
En 2006, el mundo vio fascinado cómo Al Gore, ex vicepresidente de Estados Unidos, presentaba en salas de cine lo que llamó "la película más aterradora que verá jamás". Una verdad incómoda se convirtió en un fenómeno cultural, recaudó más de 50 millones de dólares, ganó dos Oscar y le valió a Gore el Premio Nobel de la Paz en 2007. Dos décadas después, ninguna de sus predicciones apocalípticas se ha cumplido. Esa es la única verdad incómoda de un político fracasado y un estafador científico que ha sabido transformar, eso sí, su fracaso y su estafa en una fuente inagotable de ingresos al estilo de los vendedores de crecepelo. Un análisis basado en datos científicos revela cómo el alarmismo climático de Gore ha sido contraproducente para la ciencia que pretendía defender.
Y lo que es peor, su catastrofismo ha dañado la credibilidad de la ciencia climática legítima. Las exageraciones de Gore son tan peligrosas que cuando las profecías apocalípticas no se cumplen, el público pierde confianza en toda la ciencia climática. "Dentro de la década", advirtió Gore en 2006, "las nieves del Monte Kilimanjaro habrán desaparecido completamente". Mostró imágenes dramáticas del glaciar retrocediendo y estableció un plazo claro: 2016. Pero en 2026, el Kilimanjaro sigue cubierto de nieve. De hecho, en 2018 se registraron las nevadas más intensas jamás documentadas en el volcán. Los operadores turísticos informan que los visitantes llegan esperando encontrar un pico desnudo —gracias a Gore— y se sorprenden al ver glaciares donde según los catastrofistas debía existir solo un páramo de piedras desnudas. Más revelador aún es que la ciencia posterior demostró que el retroceso glaciar en el Kilimanjaro se debe principalmente a cambios en los patrones de precipitación oceánica, no al calentamiento global directo. Gore simplificó excesivamente un fenómeno complejo para crear una narrativa apocalíptica.
Sigamos. En 2009, Gore declaró públicamente que había un 75% de probabilidad de que el Ártico estuviera completamente libre de hielo en verano para 2014-2016. "El hielo del Polo Norte podría desaparecer completamente", advirtió dramáticamente. Pero el hielo ártico sigue ahí como el dinosaurio de Monterroso. Aunque ha disminuido desde 1979, persiste incluso durante los meses de verano. Lo más sorprendente es que en los últimos 18-20 años no ha mostrado una tendencia clara de reducción, un hecho que los modelos climáticos no predijeron. Incluso el científico Maslowski, cuyas proyecciones Gore citó, se desmarcó públicamente de la predicción, alegando que Gore había exagerado o malinterpretado sus estimaciones.
Una de las escenas más impactantes del documental mostraba Manhattan completamente inundada, con el memorial del 11-S bajo el agua. Gore advirtió que el colapso de Groenlandia o la Antártida elevaría el nivel del mar hasta 6 metros "en un futuro cercano". Pero en 2026, el mayor peligro que se cierne sobre Groenlandia es Donald Trump, no el cambio climático. La tasa actual de elevación del nivel del mar es de 3-4 milímetros por año. Las proyecciones del IPCC para 2100 hablan de entre 0.6 y 1.1 metros en el peor escenario —muy lejos de los 6 metros de Gore. Y crucialmente, el consenso científico establece que un deshielo completo de Groenlandia tomaría milenios, no décadas. Un juez británico calificó esta afirmación de "claramente alarmista" ¡ya en 2007!, cuando el Tribunal Superior del Reino Unido evaluó si el documental podía proyectarse en escuelas sin contextualización.
Por otro lado, el documental vinculó el huracán Katrina directamente al cambio climático y predijo que veríamos tormentas cada vez más frecuentes e intensas. El póster promocional mostraba literalmente un huracán saliendo de una chimenea industrial. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos ha dejado claro que no encuentra "evidencia convincente de aumento sustancial inducido por el calentamiento en la frecuencia o intensidad" de huracanes. Irónicamente, incluso el IPCC —el organismo de la ONU que Gore cita constantemente— mantiene "poca confianza" en proyecciones sobre intensificación de huracanes por calentamiento global. Es decir, el propio panel científico internacional contradice esta predicción específica de Gore.
No paró ahí, claro, el Oscar hay que trabajarlo y los millones de dólares que gana con su estafa piramidal de mentiras, medias verdades y estadísticas manipuladas no los produce la verdad, sino el miedo. Gore sugirió que la Corriente del Golfo podría detenerse por completo debido al deshielo de Groenlandia, sumiendo a Europa en un enfriamiento dramático. El IPCC ha descartado categóricamente una parada completa de esta circulación oceánica durante el siglo XXI. Se ha observado un debilitamiento moderado, sí, pero confundir "debilitamiento" con "colapso" es científicamente deshonesto.
