que le presenten la factura del despilfarro actual. Con lo cual lo llevamos crudo para que nos bajen los impuestos y nos alivien el luto de los servicios.

¿Se acuerdan del "rigor" y de la "transparencia" que nos prometieron cuando el Gran Apagón? ¿A usted le han dado explicación alguna? Qué va. Lo único que se explica en estos casos es "lo que se recomienda hacer a partir de ahora" (= que se tenía que hacer desde mucho antes, pero no se hacía), y cuyo coste está claro que no asumen ni la Administración ni las empresas privadas en la factura. Te lo cargan en la factura y ya. Más madera, es la guerra.

En el fondo la lógica política es muy simple. Invertir en infraestructuras que la gente ya da por descontadas no suma ni un voto. Por eso se deja todo para luego, para mañana o para nunca, dando por buenos y por asumibles ciertos riesgos. Jugando literalmente a la ruleta rusa. Las revisiones de las vías que han fallado seguro que pasaban la normativa. La cuestión es si la normativa era óptima o subóptima.

Los maquinistas constituyen ahora mismo una temible amenaza política porque tienen en su poder la llave de la caja negra de lo que ha pasado. Por eso el ministro Puente les trata con guante de seda y no con el puño de hierro que en su día empleó Pepe Blanco con los controladores aéreos. Porque teme lo que puedan contar. Otra cosa es si deberían contarlo de todos modos, o haberlo contado antes, y no usarlo ahora como moneda de cambio de reivindicaciones sindicales que serán la mar de justas, pero que una vez más dejan a pasajeros y viajeros, a la ciudadanía toda, reducida al papel de rehén de unos y otros. Si de verdad está en juego la seguridad, no hay cambio de cromos que valga. Si no es eso lo que está en juego, yo no quiero ser un cromo.

Mención aparte merece la situación en Cataluña, con todos los trenes de cercanías parados por segundo día consecutivo según me siento a escribir estas líneas, con pantallas que funden a negro sin informar de nada a la población, con una especie de confinamiento al aire libre que recuerda al de la Covid, y por el mismo motivo: si un virus que no era el más letal de todos para la gente, pero sí para el sistema sanitario, porque evidenciaba sus flaquezas y sus triajes, obligó a encerrarnos a todos en casa no para que no enfermáramos, sino para que no colapsáramos los hospitales, parar las cercanías de toda una comunidad autónoma a lo bestia, a lo bruto (ni siquiera con ralentizaciones acotadas y selectivas, por tramos, como vemos en la alta velocidad), responde a la misma lógica de sálvese quien pueda, cuando no de chantaje.

Da un poco de risa que los gobiernos catalanes que han peleado más por la amnistía que por los trenes de cercanías tengan el cuajo de volver a salir hoy diciendo que esto no pasaría en una Cataluña independiente. Pues qué quieren que les diga, la estación de Sants no está en la antigua frontera de Checoslovaquia con Alemania de Bohumil Hrabal. Aquí no hay trenes amigos ni enemigos. Hay trenes y hay gente que necesita cogerlos para ir a trabajar, a estudiar o a atender sus obligaciones familiares. Y que para eso paga sufridamente sus impuestos. Que nos mantengan vivos es lo mínimo, oigan. Que podamos hacer nuestra vida con dignidad no debería ser un lujo ni una "singularidad" reservada a independentistas. Que nos gobiernen lo normal.

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