Insustituibles
El motivo fundamental por el que la Inteligencia Artificial no logrará jamás sustituir a la política radica en que ambas operan en planos paralelos, que nunca llegarán a cruzarse.
Se ha dicho que la política nació para solucionar los problemas de la gente, concretamente de quienes la practican. Y que para ello inevitablemente hemos tenido que contar con los políticos, puesto que todavía ninguna Inteligencia Artificial parece haberse desarrollado lo suficiente como para inventárselos. En realidad, si nos fijamos bien, podemos concluir que la Inteligencia Artificial continúa a años luz de perfeccionar la técnica requerida para ser un representante público indispensable. No anuncia que hará cosas, por ejemplo. Simplemente las hace. No ha sabido demorar sus procesos internos hasta el punto de alcanzar, con una eficiencia admirable, las soluciones más ineficientes. Es, como si dijéramos, un currito brillante. Pero la política no requiere de curritos. La política requiere de tiempo, mientras que la Inteligencia Artificial está pensada para ahorrarlo. Una desarrolla lo que la otra sintetiza. Y de ahí que no resulte descabellado suponer que la última gran revolución tecnológica nos vaya a dejar a todos sin trabajo, menos a quienes nos gobiernan.
Claro que siempre hay agoreros dispuestos a llevarle a uno la contraria. Dario Amodei, pope inevitable de la cosa, ha predicho que la Inteligencia Artificial eliminará el 50 % de los empleos "white-collar" de nivel inicial en un plazo de uno a cinco años. Kiko Llaneras, ingeniero y periodista de datos, ha narrado su experiencia y dice que, en las últimas semanas, "su capacidad ha pasado un umbral": "Es más autónoma y más inteligente. Te sustituye en pasos esenciales…". Matt Shumer, CEO de una empresa de IA, ha publicado una carta en la que afirma que los modelos más recientes han conseguido que ya no sea necesario para la parte técnica de su trabajo. Y hasta el otro día alguien consiguió en Twitter que una Inteligencia Artificial le escribiese en segundos un artículo bastante más elaborado que los que yo perpetro. La cosa es vertiginosa. De los más vulgares a los más brillantes, los cerebros que vivimos de estrujarnos estamos viendo cómo se aproxima una ola que "nos está obligando a aprender a surfearla sobre la marcha", parafraseando a los analistas más celebrados. Y de entre la amalgama de posibles futuros utópicos o distópicos —oscilamos de uno a otro en función de qué hora de la mañana sea— no paran de asomarse quienes, bien alegres o bien no tanto, se atreven a soñar y dicen que quizá no falte mucho para que podamos cederle el poder total, y que nos organice.
Yo no querría, a estos últimos, aguarles la fiesta. Pero en mi humildad sostengo que algo así se antoja francamente improbable. "Siempre hará falta alguna mano humana dispuesta a tomar las decisiones, es decir, a asumir las responsabilidades", pensarán, quizás, quienes me lean. Pero nada más lejos de la realidad. El motivo fundamental por el que la Inteligencia Artificial no logrará jamás sustituir a la política radica en que ambas operan en planos paralelos, que nunca llegarán a cruzarse. La Inteligencia Artificial quizá sea un prodigio en planificaciones estratégicas, programas de contingencia, optimizaciones de recursos, de procesos y de tiempos. Pero lo que nunca logrará dominar con maestría es aquello para lo que sirven los políticos y por lo que los políticos existen. Nunca logrará sostener, en un plano irracionalmente equilibrado, una cosa y su contraria, por ejemplo. Y salir airosa. Abogar por el pueblo prescindiendo de él. Erigirse en salvadora de España siendo independentista. Conseguir que absolutamente nada avance a base de moverse mucho. Sencillamente, no es posible. Y aunque lo fuese, quién querría un servicio así, pero de factura artificial. Quién, en su sano juicio, querría prescindir de esa pátina artesanal que sólo consigue la mano humana después de muchos siglos de práctica y tradición heredada. No. La cosa no tiene más. Mañana igual que ayer, nuestros políticos seguirán siendo insustituibles.
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