Aznar, Espinosa de los Monteros, un cuentista con boina y una anécdota de Margaret Thatcher
El retroceso en términos democráticos y liberales de la izquierda española desde la irrupción de Pablo Iglesias y Pedro Sánchez ha sido vertiginoso
En la década de 1980, un discurso de la primera ministra Margaret Thatcher fue interrumpido por jóvenes manifestantes comunistas. Una vez que los alborotadores fueron expulsados y el público aplaudió, no a favor de la protesta sino porque al fin se largaban, Thatcher se volvió hacia la multitud y dijo: "Ahora ven por qué peleo con esta gente".
Pérez Reverte y Jesús Vigorra han convocado a una serie de artistas e intelectuales para dialogar sobre la guerra civil. Un joven cuentista que ha triunfado recientemente con una novela precisamente sobre el conflicto que acabó con la Segunda República, famoso también por llevar siempre una boina y tocar un acordeón, se negó a asistir porque también estaban invitados José María Aznar y Espinosa de los Monteros.
En 1982, José Luis Balbín convocó a un programa sobre las elecciones a Landelino Lavilla (UCD), Manuel Fraga (AP), Alfonso Guerra (PSOE), Santiago Carrillo (PCE), Agustín Rodríguez Sahagún (CDS), Luis Uruñuela (PSA), Miquel Roca (CiU) y Xabier Arzallus (PNV). Todos asistieron. Algunos pocos años después, Victoria Prego organizó un debate sobre el compromiso de los intelectuales con escritores tan grandes a la vez que dispares ideológicamente como Mario Vargas Llosa, Octavio Paz, Jorge Semprún, Fernando Savater, Juan Goytisolo y Manuel Vázquez Montalbán. Todos asistieron.
¿Qué ha pasado desde los años 80 hasta ahora? Otro de los invitados por Pérez Reverte, el comunista Antonio Maíllo, también se ha descolgado del debate. Y la portavoz del PSOE andaluz, María Márquez. Es sintomático que sean tres integrantes de las izquierdas los que se niegan ahora a hacer lo que hacían grandes marxistas como Vázquez Montalbán y Santiago Carrillo: sentarse con gentes de otras ideas y otras sensibilidades. El retroceso en términos democráticos y liberales de la izquierda española desde la irrupción de Pablo Iglesias y Pedro Sánchez ha sido vertiginoso. Pero sostengo que no es solo un asunto de intolerancia pura, sino que esta es una derivada de un hecho más característico de la izquierda intelectual contemporánea: su progresiva decadencia, su indiscutible mediocridad creciente. Aunque hay que reconocerle al joven cuentista talento para el marketing ya que no hay nada mejor para subir las ventas de un libro que una polémica que envuelva a su autor. Lean en Las ilusiones perdidas de Balzac, o vean en la magnífica adaptación cinematográfica de Xavier Giannoli, cuando el trepa de la literatura Nathan le espeta a su editor:
«Usted iba a pagar a Le Figaro para que me atacara y creara polémica. Pero nada, no hay polémica. Necesito polémica. ¿Qué hago yo sin polémica? Que alguien me diga cómo se venden hoy libros sin una buena polémica.»
Saltemos a 1940, cuando el juez McGeehan sentenció que Bertrand Russell era "indigno" de ser profesor de la Universidad de Nueva York. En aquella época era la derecha la que más presionaba para que librepensadores como Russell fuesen apartados de la Universidad. En 1940, Russell tenía casi tantos problemas en EE.UU. como en la Alemania de Hitler y la URSS de Stalin. Hoy, es más bien la izquierda la que cancela, censura y hegemoniza el discurso, aunque los plutócratas y las iglesias que señalaba Russell siguen a lo suyo. Por ello, sigue estando tan vigente como entonces el escrito de Russell sobre el viejo principio liberal de que la verdad y el conocimiento se han de buscar mediante el debate, no la violencia.
«La diferencia fundamental entre el criterio liberal y el que no lo es consiste en que el primero considera todas las cuestiones abiertas a la discusión y todas las opiniones sujetas a la duda en menor o mayor medida, mientras que el último sostiene por adelantado que ciertas opiniones son absolutamente indudables y que no deben permitirse los argumentos contra ellas. Lo curioso de esta opinión es la creencia de que, si se permitiese la investigación imparcial, llevaría a los hombres a la conclusión errónea, y que por lo tanto la ignorancia es la única salvaguardia del error. Este punto de vista no puede ser aceptado por ningún hombre que desee que la razón, en lugar del prejuicio, gobierne los actos humanos.»
Parafraseando a Vito Corleone como si fuese un filósofo de Cambridge podemos concluir este artículo avisando:
"El que se niegue a participar en un debate, ese es el traidor, el sectario y el fascista."
Ahora ven por qué peleamos contra esta gente.
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