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Feminismo para hoy, dolor para mañana

La solución no es que todas seamos Juana Rivas. Lo que urge es que ni Juana Rivas tenga que ser Juana Rivas.

La solución no es que todas seamos Juana Rivas. Lo que urge es que ni Juana Rivas tenga que ser Juana Rivas.
Juana Rivas. | EFE

Habría mucho pero mucho que decir sobre esa reforma de la ley de la infancia que por ahí resopla. Daría para un libro más que para un artículo. Consciente de las limitaciones de este formato, déjenme centrarme en un punto concreto: el borrado de ese "síndrome de alienación parental" que por decreto se ha decidido que no existe, y las consecuencias de esto.

Dicen que la ciencia no reconoce ese síndrome. Líbreme Dios de discutir si hay que llamarlo síndrome o hay que llamarlo otra cosa. Pero cualquiera que me esté leyendo y haya pasado por un divorcio a cara de perro con hijos de por medio sabe de qué estoy hablando cuando digo que no por dejar de nombrar una cosa, o por cambiarle la denominación de origen, deja de existir.

Para determinadas personas, cuando el divorcio se pone feo, los hijos son un arma de guerra. Munición infinita para el rencor. El daño que hace eso es incalculable. Por supuesto en el progenitor que pierde esa guerra… pero también, o sobre todo, en los niños.

Los niños quieren a papá tanto como a mamá. Y viceversa. No es normal que un niño se levante un día y, sin causa objetiva clara en la relación paternofilial que lo justifique, sin maltrato previo de ningún tipo, diga que no quiere ver ni en pintura a su padre o a su madre. Haciendo suyos además, letra por letra, los argumentos denigratorios de la otra parte. Cuidado con creer que "escuchar a los niños" soluciona todos los problemas…si quien los escucha no tiene la lucidez de descifrar lo que dicen y por qué lo dicen. Los niños no tienen con la verdad la relación que tienen los adultos. Un adulto, por lo general, es consciente de cuando miente y por qué. Para el niño todo es más relativo, más confuso. Fantasía y realidad tienen bordes menos concretos y no digamos bajo los efectos de un golpe de Estado parental.

Como todas las leyes con las que tiende a deleitarnos este gobierno, incluso cuando la intención es buena (acto de fe), esa buena intención puede naufragar en un marasmo ideológico. La ideología puede servir para muchas cosas, pero tiende a simplificar temerariamente la complejidad de lo humano. No se es más ni mejor feminista por negar el síndrome de alienación parental -o como lo quieran llamar…- porque históricamente se haya acusado, con razón o sin ella, de causarlo a las mujeres. A las llamadas "madres protectoras", que a veces, en casos extremos, sí que lo son. Pero otras veces, no nos engañemos, son otra cosa.

Tengo noticias para ese pomposo feminismo que se cree que ha descubierto la sopa de ajo, inventado la rueda y patentado la libertad. Resulta que la libertad tiene pros y contras. Todo derecho viene con deberes y hasta con mochilas: el derecho a divorciarse, por ejemplo, lleva aparejados escenarios de incertidumbre familiar inimaginables en otras épocas. Lo mismo con el acceso de la mujer al trabajo y a la independencia económica: está muy bien, pero objetivamente ha disminuido, incluso disuelto, milenios de hegemonía matriarcal. Ya no está tan claro que los hijos sean "de la madre" y punto pelota.

Tanto es así que, y créanme que sé de lo que hablo, ese síndrome innombrable, o como lo quieran llamar, se ha vuelto unisex. Las mujeres ya no son las únicas que tienen el poder, o la tentación, de envenenar, incluso destruir, el vínculo entre hijos y padres. Cada vez con más frecuencia, empieza a suceder al revés: que sea el padre el que consiga poner a los hijos en contra de la madre. ¿Cómo piensan defender las feministas a las mujeres que sufran eso?

Por no hablar del sufrimiento de los menores mismos, de la ferocidad de los traumas de efecto retardado. Es muy común que cuando un niño sufre, pongamos, abusos sexuales, la comprensión de lo ocurrido, el dolor, la culpa y la vergüenza, afloren con la perspectiva de la edad adulta. Pasa lo mismo cuando un niño que renegó años enteros de su padre o de su madre, no por motivos de peso, sino por la mala influencia del otro progenitor, comprende lo que ha ocurrido. ¿Quién se hará responsable? ¿El Estado incubadora?

Menos ideología y más humanidad. Lo que hoy parece una gran conquista feminista puede convertirse el día de mañana en una fuente inextinguible, quizás irreparable, de dolor. La solución no es que todas seamos Juana Rivas. Lo que urge es que ni Juana Rivas tenga que ser Juana Rivas.

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