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En Uclés hay un monasterio precioso

Que David Uclés sea capaz de levantar semejante revuelo con lanzar dos titulares perfectamente absurdos o reduccionistas. Me da que habla peor de nosotros que de él.

Pocas cosas hay más canónicas en la vida de un chaval de los noventa que la primera vez que vio Aladdín. Eso de tener ocho o nueve años y que de repente se ponga de moda la pregunta de los tres deseos de la lámpara: qué deseos le pedirías al genio, antes que cuáles y por qué. Es una pregunta que se queda con nosotros para el resto de nuestros días y que va evolucionando. Y, como la vida de cualquier persona tiende a medirse no tanto por lo que ha conseguido como por lo que siente que le falta, es la pregunta que mejor resume nuestro currículum vitae. Yo entiendo que mis primeros tres deseos se resumieron en ser mejor al fútbol que Raúl, sacar todo sobresalientes sin esfuerzo y ser incapaz de perder a los tazos. Algo así. Pero lo que de verdad recuerdo son las veces que esos deseos han ido variando. Aquella vez que deseé saber tocar todos los instrumentos del planeta como un virtuoso, por ejemplo. O cuando vi Hitch y quise convertirme en el doctor Amor. Eran deseítos menores comparados con el fundamental, pues el que más se me ha quedado grabado, tanto que todavía no he conseguido superarlo, fue el que tuve de improviso una mañana en la que desee saberlo todo. Así sin más.

Yo quería ser la IA antes de la IA, pero con la salvedad de que yo sí lo sabría todo y lo recordaría todo y lo comprendería todo sin alucinaciones de ningún tipo. Quería poseer todo lo que en la vida ha sido, es o ha podido ser. Toda idea que haya surgido y se haya materializado. Y las que no. Toda ley descubierta o por descubrir. Se me antojó visualizar cada uno de los hilos que entretejen el tapiz de la existencia. Comprenderla hasta el límite mismo que me permitiría dominarla. Yo qué sé. No lo sabía cuando se me ocurrió, pero no tardé en darme cuenta de que lo que quería realmente era ser Dios.

Comento esto porque lo primero que se descubre cuando se lleva un deseo así hasta sus últimas consecuencias es que conocer las cosas no puede llevar más que al mutismo. Que, después de todo, hablamos y salivamos y nos acaloramos en la medida en que no sabemos, aunque pensemos que sí. Y que por eso entre otras cosas cobra sentido esa frase que dice que "el vicio más desesperado es el vicio de la ignorancia que cree saberlo todo y se autoriza entonces a matar". Uno mira desde entonces a los intelectuales que ponderan sobre lo divino y lo humano a todas horas con ojos diferentes. Y valora sólo a los que preguntan cuando otros afirman, porque sabe lo difícil que es hacerlo. En fin.

Desde luego, a mí no me sale. Desde hace un tiempo, por ejemplo, no paro de ver a un letraherido tardoadolescente imponiendo su lirismo hueco en la conversación mediática y pienso en eso, en que es un letraherido tardoadolescente con ínfulas. Pero no sólo eso. También me apeno. Y si lo hago no es tanto por las cosas que dice como por que todavía me sorprenda que alguien así propicie el fracaso colectivo que mueve a tantas personas a tratar de rebatirle. En eso seguimos. Que David Uclés sea capaz de levantar semejante revuelo con lanzar dos titulares perfectamente absurdos o reduccionistas; que tantos —yo mismo ahora— dediquemos páginas y tiempo en desmentirle o menospreciarle, contribuyendo a la campaña de marketing que está sabiendo inflar con increíble virtuosismo; que salga en todos lados a la mínima que suelta una parida, reivindica una chorrada, entona el "no pasarán" por dejar de ir a un sarao… Me da que habla peor de nosotros que de él. A fin de cuentas, él sólo hace lo que debe. Y yo echo de menos cuando decir Uclés significaba hablar del monasterio.

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