Conocí a Gerardo Espinosa Wellmann porque soy amiga de su familia. Un señor chileno ya mayor, pero todavía imponente, de ojos radicalmente celestes, no exentos de furia, ni de dulzura. Amante de la buena plática, sin complejos a la hora de defender unas opiniones políticas que habrá quien considere libérrimas y habrá quien tilde de "fachas", al gusto del consumidor. Advertencia: tuvo que salir por patas de su país porque estaba amenazado de muerte por partidarios de Salvador Allende. No es oro ni es libertad todo lo que reluce.
El entonces joven Gerardo tuvo que poner primero tierra y océano de por medio con una mano delante, otra detrás y su caja de herramientas. Pasó por Venezuela, por Panamá, por París. Sí, señores, existió y existe la bohemia de derechas... o que no se hacía suficientes ilusiones para ser de izquierdas. ¿O de todo un poco? Una de las últimas travesuras que nuestro hombre cometió en su patria fue intentar —en vano— registrar la marca de la hoz y el martillo, a la par que denunciaba en prensa que el aparentemente inefable Allende no le hacía ascos a apoyarse en tramas ultras de la derecha española de la época. No es oro ni libertad todo lo que reluce, etc.
Siempre le había gustado garabatear mientras hablaba por teléfono, se aburría o no tenía nada mejor que hacer, sin pretensiones. Fue en París donde sus garabatos se agrandaron en el espacio y en el tiempo. Cuando salieron los míticos bolis Bic de muchos colores, Gerardo agarraba un buen puñado de ellos y garabateaba con todos a la vez. De sus dedos manaban algo así como minirretablos de Jackson Pollock de andar por casa. Minitumultos coloristas, enrevesadamente simples, fascinantes.
¿En qué momento empezó primero a dibujar en serio, luego a pintar? Ni él parece estar muy seguro. El caso es que, a lo tonto, a lo tonto, ha ido generando un corpus, un magma que desborda ya las paredes de la casa familiar —que no es pequeña— y que este viernes 5 de junio, de 16:00 a 20:00, se ha presentado al público en el Centro Cultural Casa Orlandai de Barcelona.
No tiene nada que ver conocer a un artista y luego a la persona con transitar al revés. De lo social a lo esencial. Yo debo admitir que no había prestado mucha atención a las láminas de Gerardo cuando atravesaba distraídamente las paredes que las contienen. De repente, mi cortesía de interesarme por su exposición abrió las compuertas de la suya, precipitó el hallazgo: el descubrimiento de una obra aparentemente sencilla, naif incluso, pero capaz de envolverte como una tela de araña.
Hay dibujos sobrios, estrictos, pura tinta china y exploración de la forma desde un punto de vista... ¿cuántico? Como jugando a descifrar las líneas maestras de lo subatómico. Y de repente llega el color. Explosiones de color jubilosas, de una penetrante y juguetona sensualidad. Como si el artista fuera rejuveneciendo, casi aniñándose, con el paso de la pluma al pincel.
El punto de intersección entre todas sus técnicas tiene algo de orientalizante. Un fulgor japonés que se escancia con generosidad latina, sin miedo al exceso. Una extraña y tenaz alegría de fondo lo transfigura todo, desafiando dramatismos biográficos.
Ahora que está tan de moda hablar de "jubilaciones activas" o "flexibles" —esta gente nos va a enterrar en eufemismos...—, la evolución de los garabatos libres de Gerardo Espinosa Wellmann, la majestuosa desembocadura de esos trazos informales en algo sólido y trascendente, constituye un ejemplo de fidelidad al propio genio. Y figura.
Expone por darle gusto a su hija política, Jeanne, que le vela y le cela como si tuviese al león de la Metro en casa. Es verdad que verle en persona hace más o menos ese efecto. Le importa literalmente un pito lo que nadie piense de su vida y de su obra, aunque, si surge la chispa cómplice, la abraza conmovido. Es consciente de que todo lo que se crea no es para complacer sino para crecer. Por ejemplo, me enseña dos dibujos, o dos pinturas, y afirma con toda seriedad que el Gerardo que pintó una cosa no existía cuando el otro Gerardo pintó la otra. No es posible bañarse dos veces en el mismo río, ni ser dos veces el mismo artista.
Feliz él, tan único, tan irrepetible, tan libre. Aunque, como impertinente nota a pie de página, yo no quiera dejar de señalar que, en el páramo de tanta galería de arte subvencionado, desfalleciente e inapetente, da gusto encontrar petróleo sin buscarlo. Un rapto de sinceridad y desafío, una bocanada de oxígeno hecho a sí mismo que se puede respirar a pleno pulmón, sin pedir permiso ni perdón.

