¡Excelente política es la de Trump!
Veintisiete años de tormentos están acabando en Venezuela. EE.UU. tenía un plan, un proyecto militar y político, para desmontar el "modelo" de Estado Narco-Terrorista y Comunista
Reconozcámoslo con humildad de cronista hispano. El proceso de cambio en Venezuela es imparable. Donald Trump ha mostrado, otra vez, que es el político más importante de nuestro tiempo. Es tan grande intelectual y políticamente que ni siquiera tiene que demostrarlo. O Trump, dije aquí hace más de año y medio, o comunismo y miseria. En esa disyuntiva seguimos. Nada nuevo bajo el sol. No sé cuántas columnas he escrito para mostrar lo obvio. Es el drama de nuestro tiempo. La negación de la excelencia y el aplauso de lo mediocre. Tendrán que pasar muchas décadas para que aparezca un político de la talla de Trump, pero la mayoría se resiste a admitir lo evidente, incluidos los más proclives a sus políticas liberadoras del totalitarismo comunista y socialista. Allá ellos y sus torpes mentes al servicio del que más les paga.
Veintisiete años de tormentos están acabando en Venezuela. EE.UU. tenía un plan, un proyecto militar y político, para desmontar el "modelo" de Estado Narco-Terrorista y Comunista más terrible del mundo, y lo está llevando a cabo con prudencia política. La cosa funciona. Todos los presos políticos a la calle. ¡Cómo no celebrar la amnistía anunciada por Delcy Rodríguez, la presidenta de Venezuela, siguiendo las órdenes de Donald Trump! Ha elegido bien Marco Rubio, encargado por Trump de la política exterior de Estados Unidos, como persona intermediaria para lograr una transición sin más derramamiento de sangre del pueblo venezolano. Ya lo creo que la amnistía es otro paso para el regreso de la normalidad, pero sobre todo es una prueba más para que los comentaristas españoles del proceso dejen de meterse con el hombre más grande del mundo por sus formas, o por su pasado en la tele, o por la construcción de las torres de sus negocios… Es como si juzgáramos la obra política de Alejandro Magno, por poner un ejemplo, por desobedecer los deberes de clase que en su juventud le imponía su maestro Aristóteles…
Trump, sí, es comparable a los más grandes políticos de la historia. No tiene parangón con ningún otro de nuestra época. Elijan uno de Europa y verán qué ridículo queda a su lado. Y para qué nombrar al criminal Putin y al esclavista Xi Jinping. Pocas veces en la historia aparecen grandes hombres de Estado. Sí, sí, tiene una política imperial. ¿Y qué?… Estamos ante un político con mayúscula. Difícil es hallar alguien de su cuajo que esté todos los días en la brecha y en público, dando detalles exactos de todas sus decisiones, pero aún es más complicado encontrar grandes comentaristas de sus ideas, proyectos y obras. ¿Quién, en su tiempo, puede compararse con Ginés de Sepúlveda, extraordinario humanista, y biógrafo principal de Carlos V? Nadie. ¿Quién admite comparación con Maquiavelo, el gran Maquiavelo, el comentarista más grandioso de todos los tiempos de la extraordinaria personalidad política de Fernando el Católico? Nadie. A Trump le sucede lo que a los grandes de otras épocas…, no encuentra el gran cronista que le comprenda. ¡Quizá sea el gran peaje a pagar para pasar a la historia! Sí, sí, pocos ejemplos como los de Alejandro, César y Felipe II hallaremos en la historia de la civilización, y menos aún nos toparemos con pensadores que estén a la altura de sus grandiosas acciones.
En fin, ni existen demasiados hombres de Estado ni abundan cronistas o pensadores capaces de percatarse de esa grandeza. Pero deberían ser esos pocos elegidos, esos seres que aparecen como las rosas en los estercoleros, unidad de medida de los políticos medianos y de los cronistas de sus acciones. Sin embargo, por desgracia, no lo son. Al contrario, cuando aparece alguien con tanta inteligencia y determinación, rodeado y apoyado por hombres de parecida prosapia intelectual y humana, con proyectos y acciones de la envergadura de Donald Trump, lejos de provocar sana "envidia", es decir, deseos de ser gobernados por alguien con tanta grandeza, generan la peor de las envidias, y mira que todas son malas, la que deja a los malos y mediocres, a los resentidos, al borde del tratamiento psiquiátrico. Me refiero a los envidiosos que sobreviven, en realidad, se arrastran por la vida llenos de tristeza. Convierte un estado del alma, la tristeza buena, en una forma de locura. En esto, cómo no, sigo el Catecismo de la Iglesia Católica: la envidia es la tristeza que nos provoca el bien ajeno. Digámoslo con sus precisas palabras: "La envidia es tristeza por el bien ajeno y deseo desordenado de apropiárselo, aunque no sea a título propio." Es un vicio capital que, según el propio Catecismo, puede engendrar otros pecados graves, vinculados con actitudes como la malicia y el rechazo del bien del prójimo… Pues bien, frente a la envidia, que designa la tristeza experimentada ante el bien del prójimo, no queda otro remedio que la humildad de aceptar que el plan de Trump, seguramente iluminado por la Providencia, es el único y seguro para llevar al pueblo venezolano a vivir en paz y libertad.
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