En 2007, cuando el gobierno laborista británico intentó proyectar Una verdad incómoda en todas las escuelas del país, un padre preocupado llevó el caso a los tribunales. El juez Michael Burton del Tribunal Superior revisó el documental con ayuda de expertos científicos. Su veredicto fue demoledor, ya que identificó nueve errores científicos significativos. El tribunal reconoció que la premisa básica —que el planeta se calienta por acción humana— era válida, pero determinó que el documental contenía "exageraciones y distorsiones". El juez estableció que la película solo podría proyectarse en escuelas si se acompañaba de material complementario que contextualizara sus inexactitudes. En otras palabras, que Una verdad incómoda fue legalmente reconocido como propaganda política, no como documentación científica rigurosa.
Aquí está la verdadera tragedia, y es que Al Gore, incluso suponiéndole buenas intenciones iniciales, terminó siendo contraproducente para la causa que pretendía defender. Cuando el público ve que las predicciones apocalípticas con fechas específicas no se cumplen, desarrolla lo que los psicólogos llaman "fatiga apocalíptica". La gente deja de creer no solo en esas predicciones específicas, sino en toda la ciencia climática.
Lo que un científico honesto haría frente a predicciones sistemáticamente fallidas sería reconocer errores, revisar modelos y ser más cauteloso en futuras proyecciones. Gore hizo exactamente lo contrario. En 2017 lanzó una secuela —Una verdad muy incómoda: Ahora o nunca— donde afirma sin el menor atisbo de humildad que "la realidad supera los pronósticos que se creían exagerados entonces". En el tráiler, Gore usa selectivamente las inundaciones del huracán Sandy en 2012 para reivindicar sus predicciones, convenientemente ignorando que Nueva York ya había experimentado un huracán de categoría 5 en 1938, mucho antes del calentamiento antropogénico. No solo no hay disculpas ni reconocimiento de errores, sino que contribuye a que haya más alarmismo.
Quizás la falta de rectificación tenga que ver con que Gore cobra 175,000 dólares por conferencia sobre cambio climático. O que está vinculado con al menos 14 empresas de tecnología verde que se benefician de subsidios gubernamentales. Desde 2006, Gore ha multiplicado su fortuna personal varias veces, principalmente mediante inversiones en energía "ecológica" subsidiada por el Estado. Un congresista estadounidense lo llamó "nuestro potencial primer multimillonario del carbono". Mantener un discurso de crisis perpetua es económicamente muy rentable para Gore. No es difícil ver el conflicto de interés.
La ciencia seria usa rangos de probabilidad, reconoce incertidumbres y evita predicciones deterministas con fechas específicas. Gore hace lo contrario, tomando el peor escenario posible y lo presenta como certeza inminente. Las lecciones que el torticero Gore nos proporcionan no tienen nada que ver con el cambio climático, sino:
Primera lección: Las predicciones específicas con plazos concretos son peligrosas cuando la incertidumbre es alta. Es mejor comunicar rangos de probabilidad que profecías deterministas.
Segunda lección: Simplificar excesivamente fenómenos complejos para crear impacto dramático sacrifica la precisión científica. Puede generar atención de los medios, véase Greta Thunberg, pero erosiona la credibilidad a largo plazo, véase de nuevo Greta Thunberg.
Tercera lección: Los comunicadores científicos deben estar dispuestos a reconocer errores cuando las predicciones fallen. La ausencia de humildad epistémica daña toda la empresa científica.
Cuarta lección: El imperativo de comunicar algo urgente no justifica exageraciones ni mentiras autocomplacientes que procuran un beneficio personal. Se puede motivar a la acción sin recurrir a profecías apocalípticas falsas.
Defender la ciencia legítima en relación con el cambio climático no es incompatible con criticar las distorsiones de Gore; de hecho, es precisamente porque queremos proteger la ciencia climática que debemos denunciar a quienes la desacreditan con exageraciones. Sus predicciones fallidas —desde el Kilimanjaro hasta el Ártico, desde el nivel del mar hasta los huracanes— han generado un generalizado escepticismo público que dificulta los esfuerzos de mitigación basados en ciencia rigurosa. Veinte años después de Una verdad incómoda, esa es la lección que deberíamos aprender, y es que en ciencia, como en medicina, el primer principio debe ser primum non nocere (primero, no hacer daño). Gore hizo daño. Mucho daño. En 2006, y lo sigue haciendo en 2026.
PD. Las mentiras convenientes para Al Gore nos costaron a todos los españoles 580.000 euros por 30.000 copias que Rodríguez Zapatero quiso que se vieran en todos los colegios, como si los profesores fuesen súbditos del PSOE. Todavía quedarán muchos de ellos precintados en plástico y cogiendo polvo en muchos centros de España. Al Gore sigue publicitando sus mentiras climáticas y Rodríguez Zapatero se ha convertido en asesor de dictadores como Maduro.
