
Ya saben que de vez en cuando me gusta descansar de tanta agonía política y hablar de otras cosas. O aparentemente hablar de otras cosas. Por ejemplo, del último y apabullante estreno cinematográfico del que habla todo el mundo: la versión de Cumbres borrascosas dirigida por Emerald Fennell y protagonizada por Margot Robbie y Jacob Elordi.
Simplificando y generalizando, la película ha desatado dos grandes corrientes de opinión: una que pone el grito en el cielo por su falta de fidelidad al verdadero, oscuro y complejo espíritu de la novela de Emily Brontë, y la que reivindica el derecho a coger esa novela y convertirla en una historia de amor que se pretende perturbadora y tórrida.
Vamos por partes, como Jack el Destripador. A mí no me parece mal recurrir a los clásicos, incluso permitirse cierta irreverencia con ellos, si así se consigue elevar la temperatura de las fantasías sexuales de una humanidad cada vez más privada de ellas. ¿No se han dado cuenta de que el erotismo, como la clase media, está siendo borrado del mapa? ¿A lo mejor porque en el fondo eran y son la misma cosa? Vamos de cabeza a un mundo donde no hay término medio: todo es porno puro y duro, zafio y desagradable, o puritanismo woke que aprieta como un cilicio, hasta el punto de matar toda la libido que no consigue reprimir. Películas como Emmanuelle, Histoire d'O o Nueve semanas y media, me pregunto si encontrarían ahora director que se atreviese a rodarlas. Hasta Buñuel podría verse encerrado en una celda como la de Epstein por haberse atrevido a poner a Catherine Deneuve a hacer de Belle de Jour. Filme que por cierto tampoco era para nada fiel a la novela original de Joseph Kessel, bastante más oscura, humana y sustanciosa. Pero era una obra de arte y se sostenía.
Mas no nos dispersemos. A donde quería ir a parar es a que un sano erotismo adulto, consentido y liberador es hoy una cosa tan rara y tan cogida con pinzas, tan ideológicamente sospechosa, que no es de extrañar que haya que buscar coartadas literarias para pasar el corte de la censura. La woke, que es la peor.
El problema es acabar tirando el niño con el agua sucia de la bañera. Que todo tenga que ser tan niquelado que acabe siendo peor el remedio que la enfermedad. Como la sucesión de postalitas de Cincuenta sombras de Grey, una de las producciones más antieróticas que se han hecho nunca… bajo fatua apariencia de lo contrario.
De algo parecido adolece Cumbres borrascosas según nos la intentan empotrar en esta última adaptación al cine. Sin duda Jacob Elordi y Margot Robbie son dos de las personas más agraciadas que se hayan puesto jamás delante de una cámara. Derrochan fotogenia. Lo que no derrochan, por desgracia, es ninguna química. Encerrados los dos en las respectivas burbujas de una fría estética narcisista, la cámara tiene que hacer milagros para arrancar algún destello aislado de morbo que a lo mejor funciona en un vídeo cortito de TikTok, para la promoción y tal y tal. Pero luego vas al cine y la película vista del tirón se te hace larga y tediosa. Quien busque las emociones fuertes que el marketing promete, las encontrará antes en un cruce de miradas entre Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en Casablanca, que en el señor Elordi tirándole del corsé a la señora Robbie.
Ésta pretende ser una crítica constructiva pero también una queja, un lamento más profundo. ¿Y si nuestra libertad sexual nos la están infantilizando? ¿Y si el sexo ya no es lo bastante políticamente correcto ni de izquierdas como para que se pueda, no digo ya practicar en la vida real, sino ni siquiera hacer buenas películas, creíbles películas, con él? ¿Se nos está quedando un mundo hermafrodita?
