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Pujol

La magnitud de lo que se está juzgando en la Audiencia Nacional pilló a quien más, quien menos, con el pie cambiado. ¿Cómo nos dejamos hacer eso?

La magnitud de lo que se está juzgando en la Audiencia Nacional pilló a quien más, quien menos, con el pie cambiado. ¿Cómo nos dejamos hacer eso?
Jordi Pujol durante el funeral del empresario Carles Vilarrubí el 30 de diciembre de 2025. | Alberto Paredes / Europa Press

Supongo que desde fuera de Cataluña cuesta entender, o directamente no se entiende. Pero el escándalo Pujol, cuando petó en 2014, fue un trauma para todos. Antipujolistas incluidos. No es que nadie se hiciera excesivas ilusiones sobre la familia del molt honorable. Pero la magnitud de lo que se está juzgando estos días en la Audiencia Nacional pilló a quien más, quien menos, con el pie cambiado. ¿Cómo nos dejamos hacer eso?

Es tentadoramente fácil simplificar todo, decir que esto ya se veía venir desde el caso Banca Catalana. Pero no es cierto. No niego que quizás al escribir esto me pueda cierta sentimentalidad: soy hija de un matrimonio de catalanes, los dos empobrecidos y humillados por la guerra civil, que pasaron del apoliticismo al desconcierto político y de ahí a ser tan fans de Jordi Pujol, que la única manifestación a la que asistieron en toda su vida fue para defenderle. Precisamente cuando lo de Banca Catalana.

Pasé años de mi vida siguiendo como periodista al entonces president. Años enteros dan para fijarse en muchas cosas. Por ejemplo, en las rarezas de un señor que se pasó 23 años sin llevar dinero en el bolsillo. No sabía cuánto costaban una Coca-Cola –"un Coca-Cola", en masculino, para él; figúrense– ni un café. Una vez que abandonó airado una reunión de su propio gobierno para irse impulsivamente a no sé dónde, y tras él salió corriendo como un galgo el preceptivo mosso d’Esquadra, fue para encontrarse que Pujol acababa de parar un taxi y le pedía a él, el mosso, si tenía con qué pagarlo. Porque él no.

La última vez que le entrevisté, recién apeado del poder, me hizo una reflexión curiosa que he recordado siempre. Pujol me dijo que, en su opinión, un político no debería escribir nunca sus memorias. Porque contarlo todo a menudo no puede ser, razonó, y porque para no contarlo todo, ¿para qué? Guardó silencio, respiró a fondo y añadió: "El caso es que yo temo que me ofrezcan escribir mis memorias y me vea en la necesidad de hacerlo por no tener dinero". Esta conversación fue en 2003. Cuando algunos años después vi aparecer el primer tomo de sus memorias no pude evitar acordarme… de una manera muy distinta a la que me acuerdo ahora.

Banca Catalana, 3 per cent, caso Pujol. Pareciendo lo mismo, no son igual. Banca Catalana fue más un caso de megalomanía que de verdadera voluntad de estafa: Pujol estaba tan empeñado en fer país –con banca propia–, que digamos que no se paró en barras ni se preguntó si el fin justificaba los medios.

El 3 per cent sí que fue una trama corrupta sistémica como una casa, tipo caso Filesa, tipo Gürtel. El caso es que en aquel entonces todo o casi todo el mundo lo hacía. Yo recuerdo que, cuando el destacadísimo socialista catalán Josep María Sala dio con sus huesos en la cárcel por Filesa, se erizaron muchos vellos de todos los colores ideológicos en Cataluña. La Vanguardia le dedicó un artículo titulado: El Gramsci de Can Brians, a raíz de entrar Sala en la cárcel del mismo nombre. Mientras un Miquel Roca lívido nos susurraba a los periodistas: "Pero si el Josep María nunca ha cogido dinero para sí mismo, era todo para el partido"… Esa era la España de los 90. Y la Cataluña también.

A ninguno se nos escapa que han prolongado el juicio a los Pujol todo lo que han podido, a ver si el patriarca se moría antes de pisar el tribunal. Dada su resiliencia física, le han excusado atendiendo a una fragilidad psíquica que puede ser real, pero que a lo mejor preocupaba más a las defensas que a la acusación. Mira que si le saltan las inhibiciones y le da por hablar claro, por tirar de todas las mantas que a lo largo de 23 años conoció. No sólo de la suya.

Por otro lado, quien piense que Pujol está feliz de haberse "librado" con un apartamiento de la causa, es que no le conoce. Piénsenlo y sumen dos y dos: a su edad una condena sería más ignominiosa que efectiva. Pero sin condena ni absolución, la ignominia no se disipa. Nunca. Dado el elevado concepto de Pujol de sí mismo y de lo que cree que representó, seguro que vive como una humillación ser exonerado por la puerta de atrás. No podrá reivindicarse ni reivindicar su legado. Conociéndole, insisto, esto tiene que ser una tortura.

¿Merecida? No digo yo ni que sí ni que no, entre otras cosas porque no me corresponde a mí decirlo. Lo único que intento es aportar un punto de vista que echo en falta en todo este debate. Mi teoría, si les interesa, es que Pujol es sobre todo culpable de haber ejercido un poder omnímodo, del que su familia se aprovechó más incluso de lo que él mismo esperaba que lo hicieran. Esto no es ninguna exculpación ni justificación. Es sólo un intento de ver claro.

Entre otras cosas, para entender por qué estos días han proliferado por las calles de Barcelona pintadas con el lema Pujol Catalunya, cuando en el 2014 alguna estatua suya se derribó. Vamos a decirlo todo: a los indepes eso hasta les venía bien, les ponía fácil matar al padre. Ahora que ya no hace falta, vuelven a recuperarle tan panchos.

Pero insisto, incluso los catalanes más antipujolistas son conscientes de que la vergüenza de este caso alcanza a todos. Es una vergüenza colectiva. Porque no supimos o no quisimos darnos cuenta de lo que de verdad pasaba. Y eso no nos deja bien. A ninguno.

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