
Acabo de leer aquí mismo, en estas páginas, dos noticias que, puestas una frente a la otra, dan no poco qué pensar. Primero he visto la noticia de que en Silicon Valley ha cundido la fiebre de la Longevity Industry, la industria de la longevidad. Casi casi de la inmortalidad, porque el marketing dice que lo que se proponen es nada más y nada menos que "hackear la muerte". Para retrasarla todo lo posible, quién sabe si hacerla optativa…¿para quién pueda pagarse el lujo de la inmortalidad?
Luego he leído la noticia de que nuestro siempre creativo gobierno se propone dar todas las facilidades –por no decir empujones – a los jubilados para que dejen de serlo, a tiempo parcial por lo menos, y, oh colmo de la dicha, se hagan…¡autónomos! La idea, cómo no, es pagar menos pensiones y recaudar más cotizaciones. Que ya se sabe que decir que el sistema de pensiones está en las últimas es un tabú de los fuertes. Se sabe desde hace décadas, pero no se puede decir. Y menos ahora.
No me negarán que las dos noticias juntas potencian variados vértigos. ¿La idea es que los ricos sean inmortales físicamente, y los pobres sólo fiscalmente? ¿Vivir más es asumible para qué sistema? La socialdemocracia se enfrenta a retos formidables al dispararse la esperanza de vida mientras cae en picado la esperanza de decencia de nuestros gobernantes. Pagamos no por los servicios sino para mantener engrasada la multitudinaria industria política que los ¿gestiona?
Si esto sigue así, a partir de cierta edad la gente tendrá que hacer un pensamiento, como decimos en Cataluña, y decidir si la longevidad es un chollo o una cruz. Si la ciencia nos permite sumar años, pero la política nos resta calidad de vida, ¿qué panorama nos espera? ¿Ser más y más dependientes de un Estado que ya no puede con su alma ni con sus promesas?
De la redistribución social de la riqueza, ¿a la de la longevidad? Cualquiera que haya sido autónomo en España, así sea por cinco minutos, sabe lo que se sufre y conoce la sensación de impotencia de pagar y pagar y pagar ¿para qué? Una jubilación "activa" o "flexible", como la quieran llamar, puede estar bien para quien tenga la inmensa suerte de amar su oficio. De gozar de algo parecido a una vocación. Para quien no ha hecho otra cosa que deslomarse y sudar para pagar facturas, bueno, pues que se prepare. Que la batalla no ha hecho más que empezar. Nunca el Estado nos había apretado tanto a la vez que nos dejaba tan solos, tan inmensamente solos con nuestra fragilidad. Esa a la que parece que quieren exprimir hasta la última gota.
