
Hace varios años que el Instituto Francés de Barcelona acoge la ceremonia conmemorativa del Holocausto y del Heroísmo. Es un acto muy especial para los judíos catalanes que perdieron algún antepasado en los campos nazis. Que no son pocos. Pero es también muy especial para los que, no siendo judíos, nos sentimos conmovidos y concernidos por la eterna tragedia (y la imperecedera gallardía...) del pueblo de Israel. Ese día se prenden seis velas, y una de ellas es para los "justos entre las naciones". Aquellos que, no siendo judíos, decidieron jugársela en su defensa.
A todo el mundo le gusta acordarse de Oskar Schindler o de Ángel Sanz Briz. A la hora de la verdad, pocos están a la altura de su memoria. Faltaban menos de 24 horas para la celebración del Día del Holocausto y del Heroísmo de este año cuando la Comunidad Israelita de Barcelona (CIB) fue informada de que el acto no podría celebrarse en el Instituto Francés. Razones de seguridad, alegaron unos y otros. Sobre todo ellos. Los otros.
Fue, por decirlo amablemente, una absoluta vergüenza. Como lo fue la escasa representación política en la breve ceremonia celebrada finalmente en la sinagoga de la calle Avenir, 24. La última vez que yo asistí a un acto así estaba Jordi Pujol. Muy mayor ya, muy frágil: hubo que acompañarle a encender la vela que en su honor habían reservado. Este año no estuvo, ignoro si porque su salud ya no da más de sí. Estaban Sílvia Orriols, varios representantes del PP, Antoni Dalmases de Junts, uno de los Jordis, Jordi Sànchez -tocado con kipá, y que al verme allí me dio un beso hasta a mí...- y la secretaria primera de la Mesa del Parlamento, Gloria Freixa (también de Junts) en representación del presidente de la Cámara, Josep Rull, que alegó desgracias familiares ineludibles para no asistir, pero mandó una adhesión y la mandó a ella. También estaba Pilar Rahola. Sin Artur Mas (que la acompañó en un acto parecido nada más tener lugar el 7 de octubre) esta vez. Había más representantes de las fuerzas de seguridad que de las políticas.
Qué quieren que les diga. Por momentos tenías la sensación de reunión clandestina o secreta. En otros momentos, en cambio, sentías que toda la luz del mundo pasaba por ese momento y lugar. Las imágenes de las sinagogas ardidas en la noche de los cristales rotos, el recitado de los nombres de las víctimas, la lectura de los salmos -la lengua hebrea tiene una curiosa autoridad inefable-, el discurso del presidente de la CIB, Raymond Forado, procurando mantener la civilidad a la que vez que la firmeza. Advirtiendo de que no sirve de nada llorar sobre la leche (mejor dicho, la sangre...) derramada en los años 40 si por dejadez, cobardía o cálculo político la volvemos a derramar. Que los nazismos no se improvisan de un día para otro.
La secretaria primera de la Mesa del Parlamento catalán, Gloria Freixa, pronunció a su vez un discurso de esos que te dejan emociones encontradas. Por un lado, era visible y genuina su emoción personal. Especialmente cuando se acordó de su abuelo Jaime (l'avi Jaume), que en tiempos se dedicó a ayudar a judíos en fuga primero a pasar la frontera y, tras descansar unos días escondidos, llevarles de la mano a coger el tren a Barcelona. Su esposa viajaba silenciosamente en el mismo vagón. En silencio se bajaban todos los fugitivos tras ella, que los iba guiando hasta el consulado británico sito entonces en la plaza Urquinaona. Cuando ella agitaba un pañuelo, los judíos sabían que podían entrar en el edificio. Que estaban salvados.
Se hacía raro oír a una diputada tan distinguida contar esto. Quiero pensar que no buscaba colgarse medallas sino compartir un sentimiento íntimo, a medio camino entre el honor pretérito, la vergüenza presente y esperemos que no la ignominia futura. ¿Cómo hemos podido degenerar del "avi Jaume" a la nueva normalización del antisemitismo y del desprecio woke por la vida? Justos entre las naciones, despertad. Vuelve a ser hora de demostrar de qué estamos hechos.
