
Estuve este miércoles en el Club Siglo XXI, viendo torear a Gabriel Rufián. Primer dato: aforo bastante completo en un ambiente donde no necesariamente abundan los fans de ningún frente de izquierdas. Bien es verdad que casi la mitad eran periodistas o casi. Pero hay que reconocerle al de Santako la capacidad de hacerse querer por gente que está en sus antípodas. Igual incluso más que por los que tiene ideológicamente más cerca…
Rufián se hace querer y se deja. Tiene claro que, a día de hoy, ser de izquierdas es sobre todo actitud. Que tiene un componente más emocional que racional, y que quien más y mejor pastoree las contradicciones asociadas a esas emociones, más y mejor se llevará el gato al agua. Como cuando esa misma mañana afirmó en el Congreso estar "jodido" con lo de Zapatero: "Jodido" si es verdad, porque vaya disgusto, y "más jodido si es mentira". Qué manera más astutamente simple de conectar con los que no saben si desilusionarse o si cerrar filas entonando el manquepierda, por pura rabia de que 'la derecha' pudiese tener razón… en esto o en otras cosas.
Personalmente, veo difícil que ese frente amplio de izquierdas que Rufián se ofrece a encabezar cuaje por ningún sitio. La gracia es que las razones para plantearlo son las mismas que para rechazarlo: a la izquierda le han crecido muchos, muchísimos enanos, al final no caben todos, y claro, cuanto menos toca a repartir entre más, más se van a sacar los ojos entre ellos. Plurinacionalmente, eso sí.
¿Entonces? Bueno, en un momento en que la política no puede ser más antipática ni más áspera, un "tío majo" como Rufián es un diamante en bruto. Para sí mismo y para quien le tenga en listas. Que no se me enfade nadie por lo que voy a escribir: viendo a Rufián en acción me acordé de Miquel Roca antes de la caída. Cuando todo el mundo se hacía lenguas de sus virtudes y todo parecía estar a su alcance. De ministro para arriba.
Luego vino la Operación Roca y el globo pinchó. Bien es verdad que detrás del globo se agazapaba Jordi Pujol con un pincho envenenado. Jugando con la vanidad de su valido/delfín, del único que aparentemente le podía hacer sombra, por un lado le permitió liderar una aventura reformista a escala española sin perder la denominación de origen catalana; por otro lado, porfió y conspiró para que aquello fuera un desastre. Paradójicamente, el sacrificio de Roca ayudó a que CiU obtuviera su mejor resultado histórico en el Congreso de los Diputados.
Años más tarde volvieron a chocar, esta vez abiertamente, porque Roca quería entrar en un Gobierno de Felipe González, y Pujol no. Ni harto de vino. En honor del caído hay que decir que nunca sabremos cómo habría sido o podido ser la historia de Cataluña y de España de ver la luz aquello. ¿Nos habríamos ahorrado el procés? Es igual. La cuestión es que Pujol no estaba por la labor de permitir un contrapoder de esta magnitud a 600 km de casa. Y Pujol no solo era mucho Pujol, sino que era el presidente de la Generalidad con mayorías de hierro. Una máquina de picar carne. De Roca no quedaron ni las migas, políticamente hablando.
¿Intentará Oriol Junqueras hacerle una envolvente similar a Gabriel Rufián? Igual que hay similitudes entre los dos tándems, también hay diferencias llamativas. Empezando porque Junqueras no le llega ni a la suela del zapato a Pujol ni en recursos políticos ni en poder institucional, ahora mismo. Rufián le supera de largo en los dos marcadores. Por eso, supongo, se atreve a poner condiciones para volver a encabezar la candidatura de ERC al Congreso. Condiciones que, subrayó en el XXI, no tienen nada que ver con si se confluye o no se confluye. Más bien con que no le toquen las partes nobles, intuyo.
Lo mejor, lo más fascinante de la Operación Rufián, es el suspense. Ese casi, casi. Mientras no se descarte ni en un sentido ni en el otro, crecen su gracejo y su carisma en un momento en que la izquierda empieza a ser intratable hasta para los que la votan manquepierda. Están todos bastante más enrocados que contentos. Les han mentido tanto. Les han chuleado hasta la extenuación. Y hasta el punto de que solo el miedo a la "ultraderecha" mantiene prietas las filas.
Que en este contexto aparezca un catalán insolente pero simpático, capaz de aterrizar —de infantilizar si hace falta— la emoción política, capaz de reinventar esto de ser de izquierdas, pues en fin. Soplo de aire fresco, éxito de taquilla. Es posible que el dichoso frente de izquierdas empiece en una patilla de Rufián y acabe en la otra. Que todo lo que necesite sea encabezarse a sí mismo. Si Roca pudiese volver atrás, ¿aprendería de él a nadar y guardar la ropa?

