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Santiago Navajas

Mejor Elon Musk que Dirty Sánchez

Lo que antes vendía como socialismo progresista se ha transmutado en un reaccionarismo de Estado niñera, de padre puritano que decide qué es bueno para la juventud

El multimillonario Elon Musk en una imagen de archivo. | Europa Press

Mejor Elon Musk que Dirty Sánchez porque si el primero representa el caos creativo, la libertad desbocada y el riesgo asumido de un mundo abierto, el segundo encarna ahora el control asfixiante disfrazado de paternalismo protector (Dirty es el mote con el que Musk ha bautizado urbi et orbi al presidente español, que ya sabe cómo va a pasar a la historia, una especie de coprófago). Si fuera un adolescente hoy, me encantaría que Dirty Sánchez me prohibiese las redes sociales. ¡Encima de excitantes, tenebrosas y adictivas como las novelas de Dostoievski, prohibidas! Por supuesto, tardaría entre tres y cinco segundos en saltarme todos los diques, muros de Moncloa y demás puertas al campo que quisiera imponer esa especie de Robespierre de pacotilla que se cree una mezcla entre Brad Pitt y JFK presidiendo un Comité de Salvación Pública Digital.

Las redes sociales permiten saltarse esas presas de mediocridad y estabulación ideológica que son los medios tradicionales. Nada más liberador que descubrir hace treinta años los foros de internet cinéfilos y políticos donde tipos con apodos entre ridículos e hiperbólicos (yo me hacía llamar «Cinéfago» y tenía como avatar la cabeza de un gusano de arena del Dune auténtico, el de Lynch) nos pasábamos por el arco del underground a los críticos de cine adocenados de la prensa y las revistas cinematográficas tradicionales. ¡Vivan Bresson y Russ Meyer! Igualmente en los foros de política, allí era «Libertariano», donde chavales de toda España e Hispanoamérica —las fronteras no existen en el entorno digital— nos ciscábamos en los articulistas habituales, animales domesticados con un sonajero en lugar de teclado, de los medios hegemónicos: allí se hablaba de Ayn Rand, de Thomas Sowell, de Friedrich Hayek, en general, de todos aquellos que la academia y los medios españoles literalmente ocultaban para imponer un relato uniforme.

Y eso es precisamente lo que Sánchez no soporta ya. Lo que antes vendía como socialismo progresista se ha transmutado en un reaccionarismo de Estado niñera, de padre puritano que decide qué es bueno para la juventud. Prohibir el acceso a menores de dieciséis años, obligar a verificaciones de edad draconianas, rastrear «huella de odio», penalizar algoritmos, responsabilizar penalmente a directivos... Todo un paquete que apesta a control centralizado, a censura ideológica, no a protección genuina. Quisiera que X fuese como antes de Elon Musk, cuando se censuraba a las voces liberales y conservadoras. Es el clásico movimiento del progre reaccionario que huele a naftalina prohibicionista, ya que bajo la excusa de salvar a los niños de la pornografía, la violencia y la adicción, se domestica el único espacio donde la narrativa oficial no tiene el monopolio absoluto, gracias a ese fundamentalista de la libertad de expresión que es Elon Musk, y premia a siervos como Intxaurrondo, Fortes, Broncano, Ruiz, Cintora... con contratos millonarios a cambio de sumisión al líder supremo y ataques arbitrarios al adversario político. Recordemos el medio millón de euros que Zapatero se gastó en DVDs de Una verdad incómoda de Al Gore para tratar de adoctrinar a los adolescentes en los centros públicos, y cómo fueron las redes sociales la que destrozaron ese burdo intento zapaterista para hacer que su propaganda ideológica anticientífica basada en mentiras y bulos entrara en los institutos.

Porque las redes —X, Telegram, Facebook, WhatsApp, foros anónimos— son el ágora contemporáneo no controlado por el poder. Allí entran en colisión ideas crudas, argumentos sin filtro, memes que ridiculizan al establishment, debates que la tele y los medios que se prestan a la censura políticamente correcta nunca emitirían. Es el gimnasio perfecto para entrenar el razonamiento crítico, esa capacidad subversiva por excelencia que consiste en cuestionar, contrastar fuentes, reírse de lo intocable, construir disidencia desde abajo. Prohibirlo a los adolescentes no es cuidarlos, sino privarles de ese entrenamiento vital justo en la edad en que más lo necesitan. Es como cerrar las bibliotecas porque algunos libros pueden ser perturbadores. Siguiendo la lógica sucia de Sánchez, habrá que expurgar de las bibliotecas públicas a los autores «peligrosos» para los chavales: nada de Houellebecq y Vargas Llosa, esos nazis, mucho David Uclés y demás buenos chicos progresistas que respaldan, justifican y aplauden la censura a los que no piensan como ellos.

Sánchez, como el oso Lotso de Toy Story 3, quiere tener sojuzgada a la población juvenil ahora que ha abandonado cualquier atisbo de socialismo emancipador para abrazar el conservadurismo autoritario del control digital. Teniendo como referente a Largo Caballero y su ideal soviético tampoco es que nos pille de sorpresa. Quiere un rebaño dócil, pastoreado por medios homologados y algoritmos domesticados, sin el peligro de que un chaval de quince años descubra en un hilo de X que el rey está desnudo. Pero la historia enseña que las prohibiciones así solo aceleran la creatividad para saltárselas: VPNs, cuentas falsas, redes alternativas, el ingenio adolescente es imparable.

Por supuesto, hay que advertir a los adolescentes sobre las redes sociales y demás agujeros negros de internet. Pero del mismo modo, hay que ponerlos sobre aviso acerca de políticos tóxicos como Pedro Sánchez y partidos corruptos en todos los órdenes como el PSOE. De la existencia de agujeros negros de la democracia como Sánchez y el PSOE no se sigue que la democracia sea un mal sistema y que haya que eliminarla, sino acabar con sus inercias corruptoras e individuos venenosos. Aristóteles nos advirtió hace veinticinco siglos contra los populistas que transforman sistemas políticos donde el poder reside en el pueblo en organizaciones encaminadas a satisfacer únicamente intereses privados, a medio camino entre sectas y mafias.

Al final, mejor Elon Musk (con todos sus defectos, sus excesos y su desorden) que un Dirty Sánchez que sueña con un internet higienizado, vigilado y castrado. Dado que ha descubierto la excelencia de la dictadura china, como Zapatero se postró ante la venezolana, le habrán contado que la IA china DeepSeek no permite cuestionar a Xi Jinping. Y eso es lo que late tras el prohibicionismo autoritario de Sánchez: el intento de que los adolescentes no sigan riéndose públicamente de él comparándolo con un perro como en China comparan a Xi Jinping con el osito Winnie-the-Pooh, tan gordito como amarillo. Porque en el caos de las redes late todavía la posibilidad de libertad real; en el orden impuesto por Moncloa, solo sumisión. Xi Jinping y Pedro Sánchez, tan lejos en la distancia, tan cerca en lo ideológico. Y los jóvenes, afortunadamente, siempre elegirán el caos de la libertad al orden de la sumisión. ¿Qué en las redes sociales late el peligro de la demagogia, los bulos, la desinformación y la propagación del odio? No más que en la RTVE sanchista, esa lobotomización masiva a cargo de los contribuyentes. Además, si en las redes hay un peligro de la demagogia también anida la salvación del pensamiento crítico: disfruten mientras puedan a Elon Musk contestando a Pedro Sánchez y los cientos de comentarios al Lotso de Moncloa. Mientras puedan digo porque Lotso está convirtiéndose a marchas forzadas en un Winnie-the-Pooh castizo.

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